En Odense, la ciudad danesa donde nació Hans Christian Andersen, hay una red invisible de agua caliente que corre bajo las calles y entra en las casas. No viene de una caldera de gas ni de una planta de carbón. Viene de un edificio lleno de servidores que pasan el día calculando. Un centro de datos de Meta que, hasta hace poco, habría expulsado ese calor al aire sin pensarlo dos veces. Ahora lo regala.
La historia es sencilla y revolucionaria a la vez. Los centros de datos son, por su propia naturaleza, máquinas que producen calor. Miles de chips trabajando a la vez, consumiendo electricidad, generando energía térmica que hay que disipar. Alrededor del 40% del consumo energético de un centro de datos se destina solo a mantener los servidores fríos. Y casi toda esa electricidad termina convertida en calor de baja temperatura, templado, inservible para calentar una casa por sí solo. Durante años, la industria ha gastado fortunas en sistemas de refrigeración para deshacerse de él. Lo han tratado como un problema.
En Odense, alguien decidió mirarlo de otra manera. El centro de datos de Meta, que opera desde 2019, está conectado a la red de calefacción urbana de la ciudad. El agua de la red pasa por los intercambiadores de calor del centro de datos, absorbe esa energía templada que desprenden los servidores, y luego viaja hasta una central energética cercana. Allí, una batería de bombas de calor de amoníaco eleva la temperatura hasta los 70-75 °C, lo suficiente para alimentar los radiadores de las viviendas. El resultado: aproximadamente 45 MW de calor entrando directamente a la red de Odense, y unos 165.000 MWh al año que calientan a 11.000 hogares.
El calor que sobra: por qué los centros de datos son una mina térmica
Para entender la magnitud de lo que ocurre en Odense, hay que pensar en lo que un centro de datos hace realmente. Cada búsqueda, cada mensaje, cada consulta a una inteligencia artificial, se traduce en electricidad que recorre miles de chips. Esa electricidad no desaparece. Se transforma. Se convierte en calor. Y el calor, si no se gestiona, se acumula y puede dañar los equipos.
La paradoja es que ese calor, aunque sea de baja temperatura, no es inútil. Solo necesita un empujón. Y ese empujón lo dan las bombas de calor. La especialista en energía de Meta, Lauren Edelman, lo explicó con claridad: «Las bombas de calor no son un invento nuevo, ni tampoco los serpentines para capturar calor. Lo que es nuevo e innovador es la combinación de ambos a gran escala» .
El sistema de Odense funciona con energía eólica en su totalidad. Todo el proceso, desde el funcionamiento de los servidores hasta la entrega del calor a los hogares, se alimenta con electricidad renovable. Es una simbiosis casi perfecta: la nube, que consume energía, devuelve una parte de ella a la comunidad en forma de calor. La ciudad reduce su dependencia del carbón, que Fjernvarme Fyn, la empresa de calefacción local, quiere eliminar por completo. Los hogares pagan menos. Y el centro de datos resuelve su problema de refrigeración sin gastar una fortuna en sistemas de disipación.
Lo que hace único a Odense: la infraestructura que ya estaba allí
El proyecto de Odense no es fácil de replicar, y quienes lo han diseñado lo saben. La tecnología de bombas de calor y los intercambiadores están disponibles comercialmente. Lo que es raro es lo que hay bajo tierra: una red de calefacción urbana lo suficientemente grande y cercana como para absorber todo el calor que produce un centro de datos de ese tamaño.
Jan Stromvig, director general de Fjernvarme Fyn, lo expresó sin rodeos: «Nuestro proyecto es relativamente único porque contamos con una red de distribución muy grande. Y Meta ha ubicado el centro de datos completamente dentro de nuestra red de distribución, por lo que podemos utilizar la energía de manera muy, muy eficiente». El calor no se transporta bien a largas distancias. Si el centro de datos está lejos de los hogares, el calor se pierde por el camino antes de llegar a los radiadores. Por eso la proximidad lo es todo.
La cifra de hogares calentados ha ido creciendo con el tiempo. Meta empezó hablando de 6.900 hogares y 100.000 MWh anuales. Tras una ampliación del sistema, la cifra llegó a 165.000 MWh y 11.000 hogares. Ramboll, la ingeniería que diseñó el sistema, menciona 12.000 hogares en algunos de sus documentos. Las cifras varían según la fuente y el momento del proyecto, pero la tendencia es clara: cuanto más crece el centro de datos, más calor se recupera, y más hogares se benefician.
No todo el mundo lo hace: por qué Dinamarca es la excepción
Si el sistema funciona tan bien, ¿por qué no se replica en todas partes? La respuesta es una mezcla de economía, legislación y geografía. En Dinamarca, solo cuatro de cada cincuenta centros de datos utilizan su calor residual, según datos de la Agencia de Energía danesa . Henrik Hansen, director de la asociación industrial de centros de datos, admite que «ha resultado más difícil de lo que la mayoría imaginaba».
El obstáculo principal ha sido económico. Durante años, el calor residual estuvo sujeto a un impuesto y a un precio máximo que hacían que venderlo fuera un mal negocio. Solo tras un cambio legislativo en 2022, que eliminó el impuesto para las empresas certificadas, el modelo empezó a ser viable. Aun así, no todos los centros de datos están cerca de una red de calefacción urbana. Y no todas las ciudades tienen una red lo suficientemente grande como para absorber el calor de un centro de datos a hiperescala.
La propia Comisión Europea ha empezado a presionar en esta dirección. Sugiere que todos los centros de datos de más de 1 MW realicen un análisis de coste-beneficio para evaluar si su calor residual puede utilizarse en la calefacción urbana. Y según la Danish Data Centre Industry, el 63% de los centros de datos daneses planean reutilizar su calor en el corto plazo. El futuro, al menos en Dinamarca, parece apuntar hacia un modelo donde los centros de datos dejan de ser agujeros negros energéticos para convertirse en nodos de una red más inteligente y circular.
Una lección para el resto del mundo
Lo que ocurre en Odense no es magia. Es ingeniería, planificación y voluntad política. Es la decisión de tratar el calor residual no como un estorbo, sino como un recurso. Es la constatación de que la economía digital y el bienestar de las comunidades no tienen por qué estar reñidos. Los centros de datos de la inteligencia artificial consumen cantidades ingentes de electricidad, y lo seguirán haciendo. Pero si una parte de esa energía vuelve a las casas en forma de calor, el balance cambia.
En Helsinki, proyectos similares ya funcionan. En Ballerup, otro centro de datos danés calentará 8.000 hogares a partir de 2028. La Unión Europea mira con interés. Y en Odense, mientras tanto, los servidores de Meta siguen trabajando, generando calor, y el agua caliente sigue corriendo bajo las calles, entrando en las casas, calentando las manos de la gente. Es una historia pequeña y silenciosa, pero tiene algo de profético. La nube, al fin y al cabo, también puede ser terrenal.













