Stefan Müller dirige un instituto en la TU Wien donde llevan décadas investigando algo que suena a ciencia antigua: cómo convertir madera en gas. No en el sentido metafórico de la expresión, sino literalmente. Calentar biomasa leñosa hasta que se descompone en un gas de síntesis que, después, se puede transformar en combustible líquido. Es una tecnología que en Austria conocen bien, que ha dado premios internacionales y que ha alimentado plantas piloto en medio mundo. Pero nunca había dado el salto que ahora se proponen dar.
La diferencia entre un laboratorio y una fábrica es enorme. Entre una planta piloto de 1 megavatio y una instalación comercial de 50 o 100 megavatios hay un abismo que muchos proyectos no logran cruzar. Ese abismo se llama escalabilidad, y es donde mueren las buenas ideas. La TU Wien quiere tender un puente sobre él. No con una planta comercial, todavía, sino con algo intermedio: un laboratorio de 5 megavatios térmicos donde la tecnología se pruebe en condiciones reales, con biomasa real, durante miles de horas, como si ya fuera una fábrica.
El proyecto se llama Advanced Bioenergy Lab Austria, y su primera fase acaba de arrancar con un fuerte impulso: 28 millones de euros de financiación pública. Detrás de esta idea hay un equipo potente de ocho instituciones austriacas, que van desde la propia TU Wien y el Instituto Austriaco de Tecnología hasta varias universidades y empresas de ingeniería. Lo mejor de todo es dónde va a estar la sede, en Zeltweg (Estiria), un lugar con mucho simbolismo: justo donde antes funcionaba una vieja central de carbón, ahora se le dará una nueva vida a los restos forestales para transformarlos en diésel sintético.
El objetivo declarado es ambicioso. Quieren demostrar que la agricultura y la silvicultura austriacas pueden dejar de depender del petróleo. Del todo. Al cien por cien. Y quieren hacerlo con un combustible que no requiere cambiar ni un solo tractor, ni una sola tubería, ni una sola estación de servicio.
El problema del escalón intermedio
Para entender por qué este proyecto importa, hay que entender un concepto que en la industria se llama «el valle de la muerte». No es una metáfora dramática. Es un término técnico. Describe ese punto en el que una tecnología ha demostrado que funciona en el laboratorio, pero todavía no es lo bastante grande como para atraer inversión industrial, ni lo bastante barata como para competir con lo que ya existe.
Los socios del consorcio austriaco llevan años atrapados en ese valle. Tienen plantas piloto de gasificación de 100 kilovatios y de 1 megavatio. Tienen reactores de Fischer-Tropsch de hasta 250 kilovatios. Funcionan. Producen combustible. Pero nadie va a construir una planta de 100 megavatios basándose en lo que pasa en una de 1 megavatio. La incertidumbre es demasiado alta.
El laboratorio de Zeltweg quiere ser el puente. Con 5 megavatios de potencia térmica de gasificación, no es una planta comercial, pero es lo bastante grande como para que los datos sean creíbles. Lo bastante grande como para que un ingeniero de una empresa de construcción de plantas pueda decir: «esto va a funcionar a escala industrial». Lo bastante grande como para que un inversor pueda mirar los números y no salir corriendo.
Como resume la ficha del proyecto, el objetivo es llenar el hueco entre la investigación y la implementación industrial, y dar confianza a los constructores de plantas, a los inversores y a los futuros operadores .
Cómo se convierte el serrín en diésel (en dos líneas paralelas)
La tecnología que hay detrás no es nueva. Se llama gasificación de lecho fluidizado de doble cama, y la TU Wien lleva desarrollándola desde hace décadas. El proceso es el siguiente: se introduce biomasa (astillas de madera, restos agrícolas, residuos forestales) en un reactor a alta temperatura. Sin oxígeno suficiente para que arda, la biomasa se descompone en un gas de síntesis compuesto principalmente por monóxido de carbono e hidrógeno .
Ese gas se limpia, se ajusta su composición, y a partir de ahí se bifurca en dos caminos.
El primero produce SNG, gas natural sintético. Es esencialmente metano renovable, y se puede inyectar directamente en la red de gas natural que ya existe en Austria. El segundo produce diésel Fischer-Tropsch, también conocido como «diésel de madera», mediante un reactor de columna de burbujas con suspensión. El combustible resultante cumple con las normas y puede usarse en cualquier motor diésel sin modificación .
La planta de Zeltweg tendrá capacidad para ambas líneas: 3 megavatios de SNG y 3 megavatios de crudo Fischer-Tropsch. Y, según el comunicado de la TU Wien, la idea es que en el futuro la misma plataforma pueda adaptarse para producir queroseno sostenible de aviación (SAF).
La promesa del «drop-in» (y el 90% de emisiones menos)
Hay un adjetivo que se repite en todos los documentos del proyecto: drop-in. Significa que el combustible se puede echar en el depósito de cualquier vehículo sin cambiar nada. Ni el motor, ni los filtros, ni las tuberías, ni las estaciones de servicio. Es la misma gasolina o el mismo diésel, pero hecho de otra cosa.
Eso es lo que hace que la propuesta sea atractiva para el sector que quiere descarbonizar primero: la agricultura y la silvicultura. Un agricultor no puede permitirse cambiar su tractor cada cinco años. Un silvicultor no puede electrificar una cosechadora que trabaja doce horas seguidas en el monte. Pero si el diésel que ya usan está hecho de los restos de sus propios bosques, la transición no requiere ninguna obra.
Según los datos del proyecto, estos combustibles pueden reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta un 90% en comparación con los fósiles, y cumplen con los requisitos de la Directiva de Energías Renovables de la UE .
Hay un detalle que añade un punto de interés estratégico. En abril de 2025, el Ministerio de Defensa austriaco firmó un acuerdo de cooperación con el Advanced Bioenergy Lab y el Biomasse-Verband. El objetivo: que el ejército austriaco pueda usar este diésel de madera en sus vehículos. La hoja de ruta habla de 70 millones de litros anuales para 2030 y 350 millones para 2040 . Para un país sin petróleo propio, la autonomía energética no es solo un eslogan.
Lo que aún no se sabe (y lo que puede salir mal)
Es un proyecto muy ambicioso, pero no lo va a tener fácil porque todavía quedan bastantes dudas en el aire. La primera, como siempre, es el dinero. Aunque los 28 millones de euros aseguran levantar el laboratorio, no hay ninguna garantía de que la tecnología sea rentable cuando toque dar el salto al mercado comercial. De hecho, los propios informes del proyecto admiten que los costes de inversión se han disparado más de un 50% entre 2019 y 2024. Además, depender de normativas que cambian a cada rato hace que los ingresos sigan siendo una moneda al aire.
El segundo gran obstáculo está en el precio de los catalizadores, que actúan como el «motor químico» del proceso. Los reactores que usan (de tipo Fischer-Tropsch) necesitan cobalto o hierro. El problema es que, al comprarlos en cantidades pequeñas para investigar, la tonelada se va a unos 200.000 euros. Si se produjera a gran escala, ese precio caería a unos 6.000 euros. Esta brecha desaparecerá cuando suba la demanda, pero mientras tanto, mantiene los costes de operación por las nubes.
El tercero es el tiempo. La fase 1 del proyecto termina en septiembre de 2027 . Para entonces, el laboratorio debería estar operativo y produciendo datos. Pero los datos de rendimiento a largo plazo, esos que realmente convencen a un inversor, tardarán años en acumularse.














