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1.011 °C, 8 años sin repostar y cero bombas de agua: el microreactor eVinci de Westinghouse supera sus pruebas de alta temperatura y se acerca a la comercialización

1.011 °C, 8 años sin repostar y cero bombas de agua: el microreactor eVinci de Westinghouse supera sus pruebas de alta temperatura y se acerca a la comercialización

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 03.10.2026 11:00

Hay una escena que se repite en todas las centrales nucleares del mundo. Un operario mira una pantalla, comprueba que las bombas de refrigeración funcionan, que el agua circula, que la presión se mantiene estable. Es un trabajo de vigilancia constante, de atención permanente, porque si algo falla en ese sistema, el reactor se calienta y las consecuencias pueden ser catastróficas. La seguridad de la energía nuclear depende de que las máquinas no fallen. Y las máquinas fallan.

El microreactor eVinci de Westinghouse ha sido diseñado con una filosofía distinta. No tiene bombas. No tiene agua de refrigeración. No tiene válvulas mecánicas ni sellos que puedan romperse. En lugar de eso, utiliza tubos de calor de sodio líquido que transportan la energía térmica del núcleo de forma pasiva, por capilaridad y cambio de fase, sin necesidad de ningún sistema activo. El reactor funciona, en esencia, como una batería térmica. Se calienta, el sodio se evapora, viaja por el tubo, cede el calor en el otro extremo y se condensa de nuevo. Sin motores, sin electricidad externa, sin intervención humana.

El 3 de septiembre de 2026, este diseño superó una prueba crítica en el Centro Nacional de Experimentos de Criticidad (NCERC) en Nevada. Los investigadores llevaron el núcleo hasta la criticidad a 663 °C, y después realizaron una medición de reactividad en condiciones subcríticas mientras el núcleo continuaba calentándose hasta alcanzar los 1.011 °C. Es la temperatura más alta jamás registrada en un experimento de este tipo en esa instalación. No es una demostración de que el reactor pueda funcionar a esa temperatura, pero sí amplía el conjunto de datos disponibles para validar los modelos que guiarán su construcción.

Por qué los tubos de calor cambian las reglas

La clave de todo está en los tubos de calor. Cada uno de ellos es un tubo sellado de 24 pies de longitud que contiene una pequeña cantidad de sodio líquido. Un extremo está en el núcleo del reactor, donde recibe calor. El sodio se evapora, viaja por el tubo, y en el otro extremo cede ese calor a un intercambiador. El sodio se condensa, vuelve al núcleo por capilaridad a través de una estructura porosa llamada mecha, y el ciclo se repite .

Lo que hace esto posible es la física, no la mecánica. No hay bombas que puedan fallar, no hay válvulas que se atasquen, no hay juntas que se degraden. El sistema es inherentemente pasivo. Y eso significa que, en caso de accidente, el reactor se apaga solo. A medida que el núcleo se calienta, su reactividad disminuye de forma natural, un fenómeno conocido como coeficiente de temperatura negativo . Si algo va mal, la física actúa como un freno automático. No hace falta que un operario pulse un botón, ni que un sistema de emergencia inyecte refrigerante. El reactor se enfría y se detiene por sí mismo.

El combustible también es distinto. No son barras de uranio convencionales, sino partículas TRISO: pequeñas esferas de uranio encapsuladas en capas de carbono y carburo de silicio, embebidas en una matriz de grafito. Cada partícula es como una cebolla de materiales que resisten la radiación, la corrosión y las temperaturas extremas. Incluso si el reactor se calentara más de lo previsto, las partículas TRISO retendrían los productos de fisión en su interior. Es una barrera de seguridad que no depende de sistemas activos, sino de la propia estructura del combustible.

5 megavatios durante ocho años sin repostar

Las cifras del eVinci son modestas comparadas con una central nuclear convencional, pero suficientes para lo que se propone. El diseño comercial apunta a 5 megavatios eléctricos y 15 megavatios térmicos. Eso es electricidad para unos 4.000 hogares, o para una mina remota, o para una base militar, o para un centro de datos. Y puede funcionar a plena potencia durante ocho años sin repostar. Ocho años de electricidad continua, sin camiones de combustible, sin líneas de alta tensión, sin dependencia de una red eléctrica que puede no existir.

El reactor se construye íntegramente en fábrica y se transporta en un contenedor estándar. No hay que ensamblar nada en el sitio, no hay que manipular combustible en destino. Llega, se instala, se conecta y funciona. Westinghouse lo describe como una “batería nuclear”. Y esa analogía es más precisa de lo que parece: una batería que no se recarga, sino que se sustituye. Al final de su vida útil, el reactor se devuelve a la fábrica, se desmantela y se sustituye por otro.

Lo que aún falta por demostrar

La prueba de Nevada es un hito, pero conviene leerla con la proporción adecuada. No se ha generado electricidad. No se ha demostrado el funcionamiento a plena potencia. No se ha probado durante ocho años. No hay licencia de la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos (NRC). No hay un cliente conectado a la red .

Lo que sí ha demostrado Westinghouse es que su modelo computacional del núcleo es preciso. Durante la prueba, los investigadores calentaron el núcleo a temperaturas cercanas a las condiciones reales de operación y midieron cómo cambiaba la reactividad. Esos datos permitirán ajustar las simulaciones y reducir la incertidumbre antes de construir el prototipo. Es un paso necesario, no un salto.

El camino hacia la comercialización pasa por el programa DOME (Demonstration of Microreactor Experiments) del Laboratorio Nacional de Idaho, donde se probará un reactor de escala reducida a partir de 2027. Después vendrán las pruebas con combustible real, la revisión de seguridad de la NRC, y la primera instalación comercial. Westinghouse apunta a 2029 o 2030 para la primera unidad operativa en Canadá, en el marco de un acuerdo con el Saskatchewan Research Council.

Una idea que podría cambiar el mapa de la energía

El interés del eVinci no está en sus cifras absolutas, sino en lo que representa. Un reactor que no necesita agua, que no depende de bombas, que se transporta en un contenedor y que funciona durante casi una década sin intervención es una herramienta para lugares donde la energía eléctrica no llega o no es fiable. Minas en el Ártico, bases militares en zonas remotas, islas sin conexión a la red, comunidades aisladas que hoy dependen del diésel. Para todos ellos, el eVinci podría ser la diferencia entre tener electricidad y no tenerla.

No va a reemplazar a las grandes centrales nucleares. No va a resolver el problema climático por sí solo. Pero sí podría cubrir un nicho que hoy nadie cubre: energía de base, limpia, transportable y autónoma. Y en un mundo que busca desesperadamente alternativas al diésel para las zonas remotas, eso no es poco.

EL GARAJEvia El Garaje

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