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La industria del automóvil está matando el placer de conducir y nadie se atreve a decirlo aunque se están pegando un tiro en el pie

La industria del automóvil está matando el placer de conducir y nadie se atreve a decirlo aunque se están pegando un tiro en el pie

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Por: Luis Reyes

Publicado: 31.07.2026 11:00

Hay un momento, al volante de ciertos coches, en el que el asfalto -aunque tal y como están algunas carreteras esto igual ya no es tan agradable- en las manos. Sientes cómo el peso se traslada de una rueda a otra en cada curva. El motor te avisa, con su sonido y sus vibraciones, de cuánto le estás pidiendo. Es un diálogo constante entre tú y la máquina.

Y luego subes a un coche moderno. Silencioso, suave, eficiente. Perfecto pero mudo. Giras el volante y algo lo hace por ti, sin apenas transmitirte lo que ocurre bajo los neumáticos. Aceleras y un sonido sintetizado simula una emoción que el propio motor ya no produce. Conduces, sí. Pero no sientes que conduzcas. Sientes que supervisas.

Llevo años probando coches, y esa desconexión ya no es una excepción. Es la norma. Y creo que ha llegado el momento de decirlo con claridad: la industria está sacrificando el placer de conducir, y lo hace casi en silencio, como si nadie fuera a darse cuenta y en realidad se están pegando un tiro en el pie.

Qué se está perdiendo

No es nostalgia de aficionado. Son decisiones técnicas concretas, repetidas modelo tras modelo.

El peso, para empezar. Los coches actuales pesan cientos de kilos más que hace una década, por el equipamiento, la estructura reforzada y, en los eléctricos, por las baterías. Y el peso es el enemigo natural del dinamismo. Sin ir más lejos hace unos días os hablé del nuevo buque insignia de BYD que equipaba una batería de más de 100 kWh LFP que pesaba más de 700 kg de peso.

Luego está la dirección eléctrica, cada vez más filtrada y «perfecta» en el sentido equivocado. Gira sin esfuerzo, pero también sin apenas información. Antes te contaba lo que hacían las ruedas delanteras. Ahora te lo filtra tanto que no sabes si estás conduciendo o jugando a un videojuego.

El sonido, otro capítulo de los tristes. Los motores silenciados hasta la extenuación y en muchos casos compensados con efectos artificiales por los altavoces con más un simulacro de emoción que una fábrica de emociones.

Las suspensiones se ajustan casi siempre para el confort, priorizando absorber baches antes que comunicar el estado de la carretera. Y encima llegan los asistentes, avisos, correcciones automáticas del volante, frenadas que se activan cuando no deberían. Útiles, sin duda, pero que en su afán de protegernos también nos apartan del acto de conducir. Nos convierten en pasajeros, vigilantes de nuestro propio coche.

Por qué ocurre

No es que los ingenieros hayan perdido el gusto por hacer coches divertidos. Es que están atados por factores que poco tienen que ver con el placer de conducir.

Las normativas de emisiones obligan a reducir cilindradas, añadir turbos y filtros, optimizando cada aspecto en función del consumo homologado, no de la sensación de conducción. Las normativas de seguridad exigen estructuras más robustas y sistemas de asistencia obligatorios. Todo eso suma peso y complejidad.

En los eléctricos la ecuación se complica más: una batería grande garantiza la máxima autonomía, pero añade cientos de kilos que hay que gestionar con suspensiones más duras o electrónica que disimule las inercias. La industria vive, además, obsesionada con las cifras de consumo y con los test de homologación. Todo se diseña para superar un examen normativo, no para emocionar a quien va a conducir cada día.

No todo está perdido

Conviene ser justos. Todavía existen coches que se resisten a esta tendencia. El Mazda MX-5 sigue siendo, generación tras generación, un ejercicio de pureza mecánica asequible. Alpine ha construido su identidad entera sobre la ligereza y la comunicación con el conductor. Porsche, pese a su electrificación progresiva, mantiene modelos donde el placer sigue siendo el argumento central. Y hay pequeños fabricantes, casi artesanales, que siguen apostando por coches ligeros.

Son la prueba de que el problema no es técnicamente insalvable. Es, sobre todo, una cuestión de prioridades.

Lo que nos jugamos

Si el placer de conducir desaparece del todo, desaparece también buena parte del motivo por el que alguien se enamora de un coche, más allá de la necesidad práctica.

Las nuevas generaciones ya muestran síntomas de ese desapego. Muchos jóvenes no ven el carné como un símbolo de libertad, sino como un trámite más. Si conducir no ofrece nada distinto a moverse en transporte público, salvo comodidad y coste, ¿por qué iba a interesarles?

La industria no compite solo con otras marcas. Compite con el metro, con las apps de movilidad, con la sensación de que un coche es, simplemente, una herramienta más. Y las herramientas no generan pasión.

Como puedes ver, el placer de conducir no es un capricho. Es el último y verdadero diferencial que le queda a esta industria frente a cualquier otra forma de moverse. Y lo estamos tirando por la borda, decisión técnica tras decisión técnica, normativa tras normativa en nombre de la eficiencia.

Puede que estemos fabricando los coches más seguros y eficientes de la historia de la automoción. Pero si seguimos así, dentro de unos años tendremos que preguntarnos por qué cada vez menos gente quiere sentarse detrás de un volante. Y la respuesta, me temo, ya la conocemos.

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