Hay comunidades en el norte de Canadá donde la electricidad no sale de un enchufe cualquiera. Sale de un generador diésel que zumba día y noche, que hay que repostar con camiones que recorren cientos de kilómetros por carreteras heladas, y que contamina el aire que respiran familias enteras. Para esas comunidades, la energía no es un servicio abstracto: es una logística frágil, cara y vulnerable a cualquier interrupción. Y no son cuatro aldeas perdidas. Son cientos de poblaciones aisladas que, todavía en 2026, dependen del combustible fósil más sucio que existe.
Un proyecto canadiense quiere cambiar eso con una idea que suena a ciencia ficción pero que ya tiene nombre, socios y un emplazamiento concreto. Se llama Prodigy Clean Energy, y su propuesta es construir una central nuclear completa en un astillero, cargarla en un barco, llevarla flotando hasta la costa, anclarla al terreno, ponerle el combustible y encenderla. Cuando termine su vida útil, se retira igual: se desconecta, se sube al barco y se lleva a desmantelar en otro lugar.
La central piloto se instalará en Belledune, Nuevo Brunswick, y tendrá hasta 50 megavatios de potencia, suficiente para alimentar a unas 40.000 viviendas. No es un reactor experimental de laboratorio. Es un intento serio de demostrar que la energía nuclear puede ser transportable, rápida de instalar y compatible con una gobernanza comunitaria. Y lo más notable: las comunidades indígenas de Pabineau y Eel River Bar serán las propietarias de la planta, no solo consultadas o beneficiarias de empleos.
18 meses desde el astillero hasta la costa
Lo que hace único al proyecto de Prodigy no es solo el reactor. Es la logística. La empresa ha diseñado una plataforma que llaman TNPP, Transportable Nuclear Power Plant. La planta se fabrica íntegramente en un astillero, en un entorno industrial controlado, con los mismos estándares con los que se construye un buque de carga. Una vez terminada, un barco de gran tonelaje la transporta en seco hasta el puerto elegido. Los operarios la fijan al terreno en un recinto protegido y solo entonces se carga el combustible y se pone en marcha .
El plazo que maneja Prodigy es de aproximadamente 18 meses desde que la plataforma sale del astillero hasta que está operativa. Para una central nuclear convencional, que puede tardar una década en pasar de la idea a la primera electricidad, eso es un cambio de escala. Y no se trata solo de velocidad. Al construirse en fábrica, se eliminan muchos de los riesgos de una obra en terreno remoto: la logística imposible, los inviernos largos, la falta de mano de obra especializada en el sitio. La planta llega montada, probada y lista para funcionar.
La plataforma es lo que Prodigy llama “reactor-agnóstica”. Es decir, el diseño no está atado a una tecnología nuclear concreta. Puede integrar desde un microreactor de un megavatio hasta un reactor modular de mayor tamaño, dependiendo de las necesidades del cliente . Esa flexibilidad es clave para escalar el modelo a distintos mercados: comunidades árticas, minas remotas, bases militares, puertos del norte.
Una decisión de inversión en 18 meses, pero el reactor aún no está elegido
Aquí conviene frenar el entusiasmo y mirar los plazos con honestidad. El proyecto tiene una hoja de ruta clara, pero está llena de pasos que aún no se han dado. El consorcio formado por Prodigy, las dos Primeras Naciones y el gobierno de Nuevo Brunswick ha firmado un acuerdo inicial y una carta de intención para comprar la electricidad. Eso no es un contrato en firme. Es una declaración de intenciones.
El objetivo inmediato es alcanzar una Decisión Final de Inversión en un plazo de 18 meses. Es decir, que dentro de año y medio el proyecto tenga el dinero asegurado, el emplazamiento elegido y la tecnología de reactor seleccionada. Porque sí: el reactor aún no está decidido. La fecha límite que se han puesto para elegir el modelo es 2032, y ese reactor tendrá que estar demostrado y listo para generar electricidad comercial en ese momento. Si no existe un reactor que cumpla esos requisitos, el proyecto no puede avanzar.
La empresa se ha rodeado de socios con experiencia nuclear para no tropezar en el camino regulatorio. BWXT Canada y su filial Kinectrics apoyarán la tramitación de licencias y el desarrollo de la cadena de suministro. La Comisión Canadiense de Seguridad Nuclear exige una evaluación previa del emplazamiento antes de autorizar cualquier trabajo, y ese proceso está en marcha. El consorcio también trabaja con Lloyd’s Register para mapear estándares de fabricación marina y de ciclo de vida que cumplan con los requisitos del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Belledune: el lugar donde el carbón se apaga y algo nuevo empieza
La elección de Belledune no es casual. Allí opera una central térmica de 467 megavatios que quema carbón y que, por mandato federal, debe dejar de hacerlo en 2030. NB Power, la eléctrica provincial, lleva años estudiando cómo reconvertir esa planta. La opción que más ha avanzado es la de sustituir el carbón por pellets de madera avanzados, un combustible que ya se ha probado con éxito en dos ocasiones durante 2024 . De hecho, la decisión final de inversión para esa conversión a biomasa está prevista para febrero de 2026, y la conversión completa debería estar terminada entre 2028 y 2030.
La central nuclear de Prodigy no sustituiría a la térmica. Los 50 megavatios de la TNPP representarían, como máximo, un 10,7% de la capacidad de Belledune . La planta de carbón convertida a biomasa seguiría siendo la principal fuente de electricidad de la región. Lo que ofrece la TNPP es otra cosa: un demostrador. Un lugar donde probar, con infraestructura portuaria ya existente y una fuerza laboral con experiencia nuclear, que el modelo transportable funciona de verdad.
Si el piloto de Belledune sale bien, el plan es desplegar una flota de estas plantas en el norte de Canadá y, eventualmente, exportarlas a otros mercados . El propio CEO de Prodigy, Mathias Trojer, lo ha dicho sin rodeos: “La integración exitosa de microreactores y TNPP en el portafolio energético del Norte y el Ártico de Canadá comienza con demostrar una instalación comercialmente operativa al sur del paralelo 60” .
Propiedad indígena: un modelo que puede replicarse
Uno de los aspectos más singulares del proyecto es su estructura de propiedad. Pabineau y Eel River Bar serían las dueñas de la planta, no solo beneficiarias de empleos o consultadas durante el proceso. El jefe de Pabineau, Terry Richardson, lo ha presentado como un modelo de reconciliación económica y soberanía energética: “Al integrar esta tecnología canadiense de energía limpia de base con la propiedad y la participación económica indígena, esta iniciativa establece un modelo replicable para desplegar infraestructura nuclear transportable en todo Canadá, especialmente en las regiones del Norte y el Ártico, donde la soberanía energética es vital para la prosperidad de la comunidad”.
Las comunidades, sin embargo, no han dado un cheque en blanco. Eel River Bar tiene unos 900 miembros registrados, y sus vecinos han pedido respuestas sobre seguridad, agua, territorio, pesca, caza y recolección. Los responsables comunitarios planean visitar Point Lepreau, la central nuclear de Nuevo Brunswick, y proyectos nucleares de Ontario antes de dar el siguiente paso. La confianza no se compra; se construye.
Lo que aún falta y lo que podría salir mal
El proyecto es ambicioso, pero no está exento de riesgos. El primero es el del reactor. Elegir una tecnología que no esté lista a tiempo, o que no cumpla con los estándares de seguridad canadienses, podría retrasar todo el calendario. El segundo es el regulatorio. La Comisión Canadiense de Seguridad Nuclear es rigurosa, y aunque el proyecto cuenta con el apoyo del gobierno federal para tramitarse como “iniciativa transformadora nacional” dentro de la Oficina de Grandes Proyectos de Canadá, eso no garantiza una licencia. El tercero es el económico. El coste de la primera planta de este tipo será alto, y aunque Prodigy argumenta que el modelo de fabricación en astillero reduce el CAPEX al eliminar riesgos de construcción en sitio, no hay cifras públicas que lo confirmen.
Y luego está la cuestión política. El proyecto de Prodigy encaja en la nueva Estrategia Nuclear Nacional de Canadá, presentada en junio de 2026, que busca construir hasta 10 reactores a gran escala y desplegar microreactores en comunidades remotas para finales de la década de 2030. Pero las estrategias cambian con los gobiernos. El compromiso de Nuevo Brunswick con el proyecto es firme, pero la financiación federal aún no está asegurada.
Lo que sí está claro es que el modelo de Belledune, si funciona, podría transformar la forma en que las comunidades remotas acceden a la energía. No se trata solo de sustituir el diésel por uranio. Se trata de un cambio de paradigma: la energía deja de ser algo que hay que traer y pasa a ser algo que llega por barco, se instala en meses y se va sin dejar rastro. Para las comunidades del norte de Canadá, que llevan décadas esperando una solución que no llegue nunca, eso podría ser el principio de algo completamente distinto.













