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Mientras Europa debate cómo alimentar la IA sin contaminar, China ya tiene un centro de datos de inteligencia artificial que funciona con energía eólica y reduce 3,65 millones de toneladas de CO2 al año

Mientras Europa debate cómo alimentar la IA sin contaminar, China ya tiene un centro de datos de inteligencia artificial que funciona con energía eólica y reduce 3,65 millones de toneladas de CO2 al año

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 02.08.2026 13:00

Vivimos en plena fiebre de la inteligencia artificial. Sin embargo, en los pasillos de las grandes tecnológicas resuena con fuerza una pregunta bastante incómoda: ¿cuánta luz chupa realmente la IA? No es ninguna tontería. Cada vez que le pides algo a ChatGPT, generas una imagen o entrenas un nuevo algoritmo, el contador de la luz se dispara a una velocidad que ya empieza a asustar a escala global. Mientras en Europa y Estados Unidos seguimos dándole vueltas al impacto ambiental en interminables debates, China ya ha pasado a la acción con una solución real.

En la región de Ningxia, al noroeste del país, acaba de arrancar el primer gran cerebro digital de IA que funciona única y exclusivamente con energía eólica. Olvídate de proyectos piloto o maquetas de laboratorio; hablamos de un complejo gigantesco capaz de exprimir 4.300 millones de kilovatios-hora de electricidad limpia al año. Gracias a esto, el planeta se ahorra de golpe respirar 3,65 millones de toneladas de CO2 anuales.

Este centro no es una seta aislada en mitad del desierto. Es la punta de lanza de una ambiciosa estrategia nacional bautizada como «Datos en el Este, Computación en el Oeste». La jugada consiste en mudar el procesamiento de datos desde las masificadas ciudades de la costa oriental, donde la luz escasea, hacia las frías y despobladas llanuras del oeste, donde sobra la energía limpia. La idea es tan simple como brillante: en lugar de mandar la electricidad a través de cables kilométricos perdiendo energía por el camino, es mucho mejor enviar los datos, que viajan por fibra óptica volando y sin perder ni un ápice de eficiencia.

La jugada les ha salido redonda. Este nuevo centro ha logrado un indicador de eficiencia energética (PUE) de 1,15, una cifra espectacular si la comparamos con el 1,56 que suele firmar el resto de la industria. Esto significa que las instalaciones aprovechan la energía de forma milimétrica, destinando casi toda la potencia a procesar datos y gastando lo mínimo en tareas secundarias como el aire acondicionado. No es solo un parche para el voraz apetito eléctrico de la IA; es el espejo en el que deberían mirarse los centros de datos del mañana.

El plan «Eastern Data, Western Computing»: mover datos, no energía

Para calibrar la magnitud de este plan, conviene entender el laberinto energético en el que se mueve China. El país sufre un desajuste histórico: el dinero y las fábricas están en el este, pero las fuentes de energía limpia están en la otra punta. Durante décadas, el Gobierno se ha dejado una fortuna en tender autopistas eléctricas para cruzar el mapa de oeste a este, pero este sistema tiene una trampa: las líneas de alta tensión de larga distancia se «tragan» entre un 5% y un 6% de la electricidad transportada por el simple roce físico.

El plan «Datos en el Este, Computación en el Oeste» rompe por completo las reglas del juego: en lugar de mover el caballo, mueven la carga. ¿Cómo se hace esto? Mudando los trabajos informáticos más pesados y que más energía tragan a estas nuevas bases del oeste, aprovechando que allí el clima es gélido y los molinos de viento o las placas solares están literalmente al lado.

Esta estrategia no es un brindis al sol, sino que viene respaldada por la ciencia. Un estudio de la prestigiosa revista Applied Energy desmonta el impacto de esta iniciativa en el bolsillo, el consumo y la atmósfera, y los datos hablan por sí solos: el simple hecho de llevarse los ordenadores a una zona más fría desploma la energía necesaria para enfriar las máquinas. En la ruta que va de Pekín a Mongolia Interior, por ejemplo, la eficiencia de los sistemas de refrigeración (COP) salta de un 8,17 a un 9,06. Es más, los científicos estiman un ahorro anual de entre 332 y 942 GWh, lo que recorta entre un 4,8% y un 12,5% el consumo total al eliminar los ventiladores tradicionales y los peajes del transporte eléctrico. De hecho, en la ruta de Shanghái a Sichuan, las emisiones contaminantes caen en picado hasta un 79,6%.

El búnker digital de Ningxia y su PUE de 1,15 son el corazón de este movimiento, pero no la única sorpresa. Este mismo año, China ha inaugurado otra locura tecnológica: el primer centro de datos submarino del mundo, sumergido y conectado directamente a un parque eólico marino frente a las costas de Shanghái.

Tecnología para un futuro sostenible

Estos inventos no son meras excentricidades para presumir de tecnología, sino botes de salvamento ante una crisis muy real. Según la Universidad de Tsinghua, los centros de datos chinos devoran al año unos 250.000 millones de kilovatios-hora, y de ese pastel, unos 80.000 millones se tiran exclusivamente en evitar que las máquinas se derritan por el calor. Si lograsen meter todos estos servidores bajo el agua, el gasto en refrigeración caería a los 30.000 millones, ahorrando 50.000 millones de kWh anuales de una sola tacada. El profesor Li Zhen, de la misma universidad, echa cuentas y calcula que este ahorro equivale a dejar de quemar unas 15 millones de toneladas de carbón al año.

Mientras en Europa seguimos redactando normativas, abriendo debates y obligando por ley a que las empresas confiesen cuánta luz gastan sus instalaciones, China está levantando la infraestructura del futuro sobre el terreno. El enfoque europeo de regular y vigilar la eficiencia es muy loable, pero se queda corto ante la magnitud del problema. El modelo chino, basado en planificar a lo grande y meter la energía limpia y el frío natural en los planos originales del edificio, nos da una lección magistral de cómo cortar el problema de raíz.

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