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Mercedes ha cogido su batería más top y la ha sumergido en un aceite mágico, ha sellado la carcasa para que aguante 10 años y la ha montado en un coche

Mercedes ha cogido su batería más top y la ha sumergido en un aceite mágico, ha sellado la carcasa para que aguante 10 años y la ha montado en un coche

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Por: Luis Reyes

Publicado: 06.08.2026 12:00

Hay una escena que se repite últimamente en muchos laboratorios de baterías desde hace un par de años. Un ingeniero sumerge un módulo de celdas en un líquido transparente, casi como si lo metiera en un acuario, y luego lo somete a una carga rápida brutal y bueno, antes de que te eches las manos a la cabeza, no pasa nada raro.

No hay chispazos, no hay humo, no hay olor metálico. El módulo, simplemente, se enfría solo, envuelto en un fluido que no conduce electricidad pero sí conduce calor con una eficacia que el aire jamás podría igualar.

Ese fluido es un aceite dieléctrico, y su papel en el futuro de las baterías —sobre todo en coches eléctricos, pero también en el almacenamiento energético a gran escala— está dejando de ser una curiosidad de nicho para convertirse en una apuesta seria de varios fabricantes.

El problema que nadie quiere admitir (al menos en voz alta)

Las baterías de iones de litio odian el calor. Lo odian tanto que buena parte del diseño de un pack moderno no gira en torno a cuánta energía puede almacenar, sino en torno a cómo evitar que esa energía se convierta en un problema térmico. Cuando una celda se calienta más de lo debido, pierde capacidad, envejece más rápido y, en el peor de los escenarios, puede entrar en lo que la industria llama «fuga térmica», una reacción en cadena donde una celda defectuosa calienta a la de al lado, y esa a la siguiente, hasta que el fallo se propaga por todo el módulo.

Durante años, la respuesta estándar fueron las placas frías o lo que vienen siendo estructuras metálicas por donde circula un líquido refrigerante, normalmente agua con glicol, colocadas debajo o al lado de las celdas. Funciona, pero tiene un límite físico evidente y es que el calor solo se extrae por un punto de contacto. El resto de la celda queda, en la práctica, a su suerte.

La refrigeración por inmersión cambia esa lógica. En lugar de tocar la batería en un solo punto, la envuelve entera porque está sumergida.

Sumergir en lugar de tocar

La idea, dicho de forma sencilla, es meter las celdas directamente dentro de un baño de aceite que no conduce electricidad. Ese matiz —que no conduzca electricidad— es lo que hace posible la técnica porque cualquier líquido conductor provocaría un cortocircuito instantáneo entre los polos de la batería. El aceite dieléctrico, en cambio, puede rodear cada celda sin generar ningún riesgo eléctrico, mientras absorbe el calor de forma mucho más uniforme que una placa metálica.

No existe un único tipo de aceite para esto. Los fabricantes recurren sobre todo a polialfaolefinas sintéticas, un tipo de aceite muy estable a distintas temperaturas y compatible con los plásticos y sellos que ya llevan las celdas de serie. También se usan ésteres sintéticos y en aplicaciones más exigentes —centros de datos, por ejemplo— fluidos fluorados que ofrecen un rendimiento dieléctrico excelente, aunque a un coste más alto y con un debate regulatorio de fondo por su relación con las llamadas sustancias PFAS.

Elegir entre unos y otros no es solo cuestión de presupuesto. Cada aceite tiene su propio equilibrio entre viscosidad, capacidad de absorber calor, comportamiento a bajas temperaturas y compatibilidad con los materiales internos de la batería. Un fluido demasiado espeso complica el bombeo y resta eficiencia al sistema; uno con mala tolerancia térmica se degrada antes de lo esperado.

Lo que se gana, y lo que todavía cuesta resolver

La ventaja más citada por quienes trabajan en esto es la uniformidad. Cuando el líquido envuelve cada celda, desaparecen —o al menos se reducen mucho— los puntos calientes que aparecen con la refrigeración tradicional. Eso permite cargas más rápidas sin que la batería sufra tanto, y en teoría alarga su vida útil.

Hay otro argumento, quizá más determinante a largo plazo: la capacidad de frenar una fuga térmica antes de que se propague. Si una celda empieza a fallar, el aceite que la rodea puede absorber ese exceso de calor de inmediato y evitar que contagie a las vecinas.

El líquido añade peso al conjunto, algo que en un coche eléctrico importa. Sellar un sistema para que el aceite no se filtre durante una década de uso exige mucho más que las baterías refrigeradas por aire.

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