Hay algo que casi nunca se cuenta cuando se habla de colonizar la Luna. Todos imaginamos paneles solares brillando bajo un sol eterno, módulos relucientes, astronautas caminando entre estructuras relucientes. Pero la Luna no gira como la Tierra. Su día dura lo que duran 14 días terrestres. Y su noche, también. Catorce días de oscuridad absoluta. Catorce días sin sol, sin luz, sin calor. Con temperaturas que caen hasta los -173 °C. Y durante ese tiempo, cualquier base habitada necesita electricidad. Para calentarse. Para reciclar el agua. Para mantener vivos a los que estén dentro.
Los paneles solares no bastan. Nunca bastaron. Por eso, desde hace años, las agencias espaciales saben que la única forma de establecerse de verdad en la Luna es llevar un reactor nuclear. China y Rusia lo han entendido. Y han decidido construirlo juntos.
El plan no es un rumor ni una declaración vaga en una conferencia. Yuri Borísov, el director de Roscosmos, la agencia espacial rusa, confirmó en marzo de 2024 que ambos países planean instalar un reactor nuclear en la superficie lunar hacia 2033-2035, coincidiendo con la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) que operarán conjuntamente. Pero el pistoletazo de salida real llegará antes. En 2028, la misión china Chang’e-8 comenzará a preparar el terreno, tanto para la base permanente como para el reactor que la alimentará.
Lo que hace especial a este proyecto no es solo su ambición. Es que los ingenieros chinos ya tienen un diseño preliminar, y han tomado prestadas lecciones de un reactor soviético de los años 90, el TOPAZ-II, que voló en satélites durante la Guerra Fría . El nuevo reactor usará barras de combustible de dióxido de uranio con forma de anillo, un sistema de refrigeración con metal líquido y un moderador de neutrones de hidruro de itrio. Un diseño compacto, eficiente y pensado para funcionar en el vacío, sin agua, sin atmósfera, sin margen de error.
Por qué la energía nuclear es la única respuesta viable
La luna es un lugar hostil para cualquier tecnología que dependa del sol. Durante el día lunar, que también dura 14 días terrestres, los paneles solares funcionan bien. Pero cuando llega la noche, todo se detiene. No hay baterías lo suficientemente grandes como para almacenar energía para dos semanas de oscuridad. No hay forma de mantener una base habitada sin una fuente de energía que no dependa de la luz solar.
Un reactor nuclear resuelve ese problema de raíz. Produce electricidad de forma continua, independientemente de si hay sol o no. Puede mantener caliente una base, reciclar el agua, alimentar los sistemas de soporte vital, cargar las baterías de los vehículos. Es, en palabras de los propios ingenieros, la única opción para una presencia permanente en la Luna.
El diseño chino tiene tres elementos clave. El primero son las barras de combustible de dióxido de uranio con geometría anular. Esa forma de anillo permite una mejor transferencia de calor y una mayor eficiencia en el uso del combustible. El segundo es el sistema de refrigeración doble, que utiliza una aleación de sodio y potasio llamada NaK-78. Esta mezcla permanece líquida a temperaturas muy bajas, lo que evita que el refrigerante se congele durante el transporte y el arranque del reactor en el espacio. El sistema está diseñado para mantener el núcleo por debajo de los 600 °C .
El tercer elemento, y quizás el más interesante desde el punto de vista técnico, es el moderador de hidruro de itrio. Los moderadores son materiales que frenan los neutrones para que la reacción en cadena sea más eficiente. El hidruro de circonio ha sido el estándar durante décadas, pero los ingenieros chinos afirman que el hidruro de itrio es superior. Retiene mejor el hidrógeno a altas temperaturas, lo que permite un núcleo más compacto y una mayor densidad de potencia . Es un material que también está siendo investigado por el Departamento de Energía de Estados Unidos para microreactores, lo que confirma que China no va sola en esta apuesta tecnológica .
Una base lunar que dependerá del átomo
El reactor nuclear no es un fin en sí mismo. Es la pieza que hace posible la Estación Internacional de Investigación Lunar, el proyecto conjunto de China y Rusia para establecer una presencia permanente en el polo sur lunar. La ILRS estaría habitada de forma continua a partir de 2030, y su construcción debería completarse en 2035 .
La elección del polo sur no es casual. Allí, en cráteres que nunca ven la luz del sol, hay hielo de agua. Ese hielo es oro: se puede convertir en agua potable, en oxígeno para respirar y en hidrógeno y oxígeno para combustible de cohetes. La energía nuclear permitiría extraerlo, procesarlo y usarlo para sostener la base y, quizás, para fabricar combustible para misiones más lejanas.
Los planes rusos incluyen la búsqueda de minerales y recursos hídricos, y el posible uso de materiales lunares como fuente de energía . China, por su parte, ha lanzado el “Proyecto 555”, una invitación a 50 países, 500 instituciones científicas y 5.000 investigadores internacionales para participar en la estación lunar . La ILRS no es solo un proyecto tecnológico; es una apuesta geopolítica. China y Rusia compiten abiertamente con el programa Artemis de Estados Unidos, que también planea una base lunar y un reactor nuclear.
Los desafíos que aún quedan por resolver
Sería ingenuo presentar este plan como algo resuelto. Los propios ingenieros reconocen que la instalación del reactor deberá construirse de forma autónoma, mediante sistemas robóticos, sin presencia humana directa durante el montaje . Las condiciones extremas, la radiación y la complejidad de ensamblar un reactor nuclear en la superficie lunar representan un desafío de ingeniería sin precedentes.
También está la cuestión del transporte. El reactor debe sobrevivir al lanzamiento, al viaje de varios días hasta la Luna, al aterrizaje y a la activación. Cada paso es un punto de fallo potencial. Los soviéticos aprendieron esto de la manera difícil con sus reactores TOPAZ y BUK, que volaron en satélites durante la Guerra Fría . Aquellos reactores usaban tecnología similar, y su historial de operaciones proporciona lecciones valiosas sobre lo que puede salir mal.
Y luego está el tiempo. 2028 no es mañana, pero tampoco es un plazo holgado para un proyecto de esta magnitud. La misión Chang’e-8 será la prueba de fuego. Si todo sale según lo previsto, sentará las bases para que el reactor y la base sean una realidad a mediados de la próxima década. Si algo falla, los planes podrían retrasarse años.
Lo que está claro es que la Luna ya no es solo un destino científico. Es un territorio estratégico. Y el reactor nuclear que China y Rusia quieren construir es la llave que abre la puerta a una presencia permanente. Sin él, la noche lunar gana siempre. Con él, la humanidad puede quedarse.













