Ahora mismo, mientras lees esto tranquilamente, un «sol artificial» está batiendo récords históricos al otro lado del planeta. El problema es que estos hitos suelen pasar desapercibidos en las redes hasta que, de golpe, alguien los rescata y se vuelven virales.
La ciencia no se detiene; avanza a su propio ritmo, en silencio. Como el campo de la fusión nuclear lleva décadas rodeado de promesas que nunca parecen llegar, es fácil que las noticias verdaderamente importantes terminen sepultadas por el ruido diario.
Pero el reactor KSTAR, el ya famoso «sol artificial» de Corea del Sur, ha vuelto a romper los esquemas. Estos días se ha vuelto viral un logro impresionante: los científicos consiguieron domar un plasma ultraestable a temperaturas de fusión durante 102 segundos.
Es más, lograron mantener el termómetro clavado en unos bestiales 100 millones de grados durante 48 segundos. Suena impresionante, y lo es. Pero hay un detalle que casi nadie cuenta: este récord se consiguió en realidad hace dos años, durante una campaña que arrancó a finales de 2023 y terminó a comienzos de 2024.
¿Qué ha conseguido realmente KSTAR y por qué importa?
El plasma es un gas supercaliente donde los electrones se han separado de los núcleos atómicos. Para que se produzca la fusión, los núcleos de hidrógeno (deuterio y tritio) tienen que moverse tan rápido que venzan su repulsión eléctrica y se fusionen.
Eso solo ocurre a temperaturas de 100 millones de grados o más. El núcleo del Sol, para comparar, está a «solo» 15 millones de grados, pero la presión gravitatoria de la estrella ayuda a que la fusión ocurra. En la Tierra, sin esa presión, necesitamos temperaturas mucho más altas: hasta siete veces las del corazón de nuestra estrella.
El récord de KSTAR consiste en haber sostenido el plasma en modo de alto confinamiento durante 102 segundos. Eso significa que el plasma no solo estaba caliente, sino que también estaba estable, sin fugas masivas de calor ni inestabilidades que apagaran la reacción.
Y no fue cosa solo del calor. Para clavar esos 102 segundos, el equipo coreano tuvo que domar las inestabilidades que aparecen en el borde del plasma, un trabajo que desarrollaron junto al Princeton Plasma Physics Laboratory (PPPL) de EE.UU. Hasta entonces, esas turbulencias limitaban el alto confinamiento a apenas unos pocos segundos.
Para poner el avance en contexto: KSTAR alcanzó por primera vez los 100 millones de grados en 2018, aguantó 30 segundos en 2021 y ahora ha llegado a los 48. Lograr temperatura y estabilidad a la vez es esencial para una futura planta de fusión comercial, que tendrá que operar durante horas o días, no solo un minuto y medio.
La clave del éxito: el tungsteno, el metal que lo aguanta todo
El factor determinante en este avance ha sido la instalación de un nuevo componente: el divertor de tungsteno. Para entenderlo fácil, el divertor es una pieza clave colocada en el fondo del reactor que funciona exactamente como el «tubo de escape» de un coche.
Su misión es limpiar el sistema: barre las cenizas del plasma (los restos de la fusión), el helio y cualquier impureza, aguantando un tiroteo constante de partículas cargadas de energía.
El verdadero reto es que un plasma a 100 millones de grados devora cualquier cosa que se le ponga por delante; ningún material del mundo puede tocarlo sin desintegrarse. Como esta pieza recibe el impacto directo de las partículas más salvajes, tiene que soportar un calor infernal de hasta 10 megavatios por metro cuadrado, algo muy parecido a lo que sufre una nave espacial cuando atraviesa la atmósfera para volver a la Tierra.
Por eso los científicos han recurrido al tungsteno. Este metal es un auténtico superhéroe: tiene el punto de fusión más alto del planeta (no empieza a fundirse hasta los 3.422 grados) y, además, apenas atrapa tritio, lo que evita que el reactor se vuelva peligroso.
El antiguo divertor de carbono de KSTAR había alcanzado su límite. El nuevo de tungsteno, instalado en 2023, ha permitido estabilizar el plasma durante más tiempo, purificarlo mejor y eliminar el calor de forma más eficiente. La diferencia es brutal: bajo cargas de calor similares, la nueva pieza solo eleva un 25% su temperatura superficial frente al carbono.
Otros reactores también avanzan (y no solo en Corea)
KSTAR no está solo en la carrera por la fusión. En Europa, el reactor WEST (también un tokamak, situado en el sur de Francia) protagonizó el último gran titular: el 12 de febrero de 2025 logró sostener un plasma a 50 millones de grados durante 1.337 segundos, es decir, más de 22 minutos.
Con esa marca arrebató el récord mundial de duración a su rival chino, el reactor EAST, que apenas unas semanas antes había aguantado 1.066 segundos. Hay un detalle curioso: las siglas WEST significan «Tungsten Environment in Steady-state Tokamak», o sea que el propio nombre del reactor francés rinde homenaje al tungsteno (W en la tabla periódica).
Ambos reactores son piezas clave en el rompecabezas de la fusión. KSTAR aporta conocimiento sobre el comportamiento del plasma a temperaturas extremas, mientras que WEST prueba la viabilidad de los materiales y las operaciones de larga duración.
La combinación de ambos está allanando el camino para el gigante ITER, el reactor internacional que se construye en el sur de Francia y que aspira a ser el primero en producir más energía de la que consume. Sus números marean: alcanzará los 150 millones de grados, diez veces el calor del núcleo del Sol.
Eso sí, ITER es famoso por sus retrasos. Según el calendario revisado en 2024 (lastrado por la pandemia, problemas de calidad y una planificación demasiado optimista), no arrancará su operación científica hasta 2034, y la fase con combustible real de deuterio-tritio no llegará hasta 2039. El ajuste se ha llevado por delante unos 5.000 millones de euros adicionales.
Mientras tanto, los datos de KSTAR y WEST se están usando directamente para diseñar su funcionamiento. De hecho, el propio ITER ha seguido el mismo camino que los coreanos: ha sustituido el berilio por tungsteno en la pared que da la cara al plasma, precisamente por su mayor resistencia al calor.
Y, por supuesto, no podemos olvidar el proyecto más cercano a nosotros: el tokamak SMART (SMall Aspect Ratio Tokamak) de la Universidad de Sevilla, que generó su primer plasma en enero de 2025.
Es el primer reactor del mundo diseñado específicamente para explorar una configuración de plasma llamada triangularidad negativa. Los investigadores de la Universidad de Sevilla, en colaboración con el Princeton Plasma Physics Laboratory (PPPL) de EE.UU., creen que esta configuración puede suprimir las inestabilidades que expulsan partículas y energía del plasma, protegiendo las paredes del reactor y mejorando el confinamiento.
El SMART tiene además otra particularidad: es un tokamak esférico, con una forma más parecida a una manzana que al clásico dónut, lo que permite generar campos magnéticos más intensos gastando menos energía. Liderado por el físico Manuel García Muñoz, el proyecto acaba de recibir un fuerte respaldo: la Junta de Andalucía aprobó a finales de 2025 una inyección de ocho millones de euros para financiar su segunda fase.
El gran desafío que aún queda pendiente: 300 segundos y el salto a la red
A pesar de los avances, los científicos son cautos. KSTAR no genera electricidad: es un dispositivo experimental diseñado para probar tecnologías.
El verdadero objetivo es llegar a los 300 segundos de plasma estable a 100 millones de grados, una meta que el equipo coreano se ha fijado para 2026. Si lo consiguen, sería un paso de gigante, porque 300 segundos (cinco minutos) ya empieza a ser un tiempo útil para pensar en escalar la tecnología.
Pero incluso así, la fusión comercial sigue estando lejos. El desafío principal no es solo mantener el plasma, sino hacer que el reactor genere más energía de la que consume. Hasta ahora, ningún tokamak ha conseguido esa «ignición». Los científicos estiman que aún quedan décadas de trabajo por delante.
Lo que sí está claro es que la fusión nuclear ya no es una quimera de laboratorio. Los récords se suceden, los materiales mejoran y los tiempos de confinamiento se alargan.
Puede que tus hijos o nietos vean una central de fusión en funcionamiento. Y cuando eso ocurra, habrá que recordar que el sol artificial de Corea del Sur fue uno de los primeros en demostrar que era posible.













