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El reactor nuclear que no usa agua y quiere reciclar su propio combustible: Rusia instala dos piezas de 95 toneladas en el BREST-OD-300 de Siberia, un experimento de 300 MW con plomo fundido que todavía tiene que demostrar que es seguro y rentable

El reactor nuclear que no usa agua y quiere reciclar su propio combustible: Rusia instala dos piezas de 95 toneladas en el BREST-OD-300 de Siberia, un experimento de 300 MW con plomo fundido que todavía tiene que demostrar que es seguro y rentable

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 18.10.2026 13:00

En Seversk, una ciudad cerrada de Siberia que durante décadas fue un secreto militar, hay una obra que lleva años en marcha. Los trabajadores entran y salen cada día. Las grúas se mueven. Los camiones llegan con piezas que pesan como diez elefantes. Y hace unas semanas, dos de esas piezas, de 95 toneladas cada una y 16 metros de largo, quedaron colocadas en su sitio. No son recipientes de combustible ni partes del núcleo. Son separadores de humedad y recalentadores, los equipos que preparan el vapor antes de que entre en la turbina. Parece un detalle técnico sin importancia, pero es la señal de que la sala de turbinas, el lugar donde el calor se convierte en electricidad, empieza a tomar forma.

Detrás de esas dos piezas hay un proyecto que los ingenieros rusos llevan décadas madurando. Se llama BREST-OD-300. Es un reactor experimental de 300 megavatios que no usa agua para refrigerarse, como casi todos los reactores del mundo. Usa plomo fundido. Plomo líquido, a más de 400 grados, circulando por el interior del núcleo para arrastrar el calor de la fisión. Y no solo eso. El BREST forma parte de un programa más ambicioso llamado Proryv, que en ruso significa «avance», y que pretende demostrar algo que nunca se ha hecho a escala industrial: un ciclo de combustible cerrado, donde el propio reactor genera parte de su combustible y el combustible gastado se reprocesa en el mismo complejo.

No se trata solo de construir un reactor distinto. Se trata de probar una forma distinta de entender la energía nuclear. Una en la que el combustible no se entierra como residuo, sino que se recicla. Una en la que el refrigerante no puede explotar en contacto con el aire. Una en la que, en teoría, se aprovecha mucho más el uranio que se extrae de la mina. En teoría.

Por qué plomo y no agua

Casi todos los reactores nucleares del mundo son reactores de agua ligera. Usan agua a alta presión para refrigerar el núcleo y moderar los neutrones. Es una tecnología madura, probada durante décadas, pero tiene sus límites. El agua hierve a 100 grados a presión atmosférica, así que hay que mantenerla a más de 150 atmósferas para que no se convierta en vapor dentro del reactor. Eso obliga a construir recipientes de acero gruesos como murallas, con sistemas de seguridad complejos y una ingeniería pesada.

El plomo, en cambio, hierve a 1.740 grados. No hay que presurizarlo. Puede circular por el núcleo a presión atmosférica, lo que simplifica el diseño del recipiente y reduce el riesgo de accidentes por pérdida de presión. Y hay algo más: el plomo no reacciona violentamente con el agua ni con el aire. El sodio, otro refrigerante líquido que se usa en algunos reactores rápidos, sí lo hace. Si hay una fuga de sodio y entra en contacto con el agua, se produce una reacción química violenta. Con el plomo, eso no ocurre.

Por eso el plomo es atractivo para los reactores de cuarta generación, la nueva ola de diseños nucleares que buscan ser más seguros, más eficientes y producir menos residuos. Pero el plomo también tiene problemas. Es corrosivo a alta temperatura. Ataca los aceros y las aleaciones que se usan en tuberías y bombas. Controlar esa corrosión exige una química del refrigerante muy precisa, con control de oxígeno disuelto y de impurezas. Y esa química es difícil de mantener en un reactor que va a operar durante años.

El sueño del combustible que se recicla

La parte más ambiciosa del BREST no es el plomo. Es el ciclo de combustible. Los reactores convencionales usan uranio enriquecido, y cuando ese combustible se agota, se saca del reactor y se almacena como residuo radiactivo. Solo una pequeña parte del uranio original se ha consumido. El resto queda atrapado en el combustible gastado, mezclado con productos de fisión que hay que gestionar.

El BREST está diseñado para funcionar con combustible de nitruros de uranio y plutonio. Es decir, puede usar plutonio como combustible, y ese plutonio se produce en el propio reactor a partir del uranio. Eso abre la puerta a un ciclo cerrado: el combustible gastado se reprocesa, se extraen los materiales aprovechables, se fabrican nuevas pastillas de combustible, y esas pastillas vuelven al reactor. El residuo final sería mucho menor y, en teoría, menos radiactivo a largo plazo.

Rusia lleva décadas investigando esta idea. El programa Proryv pretende demostrar que es viable a escala industrial. Pero hay una diferencia entre demostrar que una tecnología funciona sobre el papel y demostrar que funciona en la realidad. El BREST todavía no está en funcionamiento. No se ha conectado a la red. No ha producido un solo kilovatio-hora de electricidad. Las piezas que acaban de instalarse son un paso de obra, no una puesta en marcha.

Lo que aún falta por demostrar

Los propios responsables del proyecto lo saben. El Foro Internacional de la Generación IV, que evalúa los diseños de reactores avanzados, sitúa al BREST entre los proyectos demostradores, no entre los reactores comerciales en operación. Eso significa años de pruebas, de verificación, de ajustes.

La primera pregunta es la seguridad. El plomo fundido tiene ventajas, pero también riesgos. El gran problema del plomo es que, si la calefacción falla y se enfría dentro del reactor, se congela. Si eso pasa, te bloquea los canales de refrigeración y tienes un accidente encima. Los rusos han intentado solucionar esto metiendo calentadores eléctricos; la idea es que el plomo siga líquido aunque el reactor esté totalmente parado. Pero claro, dejar la seguridad en manos de que no se corte la luz para mantener caliente el metal es un punto débil clarísimo. Todavía tienen que demostrar que ese sistema es infalible si las cosas se ponen feas.

La segunda es la corrosión. El plomo ataca los materiales. Los rusos han desarrollado aleaciones especiales y sistemas de control de oxígeno para minimizar el daño, pero la única forma de saber si funcionan durante décadas es operar el reactor durante décadas. Y eso no se puede acelerar.

La tercera es el coste. El BREST es un reactor experimental, y como todos los experimentos nucleares, es caro. Rusia no ha publicado el coste total del proyecto, pero solo la construcción del complejo, que incluye el reactor, la fábrica de combustible y la planta de reprocesamiento, supera los miles de millones de euros. Si la tecnología funciona, el coste por kilovatio-hora podría ser competitivo. Si no, habrá sido una inversión muy cara en conocimiento.

La cuarta es la proliferación. El reprocesamiento de combustible nuclear produce plutonio, y el plutonio puede usarse para fabricar armas. El BREST está diseñado para consumir plutonio, no para producirlo en exceso, pero cualquier tecnología de ciclo cerrado genera preocupaciones sobre la seguridad nuclear internacional. Rusia dice que el sistema es seguro, pero la comunidad internacional querrá verificarlo.

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