Durante más de diez años se ha intentado convencer al conductor europeo de que dé el salto al coche eléctrico. Hubo planes de ayudas con siglas que casi nadie retenía, deducciones fiscales escondidas en la burocracia, lentitud y letra pequeña, campañas institucionales y un sinfín de foros sobre la movilidad del mañana. El resultado fue, año tras año, bastante cuestionable para lo que se invertía. El eléctrico avanzaba, pero con el paso cansado de quien sube una cuesta sin demasiadas ganas.
Hasta que llegó 2026 y la geopolítica consiguió en unos meses lo que la política pública no había logrado en una década.
Merece la pena recordar cómo se encadenaron los acontecimientos, porque la secuencia tiene algo de tormenta perfecta. La guerra abierta por Estados Unidos e Israel contra Irán convirtió el estrecho de Ormuz, ese pasillo de agua entre Irán y Omán que pocos sabrían señalar en un mapa, en un tema de conversación de barra de bar.
Por allí pasaba, antes del conflicto, alrededor de una cuarta parte del crudo que se mueve por mar en el mundo y una quinta parte del gas natural licuado. Cuando la Guardia Revolucionaria iraní decidió cerrarlo a los barcos vinculados a Estados Unidos, Israel y sus aliados, el tránsito de petroleros prácticamente se detuvo.
Al mismo tiempo, a miles de kilómetros de allí, Ucrania optó por golpear a Rusia en uno de sus puntos más sensibles: sus refinerías. La Agencia Internacional de Energía calcula que, en los primeros ocho meses del año 2026, alguna planta rusa ha sido alcanzada con éxito, de media, cada tres días. La consecuencia no se ha quedado dentro de sus fronteras y es que Moscú ha tenido que limitar sus ventas al exterior de gasolina, gasóleo y combustible de aviación.
Dos grifos cerrándose casi a la vez, uno en el Golfo Pérsico y otro en el corazón industrial ruso. Y el producto que más lo nota es justamente el que mueve buena parte de Europa: el gasóleo.
La situación no está exenta de paradojas. Según han recogido diversos medios internacionales, el propio presidente Trump pidió a Kiev que dejara de atacar las instalaciones rusas de diésel por el daño que causaban al suministro mundial, sin detenerse demasiado en el papel que su propia guerra en Oriente Medio juega en esa misma escasez.
Como puedes ver, mientras las grandes potencias se reparten las culpas, el resto de países, ha elegido el camino de siempre: aguantar el chaparrón, aplicar parches fiscales y confiar en que los mercados se tranquilicen por sí solos. Esa desidia, esa falta de respuesta común y ambiciosa, es la otra parte clave de esta historia.
Casi dos euros el litro con descuento, lo que ha hecho abrir los ojos a muchos conductores
La cifra que mejor retrata el momento no es el precio del gasóleo, sino el precio del gasóleo subvencionado.
A mediados de septiembre, el Boletín Petrolero de la Unión Europea situaba el litro en España en torno a 1,83 euros de media, con el barril de Brent por encima de los cien dólares, y las variantes de gama alta ya se acercan a los dos euros. Pero ese número esconde una trampa: está sostenido artificialmente. Desde el 1 de septiembre, el gasóleo cuenta con una rebaja en el impuesto de hidrocarburos de unos 20 céntimos por litro, cuatro veces más que la de la gasolina. Y en los meses anteriores, el Gobierno había llegado a bajar el IVA de los carburantes del 21 % al 10 % y a dejar el impuesto especial en el mínimo que permite Bruselas.
Dicho de otro modo: pagamos casi dos euros por litro con Hacienda renunciando a una parte importante de lo que normalmente recauda para suavizar el golpe. Basta con restar mentalmente la bonificación para entender el problema. Y eso es exactamente lo que miles de conductores han hecho frente al surtidor, mientras veían correr los dígitos. Yo mismo reposté el otro día y tuve que pagar 92 euros, cuando el mismo depósito lo he rellenado por menos de 60 meses atrás.
El mercado está respondiendo
Según los datos de las asociaciones del sector, en agosto se matricularon en España un tercio más de coches eléctricos que un año antes, mientras los diésel registraron una caída cercana 50%. Menos de tres de cada cien compradores eligieron gasóleo. Sumando eléctricos puros e híbridos enchufables, la cuota de mercado rozó el 28 %. No hace tanto, el diésel reinaba sin discusión en el parque español; hoy es casi una rareza en los concesionarios.
Sería injusto afirmar que las ayudas no han contado para nada. El nuevo Programa Auto+, con incentivos de hasta 4.500 euros sin necesidad de achatarrar el coche viejo, ha tenido su efecto, y los concesionarios lo reconocen. Pero una subvención sirve sobre todo para empujar a quien ya estaba decidido. Lo que decide es la inquietud, y esa la ha sembrado la gasolinera. La diferencia es sutil pero determinante: la ayuda abarata la compra del coche nuevo; la crisis encarece seguir con el viejo. Y el segundo argumento en nuestro país, parece más convincente que el primero.
La lección que debemos aprender: si nos toca el bolsillo, nos duele
Lo que enseña este 2026 no es que los conflictos favorezcan la transición energética, sino algo bastante más incómodo: durante años hemos presentado la electrificación como una causa ambiental, cuando en el fondo era, sobre todo, una cuestión de seguridad. Mientras el argumento era el clima, la ciudadanía lo escuchaba con simpatía y cierta distancia. En cuanto pasó a ser problema de sus bolsillos, y la evidencia de que nuestro día a día depende de las decisiones tomadas en Teherán, Washington o Moscú, la reacción ha sido inmediata.
Los gobiernos harían bien en tomar nota. No se trata de agradecer a la crisis lo que ellos no supieron conseguir, sino de aprovechar que la sociedad ya ha entendido el riesgo para construir lo que falta: puntos de recarga allí donde el mercado no llega, apoyo real a quien no puede permitirse cambiar de coche, electrificación de las flotas profesionales y una estrategia industrial que no nos deje igual de expuestos ante otro proveedor asiático que ese está frotando las manos con nuestra dejadez y el panorama geopolítico actual.
El lobo ya ha enseñado las orejas. Lo prudente sería no esperar a verle los dientes.













