Hay una torre en Schipkau, en el este de Alemania, que acaba de convertirse en la estructura más alta del país después de la torre de televisión de Berlín. Mide 365 metros, casi como el Empire State Building, y no es un rascacielos ni una antena de comunicaciones. Es un aerogenerador. La turbina más alta del mundo. Y su creador, la ingeniería alemana GICON, lleva dos años construyéndola con una promesa que, si se cumple, podría cambiar las reglas de la energía eólica terrestre: dicen que puede generar el doble de electricidad que un molino convencional con el mismo diámetro de rotor.
El problema de la eólica en tierra es que, a ras de suelo, el viento es caprichoso. Los árboles, los edificios, las colinas, todo lo frena y lo vuelve turbulento. Pero a medida que subes, el aire se vuelve más limpio, más rápido y más constante. A 300 metros de altura, donde GICON ha colocado el buje de su turbina, el viento es un recurso distinto. Las mediciones que la empresa realizó durante un año con una torre meteorológica de 300 metros confirmaron que, a esa altura, el viento sopla con más fuerza y más regularidad que a los 100 o 120 metros donde operan los molinos convencionales.
La idea, por tanto, no es nueva. Lo que es nuevo es haberla llevado a la práctica. Durante décadas, la eólica terrestre se ha conformado con torres de 80, 100, 120 metros. Subir más alto significaba grúas imposibles, costes desorbitados, estructuras que se tambaleaban. GICON ha resuelto ese problema con un truco de ingeniería tan audaz como el de un telescopio: construyeron una torre de celosía exterior y, dentro de ella, un mástil interior que se despliega hacia arriba mediante un sistema de cables y gatos hidráulicos. El resultado es una estructura que alcanza 365 metros sin necesidad de grúas gigantescas, y que se puede montar en un terreno relativamente pequeño.
Una promesa que todavía no ha sido medida
La turbina de Schipkau ya está de pie. Su altura total es de 364,84 metros, con un buje a 300 metros y un rotor de 3,8 megavatios de potencia nominal. GICON estima que producirá alrededor de 18 millones de kilovatios-hora al año, suficiente para abastecer a unos 6.000 hogares. La empresa afirma que, gracias a la mayor velocidad y constancia del viento en altura, el mismo rotor puede generar el doble de electricidad que si estuviera a 100 metros.
Pero hay una diferencia crucial entre una estimación y un dato medido. La turbina aún no está en funcionamiento. Su puesta en marcha oficial está prevista para noviembre de 2026. Hasta que no empiece a girar y a inyectar electricidad a la red, el doble de energía no es más que una proyección basada en modelos y en las mediciones de viento que GICON realizó en la zona. Los propios responsables del proyecto lo admiten: el verdadero examen de la tecnología llegará cuando la turbina esté operando y se puedan comparar los datos reales de producción con las estimaciones.
La pregunta que flota en el aire es si el aumento de la producción compensa el aumento de la complejidad y el coste. Construir una torre de 365 metros es mucho más caro que construir una de 120. La estructura telescópica, los materiales, los sistemas de elevación, el mantenimiento: todo se complica cuando trabajas a esa altura. GICON no ha publicado el coste total de la turbina, pero ha reconocido que la inversión inicial es mayor que la de un aerogenerador convencional. La viabilidad económica dependerá de que la producción extra de electricidad justifique ese sobrecoste a lo largo de los años.
La segunda planta: aprovechar los parques eólicos que ya existen
Hay un detalle del proyecto que puede ser más importante que la turbina en sí. GICON no pretende instalar torres de 365 metros en cualquier sitio. Su plan es aprovechar los parques eólicos que ya existen. Alemania tiene miles de aerogeneradores instalados en zonas con buen recurso eólico, con conexiones a la red, con permisos, con acceso. En lugar de construir nuevos parques en terrenos vírgenes, GICON propone añadir una «segunda planta» a los parques existentes: turbinas altas que capten el viento de capas superiores, mientras los molinos convencionales siguen funcionando abajo.
La empresa calcula que en Alemania hay espacio para hasta 4.000 turbinas de este tipo dentro de parques eólicos existentes. Si se instalaran, podrían añadir una cantidad significativa de capacidad renovable sin ocupar ni un metro más de terreno, sin nuevos permisos de uso del suelo, sin nuevas líneas de transmisión. Es una forma de densificar la producción energética en los espacios que ya están industrializados, en lugar de extender la huella de la eólica hacia nuevos paisajes.
La región que fue mina de carbón y ahora quiere ser laboratorio de viento
Hay algo simbólico en el lugar elegido. Schipkau está en Lusatia, una región del este de Alemania que durante décadas fue el corazón de la minería del lignito. Las excavadoras gigantes, las centrales de carbón, los pueblos que desaparecieron bajo las minas a cielo abierto. La transición energética alemana prometió reconvertir esa región, y el proyecto de GICON es una de esas promesas hechas realidad. Donde antes se extraía carbón, ahora se prueba la turbina más alta del mundo.
El proyecto está financiado por SPRIND, la Agencia Federal de Innovación Disruptiva de Alemania, que ha invertido 25 millones de euros en la construcción de la turbina. No es una apuesta comercial de una empresa privada, sino una apuesta pública por una tecnología que, si funciona, podría abrir una nueva vía para la eólica terrestre. El respaldo de SPRIND implica que el gobierno alemán considera que el proyecto merece ser probado, aunque el retorno económico no esté garantizado.
Lo que queda por demostrar
La turbina de Schipkau es, ante todo, un experimento. Un experimento de 365 metros de altura que, cuando empiece a girar en noviembre, dará respuesta a una pregunta que la industria eólica lleva años haciéndose: ¿merece la pena subir tan alto?
Si los datos confirman que el doble de viento se traduce en el doble de electricidad, GICON tendrá un argumento poderoso para vender su tecnología. Si, por el contrario, la producción real se queda por debajo de las expectativas, o si los costes de operación y mantenimiento de una torre tan alta se comen el beneficio, el proyecto quedará como una curiosidad de ingeniería, un récord Guinness sin aplicación comercial.
GICON ya planea el siguiente paso: un pequeño parque piloto de tres a cinco turbinas de este tipo, donde se pueda probar la viabilidad económica a escala real. Si eso funciona, la empresa aspira a vender 100 unidades en Alemania y, eventualmente, exportar la tecnología a otros países. El director de GICON, Jochen Großmann, lo resume con una mezcla de orgullo y realismo: «China, todos han intentado llegar a esta altura, y nosotros lo hemos conseguido». Lo que aún no sabe es si esa altura se traducirá en electricidad o se quedará en una promesa de cálculo.













