Valtteri Bottas se ha atrevido a hacer lo que muy pocos son capaces. El piloto de Cadillac se ha abierto como casi ningún atleta de élite y ha confesado con absoluta sinceridad los secretos de sus peores momentos personales, los de sus primeros años en Fórmula 1. «En aquel entonces, toda mi identidad giraba en torno a las carreras. No me importaba nada más. No es un problema hasta que se convierte en un problema. Y en 2014, se convirtió en un gran problema», ha confesado el finlandés en The Players’ Tribune.
Cuando debutó en la Fórmula 1, Bottas no tenía ningún interés fuera del automovilismo. Sus tendencias obsesivas y compulsivas lo llevaron a privarse de alimentos por la preocupación de que Williams tuviera un coche con sobrepeso para la temporada 2014 de Fórmula 1. «Básicamente, empecé a dejar de comer», ha revelado. Al piloto le sugirieron que bajara cinco kilos en aquel momento y admitió que la pérdida de peso se convirtió en algo «completamente absorbente» para él durante ese período, lo que le dejó con los nervios destrozados, habiéndose agotado «mental y físicamente».
«¿Cinco kilos? ¿Por qué no diez? Podemos hacer el coche más rápido, así que me obsesioné y empecé a comer brócoli y coliflor al vapor casi en cada comida, todavía puedo olerlo», ha resumido el piloto. «Me levantaba cada madrugada y me pesaba cada mañana a ver si el número bajaba, sentiría una gran satisfacción. Volvía de una carrera de hora y media y comía mi brócoli para tener la energía justa para otra carrera. Aquello terminó por consumirme», ha expresado.
Podios y brócoli
«Todo aquello me consumía», ha añadido el piloto, que reconoce que se levantaba a las cuatro de la mañana porque «el corazón se me salía, era como un drogadicto porque me sentía bien con aquello». Bottas añade que se miraba al espejo y veía con gusto su silueta cada vez más delgada. Ni idea de cuánto peso perdió: «Parecía enfermo, aquello ya no tenía que ver con las carreras pero nunca me había sentido mejor». En los podios con champán (sumó seis en 2014), sonreía, pero en casa parecía «un fantasma», dice.
«Iba todo tan mal que hasta tenía palpitaciones en el corazón cuando entrenaba y mi entrenador sabía que algo iba mal. Yo le decía a todo el mundo que todo estaba bien. El click llegó cuando viví un día muy oscuro, cuando mi compañero Jules Bianchi chocó en Suzuka». Ahí Bottas empezó a ser lo que es hoy: a mostrar en redes sociales una sonrisa y muchos otros hobbies deportivos que comparte con sus seguidores. «Ya no encontraba diversión», ha detallado.
El trágico fallecimiento de Bianchi le cambió. Ahí Bottas cambió el chip y empezó a buscar ayuda: «En ese momento todo me daba igual, recuerdo que mi novia me deseó un día un feliz vuelo y pensé: ‘qué más da que se choque el avión, ¿a quién le importa?’ Si muero, pues muero, si desaparezco pues desaparezco». Menos mal que salió de aquel bucle tan peligroso para su cuerpo y para su mente. Ahora, vive en Cadillac una segunda y mucho más sana etapa en Fórmula 1.





