El avance de las baterías ha sido una tendencia desde hace décadas, con más capacidad, menos tamaño, más eficiencia en líneas generales, y mejoras en los materiales. Sin embargo, el verdadero avance lo estamos viendo en la actualidad, la sociedad y la dirección que ha tomado el mundo de la electrificación, especialmente en los automóviles, nos está llevando a inversiones y a avances que nos están permitiendo llegar a niveles impensables hace apenas unos años. Las materias raras, el litio, o el hidrógeno por otra vía, y muchos otros elementos forman parte de una nueva generación de baterías muy eficientes, muy rápidas de cargar, y con ciclos de vida por encima de las máquinas o coches donde vayan a instalarse, lo que ofrece grandes garantías a la industria y, sobre todo, al consumidor final.
Pero lo que nos llega ahora desde Estados Unidos, sí que es realmente innovador, una dirección completamente opuesta, la de obtener electricidad por medio de los microorganismos que habitan en el suelo del fondo del océano. Los resultados hasta la fecha han elevado el interés, porque pueden generar energía constantemente sin enchufes, sin paneles solares, y sin que haya la necesidad de cambios de dispositivos o piezas de los mismos de forma periódica.
La batería microbiana
Northwestern University es quien está detrás de esta propuesta tan llamativa como sorprendente, más bien, la que ha impulsado la tecnología que podría aplicarse en los océanos. La tecnología utilizada es similar a la pila de combustible microbiana, un concepto que no es nuevo para nada, conocido desde hace más de 100 años, pero que siempre se ha encontrado con grandes obstáculos para poder funcionar más allá de los laboratorios. El proceso de funcionamiento es sencillo, se beneficia de las descomposiciones de la materia orgánica que las bacterias realizan de forma natural en la tierra al realizar su actividad metabólica. En este proceso, lo que liberan son electrones y los investigadores han diseñado un sistema de electrodos enterrados para capturarlos y transformarlos en corriente eléctrica.
Por tanto, el avance no es lo que hace, es poder por fin aplicarlo a la práctica. Además, se ha logrado recoger esa energía en diferentes escenarios. Y esto último es clave porque demuestra la capacidad de adaptación sin depender de sensores remotos. Es decir, los paneles solares necesitan sol, las turbinas aire o agua. Pero estas baterías, mientras haya microorganismos activos y materia orgánica, producirán electricidad.
La batería modesta
Eso sí, hablamos de una batería modesta, incapaz de alimentar a gran escala, pero puede ser decisiva en océanos. Porque Northwestern se centraba en el suelo, pero desde Michigan Tech, se han centrado en los océanos. Respaldados por el programa BioLogical Undersea Energy (BLUE) de DARPA, han logrado desarrollar una tecnología similar para los entornos marinos.
Cada año se esparcen más sensores en océanos, costas… para el estudio del ecosistema, seguir migraciones animales, medir parámetros ambientales o realizar tareas relacionadas con la seguridad marítima. Pero la mayoría de funciones se realizan con aparatos que necesitan costosos despliegues por el gasto de baterías. Y aquí es donde entra en juego el nuevo sistema, también usando microorganismos, aunque adaptados al entorno marino. En este caso, las bacterias forman biopelículas encima de una estructura de carbón activado granulado. Estas consumen materia orgánica que se encuentra disuelta en el agua, y liberan electrones que se capturan por este sistema para terminar produciendo electricidad.
La energía no se almacena, es más bien, una pequeña central eléctrica biológica que está continuamente generando corriente a medida que estos microorganismos llevan a cabo su actividad natural. Y pese a las complicaciones que han tenido, los resultados que han logrado son muy prometedores.
Revolución para miles de sensores
Por lo tanto, estas baterías no están llamadas a cambiar, por ejemplo, el mundo del motor, y tampoco nada que requiera una gran potencia. Sin embargo, para pequeños dispositivos, en tierra o en el mar, que necesiten una ligera carga eléctrica para funcionar, puede ser revolucionario, además de muy beneficioso para el medio ambiente.
Existen millones de sensores en campos, bosques, océanos y otras zonas remotas. Pensar en el cambio de un solo dispositivo, no tiene mayor incidencia, pero si hablamos de gran escala, supone ahorrar, ya no solo en baterías, sino en todo lo que hay detrás de ese cambio, como fabricación, distribución, logística, combustible para llegar a cada uno de los sitios donde están estos dispositivos. Son cambios que pueden parecer pequeños, pero que en realidad suponen una reducción radical del impacto ambiental.
Hablamos de una tecnología que puede ser clave de cara al futuro, que puede mejorar considerablemente la vida humana sin que el ciudadano medio ni siquiera sea consciente de la existencia, y puede tener grandes implicaciones, ya no solo ambientales, también de investigación y progreso. No van a mover un coche eléctrico, pero si van a poder contribuir a hacer un mundo más eficiente.









