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16,2% de eficiencia, sin plomo y resistente al agua: la perovskita de estaño que sobrevive 1.600 horas con solo un 5% de pérdida

16,2% de eficiencia, sin plomo y resistente al agua: la perovskita de estaño que sobrevive 1.600 horas con solo un 5% de pérdida

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 10.09.2026 10:20

Hay materiales que parecen tenerlo todo para cambiar el mundo, pero que se deshacen en cuanto salen del laboratorio. La perovskita de estaño es uno de ellos. Promete células solares tan eficientes como las de silicio, pero sin el plomo tóxico que contamina las versiones convencionales. El problema es que, durante años, este material se degradaba en cuestión de horas al contacto con el aire. Era como tener un coche de carreras que solo funciona dentro del garaje: impresionante sobre el papel, inútil en la carretera.

Christopher Triggs debió de mirar aquel vaso de agua con cierta incredulidad. Dentro, una lámina finísima de perovskita de estaño llevaba días sumergida. Y seguía ahí. Intacta. Sin disolverse, sin deshacerse, sin ese color turbio que delata a un material que se rinde. En su laboratorio de Madison, Wisconsin, llevaban años lidiando con la misma frustración: la perovskita de estaño prometía un sol sin plomo, un sol limpio de verdad, pero se moría al primer soplo de aire húmedo. Bastaban unas horas para que empezara a oxidarse. Como un papel que se moja. Como una fotografía al sol.

Aquel vaso de agua era la primera vez que veían lo contrario.

La perovskita es un material híbrido: combina componentes orgánicos e inorgánicos en una estructura cristalina que atrapa la luz solar y la convierte en electricidad. En las versiones con estaño, el problema siempre fue la oxidación.El equipo de Wisconsin-Madison abordó el problema desde un ángulo poco explorado: en lugar de intentar proteger el material desde fuera, lo modificaron desde dentro.

La historia tiene un detalle que me gusta especialmente: no hicieron nada espectacular. No inventaron un material nuevo, ni construyeron una máquina revolucionaria. Cambiaron un átomo. Un solo átomo. Donde antes había flúor, pusieron cloro en la molécula orgánica que sostiene la estructura del cristal. Y con ese pequeño trueque, los cristales se apretaron entre sí de una forma distinta, más compacta, como ladrillos bien colocados en lugar de ladrillos amontonados. El aire ya no encontraba hueco por donde entrar. La humedad se quedaba fuera. El material, por fin, respiraba sin romperse.

1.600 horas sin que se le note el cansancio

Después vinieron las medidas. Y las medidas, esta vez, acompañaron a la intuición. La célula solar construida con esta perovskita clorada alcanzó un 16,2% de eficiencia, una cifra que se coloca entre las más altas que se han logrado con estaño. Pero lo que de verdad impresiona no es el pico de rendimiento, sino cómo se comporta con el tiempo. Después de 1.600 horas expuesta al aire seco, seguía conservando más del 95% de su capacidad inicial. Y en una prueba aún más dura —mil horas funcionando sin parar bajo una luz que simulaba el sol, a 55 grados de temperatura—, todavía mantenía el 80%.

Puestos a comparar: una célula de perovskita de estaño convencional suele dar señales de agotamiento en cuestión de horas o días. Esta aguanta meses.

Estos resultados sitúan a la perovskita de estaño de Wisconsin-Madison entre las más estables jamás reportadas. «Esto nos da una nueva estrategia de diseño para hacer células solares de perovskita de estaño que sean a la vez eficientes y mucho más robustas», afirma Kai Zhu, investigador del Laboratorio Nacional de las Rocosas que participó en el estudio.

Por qué el plomo era el problema incómodo

Durante mucho tiempo, la perovskita más eficiente ha llevado plomo. Y el plomo, ya se sabe, es tóxico. En una célula pequeña de laboratorio no pasa nada. Pero cuando uno imagina millones de paneles repartidos por tejados, escuelas, hospitales y campos de cultivo, la pregunta incómoda aparece sola: ¿y si se rompen? ¿Y si llueve? ¿Y si alguien tiene que desmontarlos dentro de treinta años?

El estaño resolvía esa angustia. Es abundante, no es tóxico, y sus propiedades para captar luz son buenas. El único problema era que se oxidaba con una facilidad desesperante. Ahora ese problema empieza a tener solución. El grupo de Madison ha demostrado que se puede tener estaño, eficiencia y estabilidad en la misma célula. Y en Berlín, otro equipo del Helmholtz-Zentrum ha comprobado algo que refuerza la idea: las perovskitas de estaño tienen hasta diez veces menos iones móviles que las de plomo, lo que las hace, de raíz, más tranquilas, más estables. Menos propensas a moverse donde no deben.

Lo que falta, y no conviene disimular

El estudio de Wisconsin-Madison es un avance serio, pero es un avance de laboratorio. La célula mide centímetros. Una célula comercial mide mucho más, y el reto de mantener la estabilidad cuando el tamaño crece no es trivial. Además, el estaño sigue siendo un material delicado. La humedad relativa alta, los ciclos de temperatura, el polvo, los años de uso real: todo eso aún no se ha probado. Y hay otro detalle que no aparece en los titulares: las perovskitas de estaño, incluso las buenas, siguen teniendo eficiencias inferiores a las de silicio comercial, que ya ronda el 22-24% en paneles reales.

O sea: la perovskita de estaño no va a sustituir al silicio mañana. Pero puede hacer algo quizá más interesante. Puede apilarse encima del silicio en células tándem, aprovechando distintas partes del espectro solar, y ahí es donde algunos grupos ya superan el 28%. En ese escenario, el estaño no compite: complementa. Y lo hace sin plomo.

Una idea sencilla para un problema enorme

Me quedo con la frase de Song Jin, el investigador principal: querían proteger el material sin quitarle lo que lo hace atractivo. Esa es, en el fondo, la tensión de toda la transición energética. Queremos energía limpia, pero también barata. Queremos paneles que duren, pero que no cuesten una fortuna. Queremos innovación, pero sin convertir cada tejado en un problema ambiental futuro.

La perovskita de estaño con cloro no resuelve todo eso de golpe. Pero enseña una lección valiosa: a veces la sostenibilidad no viene de añadir capas de tecnología, sino de entender mejor el material que ya tenemos delante. Un átomo distinto. Un cristal más apretado. Un vaso de agua donde antes había miedo.

Si eso se confirma a escala industrial, dentro de unos años quizá miremos las ventanas y los tejados sin pensar en nada especial. Y precisamente por eso habrá valido la pena.

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