Si alguno de los que lee estas líneas trabaja en el sector, sabe lo que es abrir una sala de servidores y que te golpee una bocanada de aire caliente. Para el común de los mortales basta con ver como arde su portátil después de un rato encima de sus piernas para imaginarse eso multiplicado. Ese calor es energía. Mucha. Y hasta ahora, en la mayoría de los centros de datos, simplemente se tiraba a la calle.
Los centros de datos no son unos desconocidos, hemos hablado en muchas ocasiones de ellos porque más del 80% de la electricidad que consumen los servidores se transforma en calor. Mantenerlos frescos cuesta aún más energía y en muchas ocasiones hemos hablado de soluciones que se buscan para que esa energía sea verde y aligerar el coste. Porque actualmente es una doble factura: gastas para que funcionen y gastas para que no se fundan.
El trabajo siempre se suele orientar en cómo hacer funcionar esos centros de datos con energía renovable y pocas a qué hacer con ese calor que desprenden. Así era, hasta ahora. Un equipo del Instituto Tecnológico de la Energía (ITE) y AIDIMME está trabajando, con financiación de IVACE+i y fondos FEDER, en el proyecto CECS para dejar de ver ese calor como un residuo y empezar a tratarlo como un recurso.
El rack que lo empezó a contar todo
El punto de partida de todo este proyecto no es solo teoría. El ITE construyó un rack experimental completamente instrumentado, metido dentro de un recinto hecho con materiales sostenibles. Allí lo han sometido a distintas cargas de trabajo para medir, con precisión de relojero, cuánta electricidad entra y cuánto calor sale.
Luis Enrique Ruiz, responsable del proyecto en el ITE, lo resume con claridad: la clave es entender que lo que siempre se ha visto como un residuo puede convertirse en un recurso útil. El objetivo es pasar de la queja por el calor a la oportunidad de aprovecharlo.
Con esos datos, están construyendo un gemelo digital. Combinan modelos físicos con aprendizaje automático para simular qué pasaría si cambias la carga, la refrigeración o el aislamiento, sin tener que tocar una instalación real cada vez.
Sacar los servidores del aire y meterlos en líquido
La refrigeración tradicional por aire se queda corta. Con la inteligencia artificial apretando, los racks son cada vez más densos y el aire ya no llega a todo. Como explica el sector, la refrigeración líquida puede ser hasta 3.000 veces más efectiva que el aire.
En el CECS están comparando la climatización convencional con la refrigeración por inmersión, donde los componentes electrónicos se sumergen directamente en un fluido dieléctrico. Prácticamente no hay disipación de calor a la sala y las temperaturas de trabajo permiten que los compresores trabajen menos horas.
No es magia ni está exento de retos. La inversión inicial es alta, muchos centros existentes no están diseñados para líquido y falta estandarización. Por eso el proyecto habla de estudiar viabilidad, no de milagros instantáneos.
Cuando el calor de tus datos calienta otra cosa
Si el calor se captura a alta temperatura gracias al líquido, deja de ser un problema y se convierte en una fuente de energía para otros procesos que necesitan calor: desde calefacción hasta procesos industriales.
La idea es buena, pero como todo, tiene sus matices. El propio ITE advierte que recuperar calor no siempre sale a cuenta. Hay que evaluar si existe una demanda térmica compatible cerca y si la integración técnica y económica tiene sentido. No se trata de recuperar por recuperar.
En el proyecto piloto de Barcelona con refrigeración líquida, el calor capturado ya se reutiliza para la calefacción de la zona de oficinas, y esperan que en el futuro beneficie a alguna industria cercana. Es la prueba de que el círculo se puede cerrar.
Aislar con cañas, cáscara de arroz y posidonia
El proyecto tiene un parte inesperada. AIDIMME no solo aporta su conocimiento en refrigeración. También está estudiando materiales aislantes de origen vegetal para las propias salas de servidores: cañas, cáscara de arroz y posidonia, esa planta marina que a veces molesta en las playas y que aquí se reivindica como recurso.
El reto está ahí, pero no se parte de cero. AIDIMME ya había investigado estos biomateriales en proyectos anteriores para construcción. Ahora se trata de ver si pueden mantener el calor dentro (o el frío fuera) en un entorno tan exigente como un centro de datos.
El CECS no busca una bala de plata. Combina tres frentes: gestionar mejor el calor de los equipos, recuperar el que sobra y mejorar la envolvente del edificio para que no se escape. Una visión de 360 grados que, además, beneficia a un tejido industrial valenciano de unas 379 empresas vinculadas al sector.
El proyecto CECS no promete centros de datos gratuitos ni cero emisiones mañana. Promete algo más terrenal y quizá más valioso: dejar de desperdiciar. Convertir un problema de calor en una oportunidad de eficiencia, con materiales que a veces tenemos delante de la playa o en el campo.
El mundo avanza a pasos agigantaos y la IA es cada vez más frecuenta en multitud de procesos y en el día a día de los usuarios. Mientras la inteligencia artificial nos pide más y más servidores, la pregunta ya no es solo cómo enfriarlos, sino qué hacemos con el calor que generan. En Valencia, un grupo de investigadores está intentando que la respuesta no sea, sencillamente, tirarlo por la ventana.














