ES NOTICIA
¿Ya nos sigues en Google? Síguenos en tu feed de Discover Seguir
Ni litio, ni hidrógeno, ni CO2: la propuesta de la Universidad NOVA de Lisboa y el Instituto Dom Luiz inyecta aire comprimido en formaciones rocosas porosas para desplazar el agua salada y almacenar energía durante periodos prolongados, sin los riesgos asociados a un gas inflamable

Ni litio, ni hidrógeno, ni CO2: la propuesta de la Universidad NOVA de Lisboa y el Instituto Dom Luiz inyecta aire comprimido en formaciones rocosas porosas para desplazar el agua salada y almacenar energía durante periodos prolongados, sin los riesgos asociados a un gas inflamable

{{author_name}}

Por: Autonoción Redacción

Publicado: 24.09.2026 16:00

Hay una pregunta que recorre la transición energética desde hace años y que nadie ha sabido responder del todo: ¿qué hacemos con la electricidad que sobra? En Portugal, un país que en 2025 desperdició 12 gigavatios-hora de energía renovable por falta de capacidad para absorberla, esa pregunta no es teórica. Es un problema real, con números concretos, que se traduce en molinos que se detienen y paneles que se desconectan cuando el sol brilla más de lo que la red puede manejar.

La respuesta que propone un equipo de investigadores de la Universidad NOVA de Lisboa y el Instituto Dom Luiz es tan audaz como sencilla: usar las rocas que ya están bajo nuestros pies. No para extraer nada, sino para guardar algo. Aire. Aire comprimido, inyectado en formaciones rocosas porosas a cientos o miles de metros de profundidad, desplazando el agua salada que ocupa los poros y quedando atrapado allí como una burbuja a presión. Cuando la red necesita esa energía, el aire sale, se expande y mueve unas turbinas. Y vuelta a empezar.

La investigación, publicada en la revista Geoenergy, es el primer análisis sistemático de cómo la profundidad afecta a la capacidad de almacenamiento de estos sistemas de aire comprimido en medios porosos (CAES-PM). Y los resultados, en el escenario más favorable, apuntan a algo que suena a ciencia ficción: un solo reservorio situado a 3.000 metros de profundidad podría almacenar hasta 1 teravatio-hora de energía. Suficiente, según los cálculos, para abastecer a cientos de miles de hogares.

Aire, solo aire: la ventaja de no tener que domar un gas peligroso

La tecnología de almacenamiento de energía por aire comprimido (CAES) no es nueva. Lleva décadas funcionando en plantas como la de Huntorf, en Alemania, operativa desde 1978, y la de McIntosh, en Alabama, desde 1991. Pero esas instalaciones usan cavernas de sal, cavidades excavadas en formaciones salinas que son enormes, costosas de construir y solo posibles donde hay geología adecuada.

La propuesta portuguesa cambia el escenario. En lugar de cavidades excavadas, usa el propio espacio poroso de rocas como areniscas o calizas. Rocas que ya están ahí, que no hay que excavar, y que contienen millones de pequeños huecos microscópicos donde el aire puede alojarse . El agua salada que ocupa esos poros se desplaza cuando el aire entra, y regresa cuando el aire sale.

La ventaja sobre otras formas de almacenamiento subterráneo es doble. Por un lado, el aire no es inflamable. A diferencia del hidrógeno, que plantea riesgos de combustión y fragilización de materiales, o del CO₂, que requiere condiciones de presión y temperatura muy específicas, el aire comprimido es químicamente inerte en la mayoría de las condiciones. No hay riesgo de explosión, no hay reacciones peligrosas con la roca, no hay gases tóxicos que puedan migrar.

Por otro lado, el sistema puede arrancar sin depender de la red eléctrica. Los investigadores destacan su capacidad de black start: la habilidad de poner en marcha una planta de generación sin necesitar electricidad externa. Eso lo convierte en un activo valioso para recuperar el sistema tras un apagón generalizado, como el que sufrieron Portugal y España en abril de 2025. Ricardo Pereira, el investigador principal, lo resume así: “El aire comprimido es casi inmediato y, por lo tanto, permite encenderlo y apagarlo prácticamente al instante” .

3.000 metros, 1 TWh y la cuenca lusitánica

El estudio analiza cómo varían las condiciones de almacenamiento con la profundidad. A más metros, más presión y más temperatura, dos factores que afectan directamente a cuánta energía se puede guardar por metro cúbico de roca. En el escenario más favorable, un sistema adiabático-isobárico a 3.000 metros alcanzaría una densidad energética de 156 kWh por metro cúbico. Traducido a un reservorio de gran tamaño, eso da el teravatio-hora.

Pereira es el primero en reconocer que esa cifra es el techo teórico, el escenario donde coinciden todas las condiciones óptimas. “Obviamente, este es el escenario máximo, donde se dan todas las condiciones óptimas”, explica. “Pero estas cifras pueden ayudar a formar una idea de la escala y el potencial máximos” .

La geología portuguesa ofrece un lugar concreto donde buscar ese potencial: la cuenca lusitánica, una franja que recorre parte de la costa entre Lisboa y Aveiro. Allí hay formaciones rocosas con la porosidad y permeabilidad adecuadas, y coincide con una de las regiones más industrializadas del país, con presencia de generación eólica y solar. Es, en teoría, el lugar ideal para probar la tecnología.

El fantasma de Castor: por qué la memoria importa

Hay una pregunta que flota en el aire cuando se habla de inyectar fluidos en el subsuelo: ¿y los terremotos? El caso de Castor, el almacén de gas frente a las costas de Castellón, está en la memoria de todos. En 2013, la inyección de gas desencadenó cientos de seísmos, algunos de magnitud 4,3, que obligaron a paralizar el proyecto. Los estudios científicos posteriores confirmaron la relación causal entre la inyección y los temblores.

La investigación portuguesa no ignora ese riesgo. Pereira señala que será necesario un marco regulatorio específico para esta tecnología, similar al que existe para otras formas de almacenamiento subterráneo. Y la literatura científica sobre sismicidad inducida es clara: cualquier inyección de fluidos en el subsuelo puede reactivar fallas preexistentes si la presión de poro aumenta lo suficiente.

La diferencia, en el caso del aire comprimido, es que el fluido inyectado es inerte y la operación es cíclica: se inyecta y se extrae, no se deja permanentemente. Eso no elimina el riesgo, pero cambia su naturaleza. La clave estará en seleccionar emplazamientos sin fallas activas cercanas y en monitorizar la presión y la sismicidad durante las operaciones. Como señala la investigación, el éxito depende de una caracterización geológica rigurosa: tamaño del reservorio, porosidad, permeabilidad, límites de presión y condiciones geotérmicas son factores determinantes.

Lo que falta por demostrar

El estudio de la Universidad NOVA y el Instituto Dom Luiz es un análisis teórico. No han construido un piloto, no han perforado un pozo, no han inyectado aire en una formación real. Lo que han hecho es modelizar, con criterios geológicos y termodinámicos, cuánto podría almacenarse y en qué condiciones. Eso es valioso, pero es el primer paso, no el último.

Pereira calcula que un proyecto real podría requerir entre cinco y diez años: estudios geológicos detallados, perforación, construcción de un piloto y operación continuada. Y Portugal carece todavía de un marco regulatorio que permita este tipo de instalaciones. Australia, otro país que está explorando el CAES en formaciones geológicas, se enfrenta al mismo problema: las leyes de petróleo y minería no contemplan el aire como un fluido almacenable, y no hay un marco claro para permisos y responsabilidades.

También queda por resolver la viabilidad económica. Los sistemas CAES convencionales, como los de Huntorf y McIntosh, tienen eficiencias del 42% y 54%, respectivamente. Las plantas más modernas, con almacenamiento térmico, alcanzan el 71%, como la de Huai’an en China. Para que el aire comprimido en rocas porosas sea competitivo con las baterías de litio o con el bombeo hidroeléctrico, la eficiencia tendrá que mejorar y los costes de perforación y operación tendrán que ser asumibles.

Una idea que merece ser explorada

El atractivo de la propuesta portuguesa no está en sus números récord, sino en su lógica. No necesita litio, ni cobalto, ni hidrógeno, ni CO₂. No depende de materiales críticos ni de cadenas de suministro globales. Usa lo que ya existe: roca, aire y agua salada. Y aprovecha una infraestructura natural que ha estado ahí durante millones de años, esperando a que alguien la mirara con otros ojos.

Pereira lo resume con una frase que casi parece un eslogan: “Las rocas funcionarán como una batería gigante bajo nuestros pies” . Suena a utopía, y probablemente lo sea en el corto plazo. Pero en un mundo que necesita desesperadamente almacenar energía renovable durante días o semanas, no solo horas, ideas como esta merecen ser exploradas. Porque a veces, las soluciones más revolucionarias no están en inventar algo nuevo, sino en descubrir lo que ya estaba ahí.

EL GARAJEvia El Garaje

¿Acertamos o la liamos?

Entras con Google al publicar
NOVATOPROPIETARIOVETERANOEXPERTOLEYENDA ★
EL GARAJEComunidad del motor
Visitar →
autonoción · El Box