En Burgkirchen, un municipio de la Alta Baviera a orillas del río Alz, hay un parque químico que lleva más de setenta y cinco años funcionando. Se llama Gendorf, es el más grande de Baviera, y alberga a treinta empresas y unos 3.600 trabajadores. Durante décadas, este lugar ha producido plásticos, disolventes y productos químicos a partir de materias primas fósiles. Ahora, una startup de tecnología profunda llamada Furanova quiere demostrar que se puede hacer algo parecido, pero empezando por algo tan distinto como el azúcar. Y no cualquier azúcar: azúcar de origen vegetal, procesada con electricidad renovable, en un proceso electroquímico que convierte un intermediario furánico en ácido 2,5-furandicarboxílico, conocido por sus siglas FDCA.
El FDCA no es una molécula cualquiera. Es el bloque de construcción clave del polietileno furanoato (PEF), un polímero 100% biobased que se perfila como alternativa al PET, el plástico de las botellas y los envases que hoy se fabrica a partir del petróleo . El PEF tiene mejores propiedades de barrera: protege hasta diez veces mejor contra el oxígeno y dieciséis veces mejor contra el CO₂ que el PET . Eso significa que una botella de PEF mantiene mejor el gas de una bebida carbonatada, conserva los alimentos durante más tiempo y permite diseños más ligeros sin perder prestaciones. Y además, es reciclable en los sistemas mecánicos que ya existen .
Pero lo que hace especial al proceso de Furanova es que no produce solo FDCA. Produce dos cosas a la vez. Mientras el azúcar se transforma en la molécula de interés, el sistema genera hidrógeno verde como subproducto. Un solo proceso, dos productos industriales. Esa es la promesa que la startup quiere demostrar a escala piloto en Gendorf, con el arranque previsto para el primer trimestre de 2027 .
De Raubling a Gendorf: el salto de laboratorio a industria
Furanova no nació en Gendorf. La empresa tenía sus actividades en Raubling, un municipio cercano, donde había desarrollado su tecnología a escala de laboratorio. El traslado a Gendorf no es un cambio de dirección, sino un cambio de escala. La startup va a instalar su planta piloto en la parcela «Base One», una superficie de unos 3.500 metros cuadrados que InfraServ Gendorf, el operador del parque, ha preparado específicamente para que empresas emergentes puedan instalar sus primeras plantas piloto sin las complicaciones habituales de construir desde cero.
La parcela ya tiene gas, agua, vapor, líneas de CO₂ y otras conexiones industriales. InfraServ ofrece más de 250 servicios que cubren desde la tramitación de permisos y la gestión con las autoridades hasta el mantenimiento, la logística y la seguridad. Para una startup que tiene la tecnología pero no la infraestructura, esa oferta es decisiva. El propio fundador y consejero delegado de Furanova, Oliver Bolzern, lo expresó con claridad: «Para nosotros, el asentamiento en Gendorf es el siguiente paso lógico en el camino hacia la escalabilidad industrial de nuestra tecnología».
La elección del lugar también responde a algo más práctico. Gendorf no es un polígono industrial cualquiera. Es un parque químico con una red de empresas que se retroalimentan: los subproductos de unas sirven como materia prima para otras. Si Furanova necesita un ácido, un disolvente o un servicio de tratamiento de residuos, probablemente lo encontrará a pocos metros. Esa integración reduce costes, reduce transporte y reduce emisiones. En un proceso que presume de ser sostenible, eso importa.
Azúcar, electricidad y dos productos: la lógica del proceso
La tecnología de Furanova se apoya en tres pilares. El primero es la materia prima: azúcar de origen vegetal. No azúcar de caña ni de remolacha para consumo alimentario, sino azúcar industrial, la misma que puede obtenerse de residuos agrícolas o de biomasa no alimentaria. El segundo es la energía: electricidad renovable. En lugar de usar calor de combustibles fósiles para las reacciones químicas, el proceso utiliza electricidad para impulsar una ruta electroquímica. El tercero es la química: un intermediario furánico que se genera primero y se oxida después hasta convertirse en FDCA.
El resultado son dos corrientes de producto. Por un lado, el FDCA, que se puede vender a fabricantes de polímeros para producir PEF. Por otro, hidrógeno verde, que puede alimentar procesos industriales cercanos, inyectarse en la red de gas o utilizarse en movilidad. Esa doble salida mejora la economía del proceso: si un producto tiene un mercado difícil o un precio bajo, el otro puede compensar.
Furanova estima que el mercado potencial para el FDCA es enorme. La empresa cifra el mercado de plásticos direccionable en entre 100 y 200 millones de toneladas. El PEF no va a sustituir todo el PET de golpe. Pero puede empezar por aplicaciones donde sus propiedades superiores justifiquen un precio premium: botellas de bebidas carbonatadas, envases de cosmética, films de alta barrera. Con el tiempo, si la producción escala y los costes bajan, el PEF podría competir en mercados más amplios.
El contexto: Europa quiere plásticos biobased y ya hay proyectos avanzados
Furanova no está sola en esta carrera. La Unión Europea lleva años financiando proyectos para desarrollar el FDCA y el PEF. El proyecto PEFerence, financiado por Horizonte 2020, ha establecido la primera planta de FDCA a escala industrial del mundo, con una capacidad de 5.000 toneladas al año, y ha validado la cadena de valor completa con socios como Carlsberg, Nestlé, Henkel y Lego. Un análisis de ciclo de vida certificado por ISO ha demostrado que el PEF puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta un 33% en comparación con el PET fósil, y hasta un 71% si se contabiliza la captura de carbono biogénico.
Eso significa que la tecnología no parte de cero. Hay una cadena de valor que ya está siendo probada, hay clientes que ya han validado prototipos y hay datos ambientales que respaldan la propuesta. La diferencia de Furanova es el enfoque electroquímico y la producción simultánea de hidrógeno verde. Si su proceso funciona a escala piloto, podría ofrecer una ruta más eficiente y más integrada que las que existen hoy.
Lo que aún falta por demostrar
La planta piloto de Gendorf arrancará en el primer trimestre de 2027, pero eso no significa que el producto esté listo para el mercado. Una planta piloto sirve para validar la tecnología en condiciones industriales, para medir rendimientos, para identificar cuellos de botella y para generar datos que permitan diseñar la siguiente etapa: una planta de demostración, y más adelante una planta de producción a escala comercial.
Los retos son considerables. La electroquímica industrial a escala es compleja: los electrodos se degradan, las reacciones no siempre son tan selectivas como en el laboratorio, y la separación y purificación de los productos puede consumir más energía de la prevista. La economía del proceso depende de que el FDCA pueda competir en precio con el ácido tereftálico fósil, o de que los clientes estén dispuestos a pagar una prima por un material con mejores propiedades y menor huella de carbono. Y el hidrógeno verde, aunque valioso, tiene un mercado que en Alemania aún está en construcción: la demanda existe, pero la infraestructura de distribución y los precios están lejos de estar consolidados.
Furanova ya planea una demostración y una producción futura en Gendorf, y calcula que a largo plazo el sitio podría albergar entre 60 y 80 empleos. Es una apuesta a años vista. Pero el hecho de que una startup de tecnología profunda haya elegido un parque químico tradicional para escalar su proceso dice algo sobre cómo está cambiando la industria. Los plásticos del futuro no tienen por qué salir de una refinería de petróleo. Pueden salir de un reactor electroquímico alimentado con azúcar y electricidad renovable, instalado en el mismo lugar donde durante décadas se fabricaron plásticos a partir de combustibles fósiles.













