En el campus de la Universidad Politécnica de Florida, en Lakeland, hay un aparato que parece sacado de un capítulo de Los Supersónicos. Se llama Astro, en honor al perro de la mítica serie de animación, y es un vehículo eléctrico de despegue y aterrizaje vertical. Ocho hélices, una cabina abierta con barra antivuelco, un joystick para pilotarlo y una pequeña luz de policía en la parte superior. La universidad lo presentó a finales de octubre con el orgullo de quien enseña un trofeo: según ellos, es el primer vehículo volador tripulado que se incorpora a un cuerpo de policía en Estados Unidos.
El precio: cerca de 150.000 dólares. La marca: Jetson, una empresa sueca con sede operativa en Italia y oficinas en California, que fabrica el Jetson ONE, el modelo en el que se basa Astro. La lista de espera para comprar uno de estos cacharros es de tres años, pero la universidad consiguió que se lo adelantaran. Stéphan D’haene, consejero delegado de Jetson, explicó que lo hicieron porque el proyecto encajaba con su idea de darle un uso más allá del recreativo a su tecnología .
Y ahí está la clave de todo. El Jetson ONE no es un coche volador en el sentido en que lo entendemos. No rueda por la carretera. No tiene puertas ni maletero. Es, en la práctica, un dron gigante en el que te puedes subir. Pesa unos 86 kilos sin batería, aguanta hasta 95 kilos de piloto, alcanza los 102 kilómetros por hora y vuela durante unos 20 minutos por carga . La idea de la policía del campus es usarlo para buscar personas desaparecidas, llegar a zonas a las que un coche no puede acceder, llevar suministros de emergencia después de una tormenta o echar un ojo desde el aire cuando haya un accidente .
La limitación que nadie quiere mencionar
Aquí viene el problema. Astro no puede patrullar todavía. La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) lo clasifica como ultraligero, una categoría pensada para vuelos deportivos y recreativos. Una patrulla policial no es ninguna de las dos cosas. La universidad dice que está en la fase final de la aprobación y que espera tenerla entre noviembre y diciembre. Pero, de momento, el vehículo está en el campus, se ha presentado a la prensa, se ha posado para las fotos, y no puede hacer nada de lo que promete.
Y luego está el detalle de los 20 minutos de autonomía. Aaron Murray, el jefe de policía que ya se ha entrenado para pilotarlo, defiende que eso es suficiente para misiones rápidas. Su argumento tiene cierta lógica: un dron no puede llevar a un agente hasta la escena para practicar una RCP o poner un torniquete, y un helicóptero tarda mucho más en despegar y llegar. Pero 20 minutos, en la práctica, significa que Astro puede hacer un reconocimiento rápido y volver. No puede quedarse vigilando, no puede seguir a nadie durante mucho rato, no puede hacer patrullas largas. Es una herramienta de respuesta inmediata, no de vigilancia sostenida.
Y hay otra limitación física: solo cabe una persona. Astro no puede evacuar a un herido. No puede llevar a un detenido. No puede transportar a un compañero. Es un vehículo para que un agente llegue antes, vea lo que pasa y actúe. Poco más.
El laboratorio de ingeniería que va con ruedas (o con hélices)
La otra mitad de la historia es la que menos titulares ha generado, pero la que quizá tenga más recorrido. Florida Poly estrenó este otoño un grado en ingeniería aeroespacial, y Astro va a ser su laboratorio volante. Los estudiantes van a trabajar con los datos reales de vuelo, van a analizar los esfuerzos en los componentes de fibra de carbono, van a intentar aligerar la estructura para ganar minutos de autonomía. Matt Bohm, el director del departamento de Ingeniería Mecánica, Industrial y Aeroespacial, lo resumió con una frase que suena a eslogan pero que tiene sentido: «Queremos que nuestros estudiantes trabajen con tecnologías emergentes antes de que se conviertan en algo cotidiano» .
Ese enfoque es interesante. En lugar de esperar a que la tecnología esté madura, la universidad la compra, la usa y deja que sus alumnos la desmonten, la analicen y propongan mejoras. Si los estudiantes consiguen, por ejemplo, reducir un 20% el peso de la estructura de fibra de carbono, eso se traduce directamente en más tiempo de vuelo. Y si el proyecto policial no prospera, al menos habrán aprendido algo.
Un precedente que invita a la prudencia
No es la primera vez que alguien intenta meter un eVTOL en un cuerpo de policía. Dubái probó en 2018 la moto voladora Hoversurf S3. Hilliard, en Ohio, anunció en 2021 un proyecto con un eVTOL para su policía que, hasta donde se sabe, no pasó de la propuesta. La Policía Nacional española probó en 2022 el EH216 de la china EHang, un dron biplaza sin piloto . Ninguno de esos proyectos ha llegado a algo parecido a una patrulla rutinaria.
Astro es diferente en un aspecto: lo pilota un agente, no va solo. Eso lo hace más parecido a un vehículo tripulado que a un dron autónomo. Pero las limitaciones son las que son. La FAA no tiene prisa por autorizar vuelos policiales en aparatos que, en esencia, son ultraligeros recreativos. Y la autonomía de 20 minutos no va a cambiar por mucho que la universidad lo presente como una revolución.
La presentación de Astro es, en el fondo, una apuesta. Una apuesta de una universidad que quiere estar en el mapa de la movilidad aérea avanzada, de una empresa que quiere demostrar que su producto sirve para algo más que para darse una vuelta, y de un jefe de policía que prefiere ser el primero en probar algo nuevo que el último en enterarse de que existía. Si la FAA autoriza los vuelos en diciembre, Astro empezará a sobrevolar el campus de Lakeland. Y entonces veremos si esos 20 minutos dan para algo o si, como sospechan los más escépticos, el coche volador de Los Supersónicos sigue siendo, por ahora, más una idea bonita que una herramienta útil.













