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¿De verdad las marcas chinas creen que los europeos comprarán coches chinos de más de 100.000 euros?

¿De verdad las marcas chinas creen que los europeos comprarán coches chinos de más de 100.000 euros?

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Por: Luis Reyes

Publicado: 04.08.2026 11:00

Es la pregunta que muchos directivos del sector se hacen en voz baja (y no tanto) cada vez que aparece un lanzamiento chino apuntando al segmento de lujo. Porque una cosa es vender un coche bien equipado y asequible con una buena relación precio equipamiento, y otra muy distinta es convencer a un europeo de que se gaste el sueldo de varios años en una marca que, hasta hace nada, ni siquiera sonaba o existía.

Y sin embargo, ahí están, subiendo escalón a escalón, dejando atrás la etiqueta de «coche barato bien equipado» para intentar sentarse en la mesa de los grandes. El problema es que subir de precio no es lo mismo que subir de categoría. Y ahí es donde  el discurso creo que flaquea.

El refinamiento que no se ve, pero se siente

Cualquiera que se haya sentado en un coche con un chasis bien calibrado sabe que hay algo que ningún listado de especificaciones por interminable que sea, explica del todo y es que la sensación de que el coche «entiende» la carretera antes que el propio conductor es difícil de conseguir.

Las marcas chinas han hecho deberes notables en suspensiones activas y sistemas electrónicos complejos. El hardware que montan, en muchos casos, es puntero. Pero una cosa es tener los componentes y otra muy distinta dominar la calibración. Ahí es donde las marcas europeas siguen llevando la delantera, con décadas de bancos de pruebas, circuitos propios y generaciones enteras de ingenieros afinando cómo debe comportarse un coche en una curva de montaña mojada o en un adoquinado centroeuropeo. No basta con tener sensores, hay que saber combinarlos para que el resultado sea coherente y agradable de conducir. Esos esquemas de reglaje son fruto de una tradición que no se compra ni se copia de un día para otro, por mucho presupuesto que se invierta.

Deportividad: el alma que aún falta

Ligado a lo anterior está otro punto sensible y este es el carácter deportivo. Una marca premium europea no vende solo confort, vende una personalidad al volante. El tacto de la dirección, la respuesta del acelerador, el sonido, la contundencia de los frenos, esa sensación de conexión que un aficionado reconoce al instante. Y bueno, llegados a este punto igual te digo marca europea como que te digo marcha japonesa al estilo Mazda.

Los coches chinos de alta gama son rápidos, eso nadie lo discute. Pero la velocidad en línea recta es solo una parte de la ecuación. La deportividad, entendida como experiencia sensorial completa, sigue siendo terreno casi exclusivo de firmas que llevan generaciones desarrollando esa identidad, desde el reglaje del embrague hasta el equilibrio de pesos entre ejes. Coges un coche chino y no va tan fino como un BMW, por mucha publicidad que inviertan.

Acabados: la brecha que sí se ha cerrado

Aquí hay que ser justos. Durante años, el argumento fácil contra los coches chinos era «se nota que son de plástico barato». Ese argumento ha caducado. Los acabados interiores de muchas marcas chinas actuales, con materiales blandos al tacto, costuras cuidadas y atención al detalle, igualan e incluso superan a algunos modelos europeos de gama media. En ese apartado, la distancia se ha reducido de forma drástica, y pretender lo contrario sería no haber pisado un concesionario en los últimos años.

Software: la pantalla no lo es todo

Donde sí se mantiene una diferencia clara es en el software. Las marcas europeas y norteamericanas siguen liderando en el diseño de sistemas de infoentretenimiento coherentes, estables y pensados desde la lógica del usuario. Las chinas, en cambio, caen a menudo en la tentación de la sobrepoblación de pantallas: dos, tres, incluso cuatro paneles digitales donde se repite la misma información, con menús anidados que confunden más que ayudan. Tener más pantallas no es sinónimo de mejor experiencia; a veces es justo lo contrario. Tesla por ejemplo tiene solo una pantalla pero demonios, su software es tan bueno que no echo en falta más. Todo funciona como debe y está donde tiene que estar y si no funciona hoy, no te preocupes que lo arreglan en unas horas.

La imagen que se lleva puesta

Y aquí llegamos, probablemente, al obstáculo más difícil de superar de todos y no es técnico, es social. Un coche de gama alta no se compra solo para conducirlo, se compra también para que lo vean. Y ahí entra en juego algo que ninguna hoja de especificaciones puede combatir. Decir «tengo un Mercedes» comunica algo instantáneo, universal, reconocible en cualquier terraza, en cualquier aparcamiento de oficina, en cualquier boda. Decir el nombre de una marca china de lujo que la mayoría de la gente ni siquiera sabe pronunciar no comunica lo mismo, por muy buena que sea la suspensión que lleve debajo.

Y hay un dato que resulta revelador, aunque sea de andar por casa si nos fijamos en la propia China, en esos bolsillos acaudalados que sí pueden permitirse gastar seis cifras en un coche, muchos siguen prefiriendo comprarse un Porsche, un Mercedes-Maybach o un Bentley antes que la marca de lujo local recién aterrizada en el mercado. Si ni siquiera el comprador chino con dinero elige el coche chino de lujo cuando tiene la opción de un europeo, es difícil pensar que el comprador europeo vaya a hacer justo lo contrario incluso a pesar de lo raritos que somos en el mercado español.

Y basta con pasear por cualquier ciudad española para reforzar esa sensación. Es fácil ver a residentes chinos al volante de un BMW, un Mercedes, un Audi, un Porsche o un Tesla. Lo que resulta mucho más raro, casi anecdótico, es cruzarse con uno de ellos conduciendo un coche de una marca china de lujo. Puede que sea casualidad, puede que sea cuestión de tiempo, pero cuando ni la propia comunidad más cercana a esas marcas parece decantarse por ellas en el segmento alto, la pregunta se responde casi sola.

Lo que no se fabrica en la línea de montaje

Comprar un coche de gama alta no es solo comprar transporte, es comprar una historia, un prestigio heredado, décadas de presencia en el imaginario colectivo. Ese capital reputacional no se construye con una campaña de marketing, por generosa que sea.

Un cliente que se gasta mucho dinero necesita saber que, si algo falla, hay un taller cerca y un servicio a la altura. Las marcas chinas invierten fuerte en concesionarios, pero construir esa confianza lleva años, no trimestres.

Comprar caro implica pensar en la reventa. Y el comprador europeo es conservador y prefiere una marca con histórico de depreciación conocido antes que arriesgarse con un valor incierto.

Si a todo esto le sumamos los aranceles, las tensiones comerciales y el debate sobre dependencia tecnológica lo que vemos es que estos factores añaden desconfianza que no tiene nada que ver con la calidad del producto, pero que pesa en la decisión de compra.

Entonces, ¿de verdad lo creen?

Probablemente, algunas marcas chinas no esperan vender en volumen en ese segmento a corto plazo. Su apuesta es más bien de escaparate, demostrar que pueden competir en tecnología, sentar un precedente y esperar a que la percepción cambie con el tiempo. Habrá un nicho de compradores curiosos, dispuestos a presumir de algo distinto, sí, los early adopters, gente con dinero que quiere llevar lo último. Pero para competir de verdad ahí arriba no basta con fabricar coches potentes y tecnológicos. Hace falta historia, hace falta confianza y, sobre todo, hace falta que decir el nombre de la marca en voz alta produzca el mismo efecto que produce hoy decir Mercedes, Porsche o Ferrari.

Nosotros sabemos lo importante que son los nombres y ellos también, de ahí la aparición de EBRO, el renacer de Galloper, el resurgimiento de MG y muchos otros que se me olvidan o llegarán.

Ni que decir tiene que esto es una reflexión personal que puedes o no compartir. ¿Me cuentas la tuya?

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