Cuando somos pequeños y vamos al colegio estudiamos los ríos. Tanto dónde están, como su nombre, como sus partes. Desde bien pequeños nos familiarizamos con lo que es un río y su función y es que llevan años haciendo lo mismo: nacen en una montaña, bajan y llegan al mar. Por el camino se usan para regar, pescar, mover molinos…
El Tâmega, en el norte de Portugal, ya no se conforma con eso. Desde hace unos años, sus aguas también guardan electricidad. Cuando sobra, suben a un embalse en lo alto de la montaña. Cuando falta, bajan con fuerza y mueven turbinas. Es decir, es una gigabatería, una de las mayores de Europa, y ahora acaba de sumar una pieza nueva: dos parques eólicos que comparten la misma conexión a la red. La primera hibridación eólico-hidráulica de la Península Ibérica.
La idea es sencilla de explicar y compleja de ejecutar. Durante años, Iberdrola construyó tres presas en el río: Gouvães, Daivões y Alto Tâmega. Juntas suman 1.158 megavatios hidroeléctricos. La de Gouvães es reversible: puede bombear agua de un embalse a otro, aprovechando un desnivel de más de 650 metros, y guardarla allí hasta que haga falta. Esa es la batería. Y ahora, en las montañas que rodean esas presas, han plantado 38 aerogeneradores. Dos parques eólicos, Tâmega Norte y Tâmega Sul, que suman 274 megavatios. Y lo importante: los dos parques y las tres presas comparten la misma subestación, la misma línea, la misma conexión a la red.
No es una instalación cualquiera: estamos hablando de un gigante de la energía limpia. Sus números asustan, pero para que te hagas una idea de su impacto real, es capaz de encender el día a día de unos 440.000 hogares. En un momento tan delicado como el actual, donde el mapa geopolítico no deja de dar bandazos, este proyecto se convierte en un auténtico escudo. No solo le ahorra al planeta la friolera de 1,2 millones de toneladas de CO₂ al año, sino que además evita que dependamos de comprar más de 160.000 toneladas de petróleo. Es, literalmente, aire limpio e independencia energética.
La primera hibridación de la Península
Lo que hace único a este proyecto no es solo su tamaño. Es que es el primero de su tipo en la Península Ibérica. Hasta ahora, las plantas hidroeléctricas de bombeo y los parques eólicos vivían separados, cada uno con su conexión a la red, su subestación, sus permisos. El Tâmega los ha juntado. Comparten infraestructura, comparten conexión, comparten el mismo punto de evacuación. Eso reduce costes, reduce impacto ambiental y, sobre todo, permite que ambas tecnologías se complementen en tiempo real.
El parque de Tâmega Norte ya está rugiendo. Es el primero en arrancar y cuenta con 27 molinos gigantescos de la marca Vestas. Para que te hagas una idea de su tamaño, sus aspas dibujan un círculo de 172 metros de diámetro, convirtiéndose en las bestias terrestres más potentes que Iberdrola ha levantado nunca en toda Europa. Juntos, son capaces de exprimir el viento para generar unos 414 gigavatios-hora al año. Pero esto es solo el principio. A su lado se está levantando Tâmega Sur, que aportará otros 185 gigavatios-hora cuando esté listo.
La construcción no fue sencilla. Las carreteras de la zona son estrechas, con curvas cerradas y pendientes pronunciadas. Las palas de los aerogeneradores miden 85 metros. Transportarlas hasta la cima de una montaña requería ensanchar caminos, talar árboles, hacer obras. Iberdrola utilizó una tecnología llamada BladeLifter, un elevador hidráulico que permite inclinar la pala entre 25 y 30 grados, como si fuera una pluma, para sortear las curvas sin tocar los taludes. Gracias a eso, no tuvieron que modificar las carreteras ni alterar el paisaje. Un detalle pequeño, pero que dice mucho de cómo se pueden hacer las cosas.
Lo que la gigabatería ya hacía antes de la eólica
La parte hidroeléctrica del complejo llevaba años funcionando. Gouvães, con 880 megavatios, es la central reversible más grande de Portugal. Daivões, con 118 megavatios, y Alto Tâmega, con 160, completan el sistema. Juntas añadieron casi 900 megavatios de capacidad de bombeo al sistema eléctrico portugués, un incremento de más del 30% respecto a lo que había antes. La capacidad de almacenamiento es de 40 millones de kilovatios-hora, equivalente al consumo doméstico diario de 11 millones de personas.
Esa capacidad no solo sirve para integrar renovables. También estabiliza la red, modera los precios y permite que Portugal dependa menos de las importaciones de electricidad. Cuando el sistema necesita energía, la gigabatería la suelta. Cuando sobra, la guarda. Es el mismo principio que una batería de litio, pero a escala de valle, con agua en lugar de iones, y con una vida útil de décadas en lugar de años.
Ahora, con la eólica, el sistema es más flexible todavía. Si hay viento y la red necesita electricidad, los aerogeneradores producen. Si hay viento y sobra electricidad, esa electricidad se usa para bombear agua. Si no hay viento, el agua baja. Y si el mercado de electricidad está caro, Iberdrola puede decidir cuándo vender, cuándo almacenar y cuándo bombear. La hibridación no solo es una cuestión técnica. Es una herramienta de gestión económica.
Lo que aún falta por ver
Tâmega Sur todavía está en construcción. Se espera que esté operativo a finales de 2026. Cuando lo esté, el complejo alcanzará su capacidad total de 1.432 megavatios y la producción anual de 2.367 gigavatios-hora. Hasta entonces, los datos de producción son parciales.
La pregunta que queda por responder es cómo se comportará el sistema a largo plazo. La eólica y la hidráulica son complementarias, pero no siempre coinciden. Puede haber semanas de poco viento y poca agua. Puede haber momentos en que el bombeo consuma más electricidad de la que la red puede dar. La hibridación ayuda, pero no elimina la variabilidad. Habrá que ver cómo gestiona Iberdrola esas situaciones y si el sistema demuestra ser tan flexible como promete.
También está la cuestión del agua. La gigabatería del Tâmega utiliza agua del río, pero no la consume. La mueve de un embalse a otro, la usa para generar electricidad y la devuelve. Es un circuito cerrado, en teoría. Pero en la práctica, hay evaporación, hay filtraciones, hay caudales ecológicos que hay que respetar. El equilibrio entre la generación eléctrica y la salud del río es delicado, y no siempre es fácil de mantener.
Lo que sí ha demostrado el Tâmega es que la transición energética no tiene por qué ser una suma de proyectos aislados. Puede ser una integración. Tres presas, dos parques eólicos, una sola conexión. Un valle entero convertido en una máquina de producir electricidad limpia. No es la solución a todos los problemas. Pero es una forma de hacer las cosas que tiene sentido.













