Hay un campo de colza en algún lugar de Europa que este otoño tiene un destino distinto al de siempre. Su aceite, ese líquido amarillo que durante años se ha convertido en biodiésel y ha acabado en el depósito de un camión o de un autobús, ahora va a transformarse en algo diferente. En plástico. En detergente. En lubricante para un molino de viento. La planta de Verbio en Bitterfeld-Wolfen, en el este de Alemania, ha empezado a funcionar, y con ella, una tecnología que hasta ahora solo existía en papers académicos y en la mente de unos cuantos químicos visionarios ha dado el salto a la escala industrial.
La empresa ha invertido cerca de 100 millones de euros en esta instalación, la primera del mundo que utiliza etenólisis a escala comercial para convertir éster metílico de colza en productos químicos renovables. Etenólisis. Una palabra que suena a laboratorio, pero que esconde una historia fascinante. Es una forma de metátesis de olefinas, la misma reacción por la que tres científicos —Yves Chauvin, Robert H. Grubbs y Richard R. Schrock— recibieron el Premio Nobel de Química en 2005. Durante dos décadas, esa química ha sido una herramienta de laboratorio. Ahora, por primera vez, se aplica en una planta industrial que produce 60.000 toneladas al año de moléculas renovables.
El consejero delegado de Verbio, Claus Sauter, lo resumió con una frase que habla de negocios pero también de algo más: «Con esta nueva planta complementamos nuestra biorrefinería con una etapa más en la cadena de valor, sobre una base de materia prima ya establecida» . La materia prima es el éster metílico de colza, que Verbio ya produce en grandes cantidades para biodiésel. La etapa nueva es la etenólisis. El resultado son dos moléculas: 1-deceno y 9-DAME.
Dos moléculas que salen del mismo tubo
La planta de Bitterfeld-Wolfen tiene una capacidad nominal de 32.000 toneladas al año de 9-DAME y 17.000 toneladas al año de 1-deceno, que suman las 60.000 toneladas totales. Son dos productos con personalidades muy distintas, pero que nacen del mismo proceso.
El 1-deceno es una molécula que ya existe en el mercado. Se produce hoy en grandes plantas petroquímicas a partir del petróleo, y se utiliza como materia prima para lubricantes sintéticos de alto rendimiento, esos que llevan los motores modernos, las transmisiones y los engranajes de los aerogeneradores. La versión de Verbio es químicamente idéntica, pero su carbono no viene del subsuelo, sino de una planta. Es la misma molécula con una historia distinta.
El 9-DAME, en cambio, es nuevo. «Un nuevo Plattformmolekül (molécula plataforma) que en esta forma no estaba disponible hasta ahora en el mercado», explica Verbio en su podcast corporativo . Se puede usar para fabricar detergentes y productos de limpieza, y como materia prima para bioplásticos. Según la empresa, puede sustituir a los actuales insumos basados en aceite de palmiste, evitando la dependencia de aceites tropicales importados .
El proceso es tan específico que no funciona como una refinería convencional. «Sin disolventes, a temperaturas relativamente suaves y presión moderada», describen desde la compañía . Los catalizadores, desarrollados por XiMo, la filial húngara de Verbio, hacen posible esa selectividad. No es química de fuerza bruta; es química de precisión.
La química que ganó un Nobel y ahora mueve camiones
Richard Schrock, uno de los tres premios Nobel de 2005, estuvo presente en la inauguración. Y sus palabras, recogidas por los medios alemanes, tienen el peso de alguien que lleva décadas esperando este momento: «Es realmente especial ver hoy cómo nuestra investigación se está poniendo en práctica industrial. El hecho de que la metátesis de olefinas se esté utilizando ahora a esta escala es un momento conmovedor para mí» .
No es para menos. La metátesis de olefinas es una reacción que permite cortar y recomponer moléculas de carbono de forma controlada. En el laboratorio, es una herramienta elegante. En una planta industrial, es otra cosa. Requiere catalizadores que funcionen durante meses sin degradarse, condiciones de operación estables, y una economía que cuadre. Verbio dice que lo ha conseguido. Y el hecho de que el propio Schrock estuviera allí sugiere que no es solo marketing.
La planta ha creado alrededor de 50 empleos nuevos, elevando la plantilla de Verbio en Bitterfeld a unas 130 personas . No es una cifra revolucionaria, pero en una región del este de Alemania que lleva décadas buscando reinventarse tras el cierre de su industria química tradicional, cada puesto cuenta.
Por qué esto importa más allá de una planta
La industria química europea está en apuros. Los costes de producción son altos, la competencia internacional es feroz, y la presión para descarbonizarse es cada vez mayor . El sector necesita carbono, y hoy ese carbono viene mayoritariamente del petróleo. La pregunta que nadie sabía responder era de dónde iba a salir el carbono del futuro.
Michael Carus, del nova-Institute, lo planteó sin rodeos en la inauguración: «A largo plazo, Europa no podrá competir con otras regiones del mundo sobre la base de materias primas fósiles baratas. Nuestra oportunidad está en crear nuevo valor aquí, sobre la base del carbono renovable. Es crucial que este tipo de soluciones no se queden en escala piloto, sino que se escalen a producción industrial. La planta de Bitterfeld demuestra el potencial de las materias primas biobasadas para una producción química competitiva y más resiliente en Europa».
Ese es el argumento. No se trata solo de sostenibilidad, sino de soberanía industrial. Procesar colza europea, en una planta europea, con tecnología europea, para fabricar productos químicos que hoy se importan o se producen a partir de petróleo importado. La lógica es tan simple como poderosa.
La ministra alemana de Investigación, Dorothee Bär, fue más allá en su intervención: «Saber lo que nadie sabe todavía. Y luego hacer lo que nadie está haciendo. Verbio demuestra cómo se hace esto… Sus lubricantes, plásticos y detergentes no están fabricados con petróleo crudo, sino con biomasa como la colza. Vaya, qué sensación» .
Lo que aún falta por demostrar
La planta está en marcha, pero no a pleno rendimiento. Verbio ha sido clara: la producción se incrementará gradualmente a medida que los clientes cualifiquen los productos para sus aplicaciones específicas. Eso significa que el 9-DAME, al ser una molécula nueva, tiene que pasar por los procesos de homologación de cada fabricante de detergentes, de cada productor de plásticos. No es inmediato.
El 1-deceno, al ser una molécula ya conocida, debería tener un camino más rápido. Pero incluso ahí, los clientes necesitan verificar que el producto biobasado cumple las mismas especificaciones que el petroquímico. Verbio dice que ya ha recibido consultas de clientes en Europa, América del Norte y del Sur, y Asia. El interés existe. La conversión a pedidos firmes es el siguiente paso.
También queda por ver la economía real. La planta ha costado casi 100 millones de euros. El precio del biodiésel, la materia prima, fluctúa. El precio del petróleo, el competidor, también. La ventaja competitiva de Verbio depende de que los clientes estén dispuestos a pagar una prima por moléculas renovables, o de que las regulaciones europeas hagan que el carbono fósil sea más caro. Ninguna de las dos cosas está garantizada.
Y hay una pregunta de escala. 60.000 toneladas al año es una gota en el océano de la química europea, que produce millones de toneladas de productos. Si esta tecnología funciona, Verbio podría replicarla en otras plantas. Pero eso requiere inversión, tiempo y demanda. La planta de Bitterfeld es una prueba de concepto a escala industrial. La prueba de mercado está por escribir.













