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Calentar casas con agua de mar a temperatura casi helada: la empresa Kredsløb inaugura en Aarhus seis bombas de calor con COP de hasta 3,5, capaces de dar calefacción a 1.900 viviendas y refrigerar edificios comerciales en verano

Calentar casas con agua de mar a temperatura casi helada: la empresa Kredsløb inaugura en Aarhus seis bombas de calor con COP de hasta 3,5, capaces de dar calefacción a 1.900 viviendas y refrigerar edificios comerciales en verano

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 17.10.2026 13:00

Piensa en el agua del mar en enero. En Dinamarca. A dos grados, quizá menos. El agua más fría que puedas imaginar, esa que te corta la respiración si te metes un pie. Pues esa agua, precisamente esa, es la que ahora calienta mil novecientas viviendas en la ciudad de Aarhus. No hay magia. Hay física. Y hay una empresa, Kredsløb, que ha decidido que el calor que parece no existir también cuenta. Porque incluso el agua a dos grados contiene energía térmica. Solo hay que saber extraerla.

El 10 de septiembre de 2026, Kredsløb inauguró seis grandes bombas de calor marinas en el distrito portuario de Aarhus Ø. Se llaman así porque su fuente de energía es el agua de la bahía, que captan a razón de hasta 1,2 millones de litros por hora cuando trabajan a plena capacidad. Esa agua no entra en las casas. No sale por los grifos ni circula por los radiadores. Su único trabajo es ceder su energía térmica a un circuito cerrado, que después se transforma en agua caliente a 70 grados y se distribuye por la red de calefacción urbana de la ciudad.

Lo más llamativo es el rendimiento. Según la empresa, las bombas pueden entregar hasta 3,5 unidades de calor por cada unidad de electricidad consumida. Es decir, con un kilovatio de electricidad, producen tres kilovatios y medio de calor. Los otros dos y medio vienen del mar. No de una caldera, no de una llama, no de pellets de madera. Del agua fría. De un recurso que está ahí, al lado de la ciudad, y que nadie había aprovechado hasta ahora a esta escala.

Cómo se calienta una casa con agua casi helada

Para entender cómo funciona, hay que olvidarse de la idea de que el calor solo sale del fuego. Una bomba de calor no genera calor. Lo mueve. Es como una carretilla: no produce la piedra que transporta, pero la lleva de un sitio a otro con mucho menos esfuerzo del que costaría levantarla a mano.

El proceso tiene cuatro pasos. Primero, la captación. El agua de la bahía se toma a través de un sistema conectado al puerto. No se consume: después de ceder su energía, vuelve al mar por un conducto de descarga. Segundo, la extracción. En el interior de la instalación, un fluido de trabajo absorbe calor del agua marina a baja temperatura, se evapora, y después un compresor eleva su presión y su temperatura. Tercero, la entrega. Ese calor se transfiere al circuito de calefacción urbana, que alcanza unos 70 grados, suficiente para radiadores y agua caliente sanitaria. Cuarto, el retorno. El agua de mar, ya sin su energía, regresa a la bahía. Y el ciclo vuelve a empezar.

La clave está en que la electricidad no se convierte en calor directamente, como ocurre con una resistencia eléctrica. La electricidad se usa para accionar el compresor, que es el que mueve el calor de un sitio a otro. El resto lo pone el mar. Por eso el rendimiento es mayor que uno: porque la mayor parte de la energía térmica no viene de la electricidad, sino de la fuente ambiental.

En verano también sirven, pero al revés

Hay un detalle que a menudo se pasa por alto en los sistemas de calefacción urbana. No solo sirven para calentar. También pueden servir para enfriar. Durante los meses cálidos, las bombas de calor de Aarhus pueden invertir su ciclo y extraer calor de edificios comerciales que necesitan refrigeración. Ese calor recuperado no se tira: se inyecta en la red de calefacción, donde puede aprovecharse para otras necesidades.

Es una simbiosis interesante. Los edificios de oficinas, los centros comerciales, los hoteles, todos generan calor en verano porque tienen que enfriar sus interiores. Ese calor residual suele expulsarse a la atmósfera con torres de refrigeración. En Aarhus, una parte de ese calor se captura y se reutiliza. Lo que en un sistema convencional es un residuo, aquí es un recurso.

Esa combinación de calefacción y refrigeración es especialmente valiosa en ciudades donde conviven edificios residenciales, oficinas y comercios con necesidades térmicas distintas y complementarias. Lo que uno tira, el otro lo aprovecha.

Dinamarca quiere dejar de quemar pellets de madera

La inauguración de las seis bombas de Aarhus Ø es la primera fase de un proyecto mucho más amplio. Kredsløb prevé añadir ocho bombas más a partir de 2028, en el entorno del antiguo complejo energético de Aarhusværket. Cuando estén las catorce unidades en funcionamiento, la producción anual prevista será equivalente a las necesidades de calefacción de unas 5.000 viviendas . El conjunto forma parte de un plan municipal llamado Fremtidens Fjernvarme —la calefacción urbana del futuro— que contempla inversiones de aproximadamente 2.800 millones de coronas danesas.

El objetivo de fondo es reducir la dependencia de la biomasa. Aarhus, como muchas ciudades danesas, ha quemado durante años grandes cantidades de pellets de madera en la central de Studstrup para alimentar su red de calefacción. Los pellets se consideran renovables porque el árbol que los origina capturó CO₂ mientras crecía. Pero su combustión emite CO₂ y partículas, y la demanda de pellets ha crecido tanto que algunos expertos cuestionan su sostenibilidad a gran escala. Las bombas de calor marinas ofrecen una alternativa que no quema nada, que no emite nada en el punto de uso, y que aprovecha un recurso local e inagotable.

Lo que aún falta por demostrar

El proyecto es prometedor, pero no es una solución universal. Hay limitaciones que conviene tener presentes.

La primera es la ubicación. No todas las ciudades tienen acceso al mar. Aarhus sí, y eso le da una ventaja. Pero una ciudad interior no puede replicar este modelo. Necesitaría otras fuentes: calor residual industrial, geotermia, aguas residuales, aire exterior. La tecnología es la misma, pero la fuente cambia.

La segunda es la electricidad. Las bombas de calor son eficientes, pero consumen electricidad. Si esa electricidad viene de fuentes fósiles, el beneficio ambiental se reduce. Si viene de renovables, el sistema es muy limpio. En Dinamarca, la red eléctrica tiene una alta proporción de eólica, lo que hace que este proyecto tenga sentido. En otros lugares, el cálculo sería distinto.

La tercera es la infraestructura. Para distribuir el calor de forma centralizada hace falta una red de calefacción urbana. Dinamarca lleva más de un siglo construyendo la suya. En España, por ejemplo, esas redes son mucho menos comunes. Sin red, no hay proyecto.

Y la cuarta es el impacto ambiental de la captación y devolución del agua. Extraer 1,2 millones de litros por hora y devolverlos ligeramente más fríos puede afectar a los organismos marinos locales. Los estudios de impacto están en marcha, pero los datos a largo plazo aún no existen.

Lo que sí está claro es que Aarhus ha demostrado algo importante. Que se puede calentar una ciudad sin quemar nada. Que el mar, incluso en invierno, es una fuente de energía. Y que la calefacción urbana, esa infraestructura que muchas veces pasa desapercibida bajo las calles, puede ser la columna vertebral de una transición energética real.

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