Un día cualquiera, mientras caminaba por las calles de Cambridge, Massachusetts, a Ahmed Abdelsalam se le encendió la bombilla. Acababa de salir de su clase de ciencias con una lección grabada en la cabeza: la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma. Fue entonces cuando miró sus propios pies en movimiento y se hizo una pregunta de esas que a los adultos ya se nos olvidan: si cada paso que damos genera energía, ¿por qué la estamos dejando escapar?
Ahmed tiene solo 12 años y estudia sexto de primaria en la escuela pública Darby Vassall. No cuenta con un laboratorio millonario ni con un equipo de científicos a sus órdenes. Lo que sí tiene es una curiosidad insaciable y una asombrosa capacidad para aprender por su cuenta lo que a cualquiera nos parecería un mundo. De hecho, pasó los siguientes siete meses devorando tutoriales y devanándose los sesos para dominar el diseño por ordenador, la impresión 3D y la creación de prototipos. ¿El resultado? VERDA, un ingenioso sistema capaz de atrapar la energía de nuestros pasos, del viento o de las olas, y transformarla en electricidad limpia.
El nombre del invento no es casualidad; es un guiño directo a la palabra «verde» y a su compromiso con el planeta. Este proyecto tan brillante ha llevado a Ahmed a convertirse en uno de los diez finalistas del prestigioso 3M Young Scientist Challenge 2026, el concurso científico para jóvenes más importante de Estados Unidos. El ganador se llevará 25.000 dólares y el título de «Mejor Científico Joven de América», pero a Ahmed el premio le pasa a un segundo plano. Su verdadera meta lo define por completo: «Quería demostrar que incluso un estudiante puede crear algo que ayude a la gente y al medio ambiente».
Del ferrofluido a la impresora 3D: la historia de un invento que casi no llega a serlo
VERDA se basa en un concepto llamado “recolección de energía” o energy harvesting. La idea es sencilla en teoría: capturar la energía mecánica que generamos sin darnos cuenta —al caminar, al movernos, al dejar que el viento sople— y transformarla en electricidad útil para dispositivos de bajo consumo. En la práctica, hacerlo funcionar es otra historia.
El corazón del sistema de Ahmed es un ferrofluido: un líquido que contiene partículas magnéticas en suspensión. Cuando el dispositivo se mueve, el ferrofluido también se mueve, y ese movimiento genera una carga eléctrica que puede alimentar al propio sistema. Es una idea elegante, casi poética: el movimiento de tu cuerpo alimenta el dispositivo que, a su vez, podría alimentar otros dispositivos.
Pero la elegancia teórica chocó con la realidad de la impresora 3D. Ahmed imprimió sus prototipos, pero el ferrofluido se filtraba por microporos invisibles en el plástico. Durante tres meses, ajustó las dimensiones del dispositivo, la velocidad de impresión y otros parámetros, una y otra vez, hasta que consiguió sellarlo. Fueron meses de prueba y error, de aprender de los fallos, de no rendirse. “El proyecto transformó la forma en que aborda el aprendizaje”, ha dicho su madre. “Como madre, ver esa transformación ha sido mucho más significativo que cualquier premio”.
Al final, Ahmed fabricó tres prototipos diferentes: uno que aprovecha la energía del viento, otro la del agua, y un tercero la del movimiento de una persona al caminar. Los tres funcionan con el mismo principio, pero demuestran que la idea puede adaptarse a fuentes muy distintas.
Lo que VERDA puede llegar a ser
Ahmed es el primero en reconocer los límites de su invento. No pretende sustituir a la energía solar o eólica. No imagina su dispositivo alimentando ciudades enteras. Lo que VERDA puede hacer, explica, es aprovechar una energía que hoy se pierde para alimentar dispositivos que consumen muy poca electricidad. Un wearable para correr, un sensor, un pequeño dispositivo médico. “La gente podría llevar VERDA en su camiseta mientras corre”, ha dicho, y usarlo para cargar un monitor de fitness .
La cantidad de energía que genera un sistema así es modesta. Pero la recolección de energía es un campo de investigación activo y serio. Un estudio publicado en 2026 en Energy Conversion and Management probó pavimento capaz de generar electricidad con los pasos de los peatones. Otras investigaciones exploran recolectores de energía del viento para aplicaciones de pequeña escala. La idea de Ahmed no es una fantasía infantil; es una aplicación temprana de un principio que los ingenieros están desarrollando en todo el mundo.
Un mentor, una competición y un futuro que empieza ahora
Como finalista del 3M Young Scientist Challenge, Ahmed trabajará durante el verano con Abhishek Srivastava, un especialista en investigación avanzada de 3M, para refinar su prototipo. En octubre, viajará a St. Paul, Minnesota, para la final, donde presentará su proyecto ante un panel de jueces. Su escuela, Darby Vassall, acaba de estrenar un edificio nuevo después de años de sentir que eran “inquilinos” en espacios prestados. Ahora, uno de sus estudiantes está en la final de una competición nacional.
Ahmed tiene un referente claro: Ahmed Zewail, el químico egipcio-estadounidense que ganó el Nobel por su trabajo en femtoquímica, el estudio de reacciones químicas que ocurren en escalas de tiempo increíblemente cortas. “Su trabajo ayudó a entender mejor la química y abrió oportunidades para más descubrimientos”, explica Ahmed. En 15 años, dice, quiere ser inventor o ingeniero. “Quiero hacer inventos que ayuden a la gente y protejan el medio ambiente, especialmente creando nueva tecnología de energía limpia. Espero seguir siendo curioso, creativo y no tener miedo de probar cosas nuevas, porque así es como las grandes ideas pueden crecer hasta convertirse en algo real”.
Ahmed tiene 12 años. Ha creado un sistema que convierte el movimiento en electricidad. Ha superado tres meses de fugas y frustración. Ha demostrado que un estudiante de secundaria puede competir al más alto nivel científico. Y todo empezó con una pregunta mientras caminaba.












