Durante años, la transición energética se ha centrado en dos grandes frentes: generar más renovables y abaratarlas. Pero ha habido siempre varios asuntos sobre la mesa por solucionar. Uno de ellos tiene que ver con el almacenamiento masivo para que la red no dependa de si hace solo viento.
Durante años, la solución ha sido quemar gas cuando fallan unas y otras. Pero eso se acaba. La verdadera solución no es generar más renovables, sino aprender a guardarlas como nunca antes se había hecho. Y ese aprendizaje acaba de empezar a 27 metros bajo tierra, en la localidad suiza de Laufenburg.
Allí, la empresa FlexBase está construyendo la que será la batería de flujo redox más potente del planeta. No es una pila gigante de las que todos imaginamos. Es algo mucho más ingenioso y, sobre todo, mucho más duradero.
Una zanja más larga que dos campos de fútbol
La instalación no se levanta sobre el suelo. Se excava. La estructura principal será una zanja subterránea de una longitud superior a la de dos campos de fútbol alineados. Sobre ella se edificará un complejo tecnológico de 20.000 metros cuadrados que incluirá desde centros de datos para inteligencia artificial hasta oficinas y laboratorios.
A 27 metros de profundidad se alojarán dos enormes depósitos de líquido electrolítico. No son líquidos exóticos ni peligrosos. Se trata de una disolución de vanadio, un metal que tiene una propiedad fascinante: puede existir en varios estados de oxidación diferentes, lo que le permite almacenar y liberar electrones una y otra vez sin apenas degradarse.
El sistema funcionará así: cuando haya excedentes de energía solar o eólica, unas bombas harán circular los dos líquidos electrolíticos a través de unas celdas electroquímicas. Allí se produce la reacción de carga, quedando la energía almacenada en los tanques. Cuando la red demande electricidad y las placas o los aerogeneradores no estén produciendo lo suficiente, se invierte el flujo y la batería libera la energía acumulada.
Más rápido que una central de gas
La cifra que ha puesto a toda la industria energética europea en alerta es esta: 1,2 GWh de capacidad. Para que nos entendamos, los responsables del proyecto la comparan con la potencia instantánea de una pequeña central nuclear. Pero hay un dato aún más relevante: este sistema puede pasar de absorber energía a inyectarla en la red en cuestión de milisegundos.
Esa velocidad de respuesta es fundamental. Las redes eléctricas necesitan un ajuste constante entre lo que se produce y lo que se consume. Un desajuste de apenas unos segundos puede provocar apagones. Hasta ahora, ese equilibro lo proporcionaban las centrales de gas, que pueden encenderse y apagarse con rapidez. Pero el gas emite CO₂ y cuesta dinero. Esta batería líquida hará el mismo trabajo sin emisiones y con un coste operativo mucho menor.
La previsión es que la planta de Laufenburg entre en funcionamiento en 2029. Cuando lo haga, generará unos 300 puestos de trabajo directos. La inversión estimada oscila entre los 1.000 y los 5.000 millones de francos suizos. Una horquilla tan amplia indica que estamos ante un proyecto de dimensiones casi inabarcables, cuyo coste final dependerá de los desafíos técnicos que vayan apareciendo.
Por qué el vanadio gana al litio
Quien haya seguido la actualidad de los coches eléctricos estará acostumbrado a oír hablar de baterías de ion-litio. Son potentes, relativamente ligeras y han revolucionado la movilidad. Pero para almacenamiento estacionario a escala de red, el litio tiene dos problemas graves: degradación y seguridad.
Las baterías redox de vanadio resuelven ambos problemas. Su electrolito líquido apenas se degrada. Después de 20.000 ciclos, su capacidad sigue siendo prácticamente la misma. Y si se estropea algo, se cambia el líquido, que puede reutilizarse. Además, no hay riesgo de incendio porque el electrolito no es inflamable. Su único inconveniente es el coste inicial.
El problema del vanadio
No todo es color de rosa. El vanadio no es un metal especialmente abundante ni barato. Gran parte del suministro mundial depende de China, Rusia y Sudáfrica. Eso introduce una variable geopolítica y de volatilidad de precios.
Japón, China y Corea del Sur llevan años desarrollando esta tecnología y actualmente se consideran varios años por delante de Europa. Con la planta de Laufenburg, el Viejo Continente da un golpe sobre la mesa. Lo fascinante del proyecto suizo es que no es un experimento de laboratorio ni un prototipo. Es una obra civil en marcha. Dentro de tres años, cuando se conecte a la red, dejará de ser noticia y pasará a ser infraestructura.
Es una tecnología más prometedora. Europa ha decidido apostar por ella. Y la apuesta está ya a 27 metros bajo tierra.









