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400.000 toneladas de CO₂ al año y un buque llamado Carbon Destroyer 1: INEOS estrena en Dinamarca el primer gran almacén de CO₂ de la UE para descarbonizar lo que no se puede electrificar

400.000 toneladas de CO₂ al año y un buque llamado Carbon Destroyer 1: INEOS estrena en Dinamarca el primer gran almacén de CO₂ de la UE para descarbonizar lo que no se puede electrificar

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 01.10.2026 10:20

Hay industrias que no pueden dejar de emitir. No porque no quieran, sino porque la química de sus procesos lo impide. El cemento, por ejemplo. Para fabricarlo hay que calcinar piedra caliza a más de 1.400 grados, y en esa reacción se libera CO₂ de forma inevitable. No se puede electrificar un alto horno. No se puede conectar una cementera a un panel solar y esperar que deje de emitir. Son las llamadas emisiones residuales, el último reducto de carbono que la transición energética no puede eliminar por sí sola.

Durante años, la respuesta a ese problema ha sido incómoda: o cierras la fábrica, o sigues contaminando. Europa ha intentado durante décadas no elegir ninguna de las dos, y ha financiado investigaciones, proyectos piloto y demostraciones para capturar ese CO₂ y enterrarlo bajo tierra. Pero casi todo se quedaba en planes, objetivos y ambiciones. Hasta ahora.

El 18 de septiembre de 2026, el rey Federico X de Dinamarca inauguró en el puerto de Esbjerg lo que INEOS y sus socios han bautizado como Greensand Future. No es un proyecto piloto. No es una demostración académica. Es la primera instalación de almacenamiento permanente de CO₂ a escala comercial de la Unión Europea. Un yacimiento petrolífero agotado bajo el mar del Norte, a 250 kilómetros de la costa y 1.800 metros bajo el lecho marino, que ahora se dedica a guardar el carbono que otras industrias no pueden evitar emitir.

400.000 toneladas al año, y la promesa de 8 millones

La primera fase comercial de Greensand Future tiene una capacidad de almacenamiento de 400.000 toneladas de CO₂ al año. Suena a mucho, y en el contexto europeo lo es: no existe nada parecido en funcionamiento. Pero conviene ponerlo en perspectiva. La Unión Europea se ha fijado el objetivo de capturar y almacenar 50 millones de toneladas anuales para 2030, y entre 250 y 280 millones para 2040. Greensand, con sus 400.000 toneladas, representa menos del 1% de esa meta.

La infraestructura, sin embargo, está diseñada para crecer. INEOS y sus socios, Harbour Energy y el fondo estatal danés Nordsøfonden, esperan escalar hasta 4 u 8 millones de toneladas anuales a medida que aumente la demanda. Es decir, multiplicar por veinte la capacidad actual. Para lograrlo, necesitarán más que biometano danés. Necesitarán CO₂ de cementeras, acerías y plantas químicas de toda Europa.

Porque ahí está el otro reto. El CO₂ que Greensand almacena en esta primera fase procede principalmente de plantas danesas de biometano. Es una decisión pragmática: el biometano ya genera una corriente de CO₂ relativamente limpia y concentrada, fácil de capturar, y permite arrancar la cadena de valor sin esperar a que las industrias pesadas instalen sus propias plantas de captura. Es empezar por lo fácil para construir la infraestructura que después necesitarán los difíciles.

El viaje del carbono: de una planta de biometano al fondo del mar

La cadena de valor que Greensand ha puesto en marcha es, en sí misma, una hazaña logística. El CO₂ se captura en plantas de biometano danesas, se licúa y se transporta por camión hasta una terminal específica en el puerto de Esbjerg . Allí se almacena temporalmente antes de ser embarcado en el Carbon Destroyer 1, el primer buque de la UE construido específicamente para transportar CO₂ licuado.

El Carbon Destroyer 1 no es un carguero reconvertido. Es un barco diseñado desde cero para mantener el CO₂ a baja temperatura y presión durante el trayecto. Su nombre, con esa mezcla de ciencia y épica industrial, resume la ambición del proyecto: destruir el carbono, encerrarlo bajo el mar para que no vuelva a la atmósfera.

Una vez en el yacimiento de Nini West, el CO₂ se inyecta a 1.800 metros de profundidad. Allí, en los poros de una roca que antes contenía petróleo, queda atrapado. La integridad del reservorio ha sido evaluada por las autoridades geológicas danesas y certificada por DNV, la sociedad de clasificación más prestigiosa del sector .

Lo que no se cuenta: las dudas que flotan sobre el CCS

Sería fácil terminar aquí con una celebración. Greensand es, sin duda, un hito. Pero hay preguntas incómodas que el proyecto no responde del todo, y que conviene no barrer bajo la alfombra.

La primera es energética. Capturar, licuar, transportar e inyectar CO₂ consume mucha energía. Un análisis crítico del propio proyecto, presentado en consultas públicas danesas, estima que solo se evita entre el 70% y el 75% de las emisiones netas una vez contabilizado el consumo del propio sistema de CCS. Es decir, una cuarta parte de la energía del proceso se dedica a gestionar el carbono, no a eliminarlo.

La segunda es la escala real. El histórico de proyectos CCS en el mundo no es alentador. Según datos citados por críticos del proyecto, ningún proyecto de captura y almacenamiento ha alcanzado jamás sus objetivos de captura. Y en Dinamarca, ocho de cada diez plantas de cogeneración y residuos se retiraron de una licitación estatal de CCS en 2026, alegando riesgos económicos, incertidumbre sobre la disponibilidad de almacenes y un mercado inmaduro. Greensand es la excepción, no la norma.

La tercera es la paradoja de INEOS. La empresa que lidera Greensand sigue extrayendo petróleo y gas en el mar del Norte. Sus propias operaciones en las plataformas Siri y Syd Arne emiten entre 240.000 y 265.000 toneladas de CO₂ al año, según datos presentados en consultas públicas. Es decir, INEOS almacena 400.000 toneladas de CO₂ de terceros mientras sigue emitiendo cientos de miles de toneladas propias. El balance neto de la compañía no es necesariamente positivo.

Una herramienta necesaria, pero no suficiente

El comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, lo dijo en la inauguración: “Demostramos que podemos pasar de la demostración a la implementación” . Es cierto. Greensand demuestra que la infraestructura de CCS puede existir, que la cadena de valor puede funcionar, que el CO₂ puede capturarse, transportarse y enterrarse a escala comercial. Eso es un logro real, y durante años parecía imposible.

Pero también es cierto que el CCS no es una solución mágica. Es una herramienta para un problema específico: las emisiones que no se pueden evitar. Para el cemento, para el acero, para ciertos procesos químicos, puede ser la única salida. Para todo lo demás —electricidad, transporte, calefacción— hay alternativas mejores, más baratas y más rápidas: renovables, electrificación, eficiencia.

El riesgo es que el CCS se convierta en una excusa para retrasar esas alternativas. Que la promesa de enterrar el carbono sirva para justificar la continuación de industrias que podrían descarbonizarse de otra manera. Sir Jim Ratcliffe, presidente de INEOS, lo expresó con claridad: “Europa no logrará la neutralidad de carbono cerrando fábricas y exportando empleos”. Es un argumento poderoso. Pero también es el argumento que la industria fósil lleva décadas usando para no cambiar.

Greensand Future es un paso. Un paso importante, costoso y técnicamente complejo. Pero es un paso, no el destino. La pregunta que queda por responder es si Europa será capaz de construir cientos de proyectos como este, o si Greensand se quedará como una excepción solitaria en un mar de planes incumplidos.

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