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El truco español para que las placas solares den más electricidad: el ICFO no toca la absorción, sino que limita el ángulo por el que la célula emite luz con una cavidad óptica

El truco español para que las placas solares den más electricidad: el ICFO no toca la absorción, sino que limita el ángulo por el que la célula emite luz con una cavidad óptica

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 14.10.2026 16:00

Piensa en una placa solar como en un cubo que intentas llenar de agua bajo la lluvia. Todo el mundo ha intentado mejorar ese cubo: hacerlo más ancho, más profundo, con un material que absorba mejor, con una forma que recoja más gotas. Eso es lo que la industria lleva décadas haciendo con las células solares: absorber más luz, capturar más fotones, exprimir más el material. Pero casi nadie se había parado a pensar en un detalle incómodo. El cubo, además de llenarse, se vacía. Y se vacía por un agujero que nadie había mirado.

Ese agujero es la luz que la propia célula emite. Cuando un fotón de sol entra en el material, no siempre se convierte en electricidad. A veces, la célula lo devuelve al exterior en forma de luz. Es un peaje físico, inevitable, que los científicos llaman pérdidas de Boltzmann. Y durante décadas, la estrategia ha sido asumirlo. Aceptar que una parte de la energía se pierde por ahí, y concentrarse en mejorar todo lo demás.

Un equipo del Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO), en Barcelona, ha decidido que ese peaje se puede reducir. No tocando la química de la célula, ni los materiales, ni la forma en que absorbe la luz. Sino controlando por dónde sale la luz que se escapa. Y el resultado, publicado en Energy & Environmental Science, es de esos que hacen repensar un problema desde cero.

La historia empieza con una asimetría que casi nadie tiene en cuenta. El Sol, visto desde la Tierra, ocupa una porción diminuta del cielo. Su disco abarca medio grado. La radiación solar llega a la célula desde un cono muy estrecho, casi como un dedo de luz que apunta directamente. Pero cuando la célula devuelve luz, lo hace en todas direcciones, sobre un hemisferio completo. Recibe por un agujero pequeño y pierde por una ventana enorme. Esa desproporción es la que genera las pérdidas de Boltzmann.

El equipo de Jordi Martorell ha construido una especie de embudo al revés. Una cavidad óptica que obliga a la célula a emitir luz solo por un cono estrecho, parecido al ángulo por el que recibe el sol. Si la luz que se escapa tiene que salir por donde entró, mucha de esa luz vuelve a la célula, se reabsorbe y acaba convertida en electricidad. Menos desperdicio, más corriente.

Un espejo que devuelve la luz a casa

Para conseguirlo, los investigadores no inventaron un material nuevo. Cogieron una célula solar orgánica, de esas hechas con polímeros y moléculas que absorben luz, y le pusieron encima un electrodo de plata que refleja la luz que intenta salir por ángulos amplios. Ese electrodo, junto con otro de plata en la parte de atrás, forma la cavidad óptica. Es como ponerle espejos a una habitación para que la luz que intenta escapar por las rendijas rebote y vuelva al centro, donde puede hacer algo útil.

El truco está en que la cavidad deja entrar la luz del sol por donde viene, pero impide que se escape por donde no debe. La emisión queda concentrada en un ángulo más parecido al de la radiación solar. Y esa luz reabsorbida es energía que no se pierde.

Lo bonito del asunto es que la célula que usaron, basada en los materiales PM6:Y6, no es nada exótico. Es una célula orgánica estándar de laboratorio. No cambiaron su química. No cambiaron sus capas activas. Solo añadieron la cavidad. Y según los investigadores, esa cavidad no complica demasiado el proceso de fabricación. Es una capa más, no una revolución industrial.

Del techo del 33% a un horizonte del 43%

Aquí conviene explicar un número que aparece en todas las conversaciones sobre energía solar. El límite de Shockley-Queisser. Es el techo teórico de eficiencia de una célula solar de un solo material. Se calculó en 1961, y dice que, como máximo, una célula de este tipo puede convertir en electricidad alrededor del 33% de la energía solar que recibe. El resto se pierde por distintas razones: calor, fotones que no tienen energía suficiente, y ese peaje de la emisión de luz.

Durante décadas, ese 33% ha sido como la barrera del sonido para la fotovoltaica. Un muro que se puede rozar, pero no atravesar. El trabajo del ICFO sugiere que ese muro no es tan sólido como parecía. Si se consigue reducir el ángulo de emisión hasta que coincida casi con el ángulo de absorción, las eficiencias teóricas podrían acercarse al 43%. Diez puntos más. No es un ajuste. Es un cambio de categoría.

Ojo, porque aquí hay que ser honesto. Ese 43% es un límite teórico, no lo que han medido en el laboratorio. La célula que fabricaron no alcanza esa cifra. Lo que han demostrado es el principio: que limitar el ángulo de emisión reduce las pérdidas de Boltzmann. Que el concepto funciona. El camino desde ahí hasta una célula comercial con un 43% de eficiencia es largo, y probablemente esté lleno de obstáculos que aún no se han encontrado. Pero la puerta está abierta. Y eso, en un campo donde los avances suelen ser de décimas de punto, es mucho.

Por qué esto puede importar más allá del laboratorio

El experimento se hizo con células orgánicas, que tienen sus virtudes y sus defectos. Son flexibles, ligeras, semitransparentes, y se pueden fabricar con técnicas de impresión baratas. Pero su eficiencia es menor que la del silicio, y su estabilidad a largo plazo aún no está resuelta. Por eso, cualquier mejora que aumente su rendimiento sin cambiar los materiales es bienvenida.

Pero lo interesante es que el principio no está atado a las células orgánicas. Los investigadores señalan que la cavidad óptica podría aplicarse a otras tecnologías, incluidas las de silicio o perovskita. Si eso funciona, el impacto sería mucho mayor. Porque si una célula de silicio pasara del 33% al 43% de eficiencia, haría falta menos superficie, menos material y menos suelo para generar la misma electricidad. En un mundo que busca reducir recursos, eso no es un detalle menor.

Piensa en lo que eso significaría. Una instalación solar en un tejado que produce un 30% más de electricidad sin ocupar más espacio. Un parque solar que necesita menos hectáreas para la misma potencia. Paneles más baratos porque llevan menos material. No es magia. Es física bien pensada.

Lo que aún queda por resolver

Como todo avance de laboratorio, este tiene preguntas sin respuesta. La primera es la escalabilidad. La célula que fabricaron es pequeña. Llevar esa cavidad óptica a superficies de metros cuadrados, a coste competitivo, es otro cantar. La plata es un metal caro, y aunque se use poca cantidad, depositarla de forma uniforme sobre grandes áreas no es trivial.

La segunda es la durabilidad. Un espejo que refleja luz en ángulos amplios puede acumular polvo, humedad o suciedad de forma distinta a una célula convencional. ¿Aguanta años a la intemperie? ¿Mantiene sus propiedades ópticas? Nadie lo ha probado todavía.

La tercera es la integración. Si el principio funciona con silicio y perovskita, ¿cómo se combina con las arquitecturas que ya existen? ¿Añade coste? ¿Reduce la fiabilidad? ¿Merece la pena el esfuerzo adicional para ganar unos puntos de eficiencia?

Lo que sí ha demostrado el equipo del ICFO es que hay otra forma de mirar el problema. Durante décadas, la carrera de la fotovoltaica ha sido absorber más. Ellos proponen emitir menos. Un cambio de perspectiva que, si se confirma, podría redefinir la manera en que se diseñan las células solares. A veces, las mejores ideas no consisten en añadir algo, sino en tapar el agujero por el que se escapa lo que ya teníamos.

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