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En 1963 una petrolera franquista buscaba crudo en Huesca y tapó el pozo decepcionada con lo que encontró: 63 años después aquel gas que despreciaron vale 900 millones y Europa lo persigue

En 1963 una petrolera franquista buscaba crudo en Huesca y tapó el pozo decepcionada con lo que encontró: 63 años después aquel gas que despreciaron vale 900 millones y Europa lo persigue

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 12.06.2026 16:30

Llevamos años buscando fuentes de energía renovables y limpias. Las de siempre —el sol, el viento y el agua— tienen dos pegas conocidas: no producen de forma constante y almacenar su energía sigue siendo un quebradero de cabeza. Por eso, en los últimos años ha entrado con fuerza el hidrógeno en el radar, con toda su paleta de colores, como si de elegir modelito se tratase: verde, gris, azul, turquesa…

Todos esos colores comparten un problema común: hay que fabricarlos. Unas veces con electricidad, otras con gas natural, otras con carbón. Es decir, siempre cuesta energía y dinero conseguir esa fuente de energía. El hidrógeno verde, el más limpio, se mueve hoy entre los 4 y los 8 euros por kilo en Europa, varias veces más caro que el gris de origen fósil, que ronda los 2. Y mientras Europa se desespera por abaratar costes, la solución más obvia llevaba décadas durmiendo bajo nuestros pies sin que nadie la mirase.

El hidrógeno natural (también llamado blanco o dorado) es el que se encuentra libre en el subsuelo, formado por procesos geológicos espontáneos, sin que ningún ser humano tenga que fabricarlo. Se genera cuando rocas ricas en hierro entran en contacto con agua a altas temperaturas: el hierro «roba» el oxígeno del agua y lo que sobra es hidrógeno. Millones de toneladas al año, durante millones de años, acumulándose en trampas subterráneas similares a las del gas natural.

Tener eso en el subsuelo es como tener una mina de oro por explotar. Y en España guardamos una historia de oportunidad perdida que ahora puede convertirse en redención energética: la del pozo Monzón-1, en Huesca, donde en 1963 una petrolera pública del franquismo perforó en busca de crudo, encontró algo que no esperaba y lo tapó, decepcionada. Ese algo era hidrógeno de gran pureza. Sesenta y tres años después, aquel gas despreciado vale una fortuna. Y Europa lo persigue.

El pozo que se tapó porque el hidrógeno «no servía para nada»

En la España de los 60, encontrar petróleo propio era un sueño económico y geopolítico. La Empresa Nacional de Petróleos de Aragón (ENPASA), vinculada al INI, el Instituto Nacional de Industria del régimen, perforó varios sondeos en la provincia de Huesca persiguiendo ese oro negro. Uno de ellos fue Monzón-1, al este de la ciudad, entre lo que hoy es la autovía A-22 y la vía férrea Zaragoza-Lleida, sobre los depósitos aluviales del río Cinca.

A unos 3.600 metros de profundidad, lo que apareció no fue petróleo, sino un gas incoloro e inodoro atrapado en areniscas bajo una gruesa capa de sal. Los análisis de la época determinaron que se trataba de hidrógeno de una pureza muy alta. Pero en 1963 no había mercado para eso: no existían pilas de combustible, no había coches de hidrógeno, nadie hablaba de descarbonización. Era un subproducto industrial sin valor energético real. Así que la empresa hizo lo que entonces parecía lógico: taponó el pozo, lo abandonó y siguió buscando petróleo.

Visto desde hoy parece un error histórico, pero en aquel momento fue la decisión más comprensible. Durante décadas, nadie volvió a mirar aquellos datos. Mientras, el hidrógeno seguía acumulándose bajo tierra, generándose lentamente por la reacción del agua con las rocas ricas en hierro bajo los Pirineos.

900 millones de euros después: Helios Aragón resucita el sueño

En 2020, antes de que el hidrógeno natural se pusiera de moda, una empresa llamada Helios Aragón obtuvo un permiso de investigación de hidrocarburos sobre la zona de Monzón. Sus geólogos habían rebuscado en los archivos históricos y dado con el informe del pozo abandonado. La pregunta era inevitable: si en aquella época sin medios tropezaron con el hidrógeno, ¿qué no se podría hacer ahora con la tecnología actual?

Los cálculos de la compañía, dirigida por Ian Munro, son golosos: un volumen recuperable de 1,1 millones de toneladas en el campo de Monzón —y entre 5 y 10 millones en el conjunto de sus permisos—, con una producción de entre 55.000 y 70.000 toneladas anuales durante 20 o 30 años. La inversión prevista ronda los 900 millones de euros a pleno desarrollo, empezando por unos 12 millones para el primer sondeo de confirmación, bautizado Monzón-2.

Para explotar la mina se usarían técnicas similares a las de un pozo de gas natural convencional —sin fracking, prohibido en España—, vendiendo el gas directamente a la industria de la zona a través de hidroductos, sin almacenarlo a gran escala. ¿El coste de producción estimado? Desde 0,60 euros por kilogramo, según la propia empresa. Una cifra ridícula comparada con los 4-8 euros del hidrógeno verde actual, y por debajo incluso del gris de origen fósil.

EL DATO CLAVE
COSTE DE EXTRACCIÓN
0,60 €/kg
frente a los 4-8 €/kg del hidrógeno verde y los ~2 €/kg del gris fósil
RESERVA EN MONZÓN
1,1 Mt
recuperables más probables; hasta 5-10 millones de toneladas en el conjunto de permisos
PRODUCCIÓN PREVISTA
55-70.000 t
al año durante 20-30 años, con una inversión de 900 millones de euros

Hay, además, un premio extra escondido en el subsuelo de Monzón: helio. Suele aparecer asociado al hidrógeno y la Unión Europea lo considera «materia prima crítica» porque en todo el continente solo lo produce Polonia. Si el sondeo lo confirma, sería la primera producción de helio de España, un gas imprescindible en medicina, tecnología e investigación.

El problema legal: ni petróleo ni gas

En 2021, España aprobó la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que en su artículo 9 vetó las nuevas actividades de exploración y producción de hidrocarburos. El problema es que el hidrógeno natural no es ni petróleo ni gas natural. Es otra cosa. Y la ley, simplemente, no lo contempla: ni lo prohíbe como hidrocarburo ni lo regula como recurso propio.

Ahí está el nudo. Helios obtuvo sus permisos en 2020, antes de la ley, pero bajo el régimen de hidrocarburos, y colectivos ecologistas llevan años cuestionando que un permiso de hidrocarburos ampare la búsqueda de un gas que no lo es; de hecho, su presión logró que la tramitación ambiental del sondeo se elevara al nivel ordinario, el más exigente. La clasificación tampoco es un tecnicismo menor: si el proyecto se desarrolla por la vía de los hidrocarburos, Monzón cobraría un canon estimado de 15-20 millones de euros al año; si se tramita como recurso minero, la ley no contempla ni un euro para el municipio.

El contraste con el vecino del norte es sangrante. Francia reformó su código minero en 2022 para reconocer expresamente el «hidrógeno nativo» como recurso, y a finales de 2023 concedió su primer permiso de exploración en los Pirineos Atlánticos, al otro lado de la misma cordillera que genera el hidrógeno de Monzón. En Lorena, mientras tanto, el CNRS estima un potencial de unos 46 millones de toneladas. Misma geología, dos mundos legales.

Aun así, algo empieza a moverse. A finales de 2025, la evaluación ambiental del pozo Monzón-2 entró en su fase final de revisión, con resolución comprometida para principios de 2026. Y hace apenas unos días llegó otra señal: el Gobierno de Aragón concedió a la minera SAMCA un permiso de exploración de hidrógeno natural en 17 municipios del Somontano, el Cinca Medio y La Litera, que se solapa con la zona donde Helios, más avanzada, lleva años trabajando. La fiebre del hidrógeno oscense ya tiene dos jugadores.

El resto del mundo no espera: Mali, Baviera y el despertar global

Mientras España resuelve su papeleo, el resto del planeta mueve ficha a toda velocidad. En 2020 había 10 empresas buscando hidrógeno natural en el mundo; a finales de 2023 eran 40, según Rystad Energy, y hoy rondan el centenar. El ejemplo más avanzado es el de Bourakébougou (Mali), el único yacimiento en explotación comercial del mundo: un pozo descubierto por accidente en 1987 que hoy genera electricidad para el pueblo con un gas de un 98% de pureza. Lo más fascinante es que la presión del pozo apenas ha variado en 14 años de producción, lo que sugiere que el sistema se regenera continuamente.

En Baviera (Alemania), el geólogo Jürgen Grötsch, ex de Shell y hoy en la Universidad de Erlangen-Núremberg, ha detectado concentraciones de más de 500 partes por millón de hidrógeno en el suelo, indicio de un posible yacimiento a unos 1.500 metros de profundidad. En Estados Unidos, Nebraska concentra varias empresas explorando formaciones similares.

Y luego está la gran estimación del US Geological Survey: en la corteza terrestre podrían acumularse unos 5,6 billones de toneladas de hidrógeno natural. La mayoría está demasiado profundo o disperso para extraerlo, pero los geólogos calculan que, si se pudiese aprovechar solo un 2% del total, bastaría para cubrir el consumo humano de hidrógeno durante unos 200 años.

Lo que necesita España para no repetir el error de 1963

El hidrógeno natural no es la panacea: quedan retos tecnológicos y ambientales por resolver, y nadie ha demostrado todavía una explotación a gran escala fuera del pequeño campo de Mali. Pero el mayor obstáculo para que España aproveche su filón sigue siendo legal. Mientras el Gobierno no decida si el hidrógeno natural es un recurso minero, un recurso energético o un simple «error de clasificación», la inversión seguirá en pausa. En el 63 teníamos un caramelo y lo enterramos. Ahora vuelve a estar al alcance de la mano, Francia ya ha hecho los deberes al otro lado del Pirineo, y sería una ironía histórica que el mismo tesoro se quedara bajo tierra otra vez por una cuestión que se arregla con un papel. La diferencia es que esta vez el desenlace se decide en los próximos meses.

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