La movilidad eléctrica ha supuesto un gran reto para los fabricantes más tradicionales de la industria, pero las marcas que quizá están notando más el cambio son las más emblemáticas y con más historia del sector, como podrían ser Mercedes o BMW. Estas marcas han cimentado su éxito en vehículos de calidad y, sobre todo, potentes, deportivos, que han sido capaces de sacar lo mejor de la combustión interna. Pero la nueva realidad eléctrica, la evolución lenta y la propia incertidumbre con el fin de la gasolina están condicionando sus ventas considerablemente. Sobre todo porque han dado un paso hacia la electrificación, una tecnología mucho más cara, y las ventas han caído drásticamente.
En el caso particular de Mercedes, el desgaste es evidente, y el mensaje de sus máximos dirigentes es contundente respecto a la tecnología de la combustión: la ven obsoleta, del pasado. Esto lo ha dicho Jörg Burzer, jefe de Desarrollo de Mercedes-Benz, que de alguna forma intenta impulsar la venta de unos vehículos eléctricos que, en líneas generales, han sufrido una desaceleración por culpa de las presiones políticas sobre las normativas ambientales. Por eso el mensaje de Mercedes choca, porque han apostado por la electrificación pero, como está quedando demostrado, la continuidad de los motores de combustión podría ser su salvación a corto plazo.
Mercedes insiste en el coche eléctrico
Conviene situar primero al personaje, porque no es un directivo cualquiera. Jörg Burzer, de 55 años, asumió la jefatura de Desarrollo y el cargo de director de Tecnología (CTO) de Mercedes-Benz en diciembre de 2025, sustituyendo a Markus Schaefer, que fue precisamente el hombre que pilotó durante años la transición de la marca de la estrella hacia el coche eléctrico y que dejó la compañía tras tres décadas. Es decir, quien hoy defiende el eléctrico es el relevo del arquitecto de esa misma apuesta.
Burzer ha hablado con el medio alemán Golem, en un acto celebrado en el propio Museo Mercedes-Benz de Stuttgart, y ha sido muy claro en su postura sobre cómo está siendo la evolución del coche eléctrico. Habla a título personal y comienza diciendo que es «un gran fan de los coches eléctricos», como no podía ser de otra forma defendiendo su producto, y afirma que esta tecnología es «muy superior» a la de los vehículos de combustión tradicional. De hecho, confiesa que él mismo conduce exclusivamente coches eléctricos desde hace «seis o siete años».
Más allá de las emisiones o del consumo energético, considera que esta tecnología ofrece un margen de innovación impensable y mucho más amplio, algo ya limitado en unos motores de combustión que llevan un siglo de evolución y están al borde de su límite. Considera que el avance que se está logrando con las baterías, con los propios sistemas de refrigeración y con la integración tecnológica hace que la movilidad eléctrica ofrezca muchas más posibilidades de crecimiento. Incluso entra en el terreno del comportamiento dinámico: sostiene que los puntos de unión entre la carrocería y la batería hacen del eléctrico un vehículo mucho más rígido, y por tanto mejor en conducción, que uno con motor tradicional. Es su forma de ver que la movilidad con gasolina o diésel no puede mejorar mucho más. El problema es que, por ahora, la combustión no necesita mejorar para seguir siendo la favorita de buena parte de los conductores.
Burzer también ha hablado en términos personales y de lo que supone para él poder cargar el coche eléctrico mediante las placas solares de su propia vivienda. Lo describió con estas palabras: «Tengo paneles fotovoltaicos en el tejado de casa, un sistema de almacenamiento de baterías en el sótano y una estación de carga en el aparcamiento. Es maravilloso sentir que realmente se puede conducir un coche con energía solar». Sus palabras podrían ser las de la propia Mercedes, las de una marca que expone todo tipo de argumentos para hablar de lo maravilloso que es el producto que tiene entre manos —y seguro que no le falta razón—, pero deja entrever cómo busca argumentos para seguir convenciendo a un público que tiene muchas dudas.
Mercedes y la realidad
Pero el problema es precisamente ese: por mucho entusiasmo de sus directivos, por muchas ventajas que pueda ofrecer la movilidad eléctrica, todo ello no se traduce en el mercado, y por muchas razones. En primer lugar, la movilidad eléctrica se está imponiendo por motivos políticos y por las emisiones ambientales. Aunque la conciencia ciudadana va creciendo, la mayoría de conductores de toda Europa reconocen que la transición la llevan a cabo por obligación, porque siguen prefiriendo la combustión tradicional por rendimiento, por sensaciones, y también porque echar gasolina es mucho más fácil y rápido que cargar un coche. Cargar requiere a menudo instalar en casa un equipo especial, y no todo el mundo puede hacerlo. La infraestructura pública es escasa y, además, los tiempos de carga pueden demorarse mucho según el modelo.
Además, la presión política ha hecho que se retrase el fin de la combustión y, por tanto, ha generado más incertidumbre. La Unión Europea dio marcha atrás en su veto de 2035: tras esa fecha se podrán seguir vendiendo coches de combustión, aunque con una importante reducción de sus emisiones medias respecto a los datos de 2022. Y si a todo esto le sumamos que la movilidad eléctrica ha incrementado los precios de los vehículos, y que los coches de alta gama, potentes y deportivos, siguen funcionando con combustión interna, el resultado es que las ventas de las grandes firmas se han reducido considerablemente.
El mejor termómetro de esa realidad es lo que la propia Mercedes tiene previsto hacer este año: la marca de la estrella va a estrenar dieciséis modelos nuevos en 2026, y la inmensa mayoría de ellos serán de combustión o híbridos, no eléctricos puros. Mercedes ha tenido que cambiar la hoja de ruta de su gama EQ, concebida como la gran revolución eléctrica de la compañía, ya que modelos como el EQS o el EQE se han quedado muy lejos de las expectativas. Tanto, que la marca ha decidido abandonar progresivamente la propia etiqueta «EQ» y reintegrar los eléctricos dentro de las familias de siempre (Clase C, Clase S, GLC), reconociendo de facto que el experimento de la submarca no funcionó como esperaban.
Un mensaje contradictorio
Es curioso escuchar las palabras de Burzer sobre la combustión tradicional, porque precisamente Mercedes ha sido una de las empresas que más ha presionado para retrasar su fin. Ola Källenius, consejero delegado de la compañía y también presidente de ACEA (la patronal europea de fabricantes), ha sido una de las voces más activas en Bruselas, porque a marcas como Mercedes les conviene mantener viva la combustión mientras el eléctrico no termina de despegar comercialmente.
Aquí conviene matizar, eso sí, para ser justos con Burzer. El directivo no se contradice tanto a sí mismo como podría parecer: él defiende el eléctrico como el futuro, pero también aplaudió la decisión de la UE de abrir la mano con la combustión, con el argumento de que «lo importante es que el cliente pueda elegir lo que mejor se adapta a su forma de vida». La contradicción de fondo, la de verdad, no está dentro de la cabeza de Burzer, sino entre el discurso público de la marca —tecnológicamente enamorada del eléctrico— y su estrategia comercial real, que pasa por exprimir la combustión y los híbridos para frenar la sangría de ventas.
Mercedes ha apostado fuerte por la movilidad eléctrica, ha querido adaptarse, pero las cifras no acompañan. El problema es que ahora los mensajes que llegan desde la empresa son difíciles de casar con sus actuaciones: no se entiende del todo que pidan a Bruselas extender la vida de la combustión interna y que, al mismo tiempo, sus directivos afirmen que esa tecnología ya es cosa del pasado. Si ellos mismos se lían, difícilmente van a despejar las dudas de un comprador que, a día de hoy, sigue sin tenerlo nada claro.









