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Lo que sobra en las conserveras y las plantas de biomasa puede ser la solución para 5.000 hectáreas de suelos envenenados por la minería: investigadores de Huelva y Granada han logrado neutralizar la acidez y retener arsénico, plomo y cobre con una mezcla de cenizas y restos de pescado

Lo que sobra en las conserveras y las plantas de biomasa puede ser la solución para 5.000 hectáreas de suelos envenenados por la minería: investigadores de Huelva y Granada han logrado neutralizar la acidez y retener arsénico, plomo y cobre con una mezcla de cenizas y restos de pescado

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 12.08.2026 16:00

Caminar hoy por ciertas zonas de la Faja Pirítica Ibérica, especialmente en el corazón de la provincia de Huelva, evoca paisajes que bien podrían pertenecer a Marte. Suelos de tintes rojizos, ocres y amarillentos donde la vida parece haber hecho las maletas hace mucho tiempo. No es un capricho de la naturaleza, sino la cicatriz visible de siglos de explotación minera intensiva. Durante generaciones, la extracción de sulfuros metálicos trajo riqueza y empleo a la región, pero cuando las máquinas se apagaron y las empresas se marcharon, dejaron atrás un legado envenenado.

Más de 5.000 hectáreas de terreno se encuentran hoy en un estado de degradación extrema, con niveles de acidez tan elevados que queman las raíces de cualquier planta que intente brotar y con una carga silenciosa pero letal de metales pesados como el arsénico, el plomo y el cobre. Cada vez que llueve, el agua entra en contacto con la tierra estéril y genera lixiviados ácidos, torrentes invisibles que arrastran estos venenos hacia los acuíferos y ríos cercanos, cronificando un problema medioambiental y de salud pública de dimensiones colosales.

Hasta hace poco, la solución para este tipo de desastres pasaba por costosos tratamientos químicos industriales o por el confinamiento de la tierra enferma, técnicas que a menudo solo trasladaban el problema de lugar o vaciaban las arcas públicas. Sin embargo, la verdadera revolución ecológica suele ocurrir cuando dejamos de mirar los problemas de forma aislada y empezamos a conectar los puntos. Esto es precisamente lo que ha hecho un equipo de científicos de las universidades de Huelva y Granada. Al levantar la vista de los suelos contaminados, observaron las industrias locales vecinas y se hicieron una pregunta que al principio sonaba disparatada: ¿y si la solución para limpiar la peor contaminación de la tierra estuviera escondida en los cubos de basura de las conserveras de pescado y en los hornos de las plantas de energía de biomasa? Con esta premisa, han logrado desarrollar un método pionero basado en la economía circular que no solo neutraliza la acidez extrema de la mina, sino que actúa como una jaula química capaz de atrapar los metales pesados para siempre, devolviendo la esperanza a miles de hectáreas que se daban por perdidas.

El secreto está en la espina

La magia de este hallazgo científico radica en una combinación inesperada de dos residuos que, hasta ahora, suponían un quebradero de cabeza logístico y ambiental para sus propias industrias. Por un lado, las plantas de energía por biomasa generan toneladas de cenizas que terminan acumulándose en vertederos. Por otro, la potente industria conservera andaluza descarta diariamente toneladas de restos de pescado, principalmente cabezas, vísceras y raspas. Los investigadores descubrieron que, al mezclar estos dos desechos en las proporciones adecuadas y aplicarlos sobre el suelo minero, se desencadena una reacción química tan potente como natural.

Las cenizas de biomasa actúan como un potente escudo alcalino. Debido a su naturaleza, tienen una enorme capacidad para corregir el pH de la tierra de forma inmediata. Al elevar el pH —es decir, al reducir la acidez extrema del suelo—, los metales pesados disueltos que antes campaban a sus anchas e inundaban el entorno empiezan a perder su movilidad. Sin embargo, la ceniza por sí sola no bastaba para garantizar que el veneno se quedara quieto a largo plazo. Ahí es donde entran los restos de pescado, un ingrediente que aportó la gran sorpresa del estudio publicado en la plataforma de divulgación científica Andalucía Investiga.

Una jaula química hecha de fósforo

«De las cenizas de biomasa ya conocíamos su capacidad para corregir el pH ácido, pero no la capacidad de los residuos de pescado, principalmente de las espinas ricas en fósforo, para inmovilizar los metales procedentes del suelo de mina», explican los responsables del proyecto. El tejido óseo de los peces está compuesto en gran parte por fosfatos de calcio. Cuando estos compuestos entran en contacto con el suelo contaminado, reaccionan con el plomo, el cobre y el arsénico, dando lugar a nuevos minerales altamente estables.

En la práctica, lo que hace esta mezcla es «secuestrar» los contaminantes. Los transforma químicamente en minerales insolubles que se quedan atrapados en la matriz del suelo. Aunque llueva con fuerza, el agua ya no es capaz de disolverlos ni de arrastrarlos hacia los ríos o hacia las raíces de la vegetación. El veneno sigue estando ahí físicamente, pero ha sido desactivado: está completamente neutralizado y ya no es peligroso para el medio ambiente.

Superando el examen más estricto de Europa

Para demostrar que este sistema no era una simple teoría de laboratorio, el equipo de investigación sometió la mezcla de suelo minero y residuos a una de las pruebas de estrés más exigentes del continente: el test de lixiviación EN-12457-2, regulado por la estricta normativa de la Unión Europea. El suelo de partida, extraído directamente de zonas críticas como Riotinto o Tharsis, arrojó datos escalofriantes, mostrando concentraciones de sulfatos, hierro y aluminio tan desorbitadas que la legislación europea obliga a clasificarlo directamente como «residuo peligroso».

Los experimentos consistieron en mezclar un 60% de este suelo envenenado con un 40% de la enmienda orgánica de cenizas y restos de pescado. Los resultados superaron todas las expectativas. Tras someter la mezcla a lavados continuos de agua para simular años de lluvias torrenciales, los análisis demostraron que la acidez caía en picado y que la liberación de arsénico, plomo y cobre se reducía drásticamente, manteniéndose retenidos en la tierra de forma segura. El agua que se filtraba a través del suelo tratado salía limpia de metales tóxicos.

El renacer de la Faja Pirítica

Este avance tecnológico abre la puerta a un cambio de paradigma histórico en la gestión de los pasivos ambientales de la minería en el sur de España. Tradicionalmente, la restauración de un suelo degradado implicaba un gasto energético y económico inasumible para las administraciones. Al utilizar subproductos locales que las conserveras y las plantas de biomasa necesitan desechar, el coste del proceso se reduce de forma drástica, transformando dos problemas medioambientales en una solución conjunta.

El objetivo final de los investigadores de Huelva y Granada no es solo estabilizar la química del suelo, sino devolverle la vida. Al neutralizar la acidez y fijar los metales pesados, la tierra recupera las condiciones mínimas necesarias para que los microorganismos vuelvan a colonizarla y para que la vegetación autóctona mediterránea, como las jaras y los brezos, pueda echar raíces de nuevo. Es el primer paso para que las más de 5.000 hectáreas heridas por la minería dejen de ser un desierto tóxico marciano y vuelvan a integrarse, poco a poco, en los ecosistemas vivos de Andalucía.

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