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Ni electrolizadores, ni electricidad, ni membranas caras: los investigadores australianos han logrado que unas gotas de galio líquido suspendidas en agua de mar liberen hidrógeno con solo rozar la luz del sol

Ni electrolizadores, ni electricidad, ni membranas caras: los investigadores australianos han logrado que unas gotas de galio líquido suspendidas en agua de mar liberen hidrógeno con solo rozar la luz del sol

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 06.08.2026 10:20

Hay momentos en la ciencia en los que la solución a un gran problema llega con una observación tan sencilla que cuesta creer que nadie hubiera caído en ello antes. Como si lleváramos décadas buscando una llave maestra para abrir una puerta, cuando en realidad solo bastaba con girar el pomo. Eso es lo que ha pasado en la Universidad de Sydney: un equipo de investigadores ha descubierto que el galio —ese metal plateado que se derrite con el calor de tu mano— puede producir hidrógeno a partir de agua de mar usando únicamente la luz del sol. Sin electrolizadores, sin electricidad, sin membranas caras ni necesidad de desalar. Solo gotas de galio líquido flotando en agua salada y un rayo de sol.

El hallazgo, publicado en la prestigiosa revista Nature Communications, desafía lo que sabíamos sobre el hidrógeno verde. Durante años hemos dependido de la electrólisis: un proceso eficaz pero costoso que exige energía renovable y agua ultrapura; algo inviable en regiones áridas o costeras donde el agua dulce escasea. Este método, liderado por el doctorando Luis Campos y el profesor Kourosh Kalantar-Zadeh, cambia las reglas del juego al usar agua marina directamente y sin filtros.

El mecanismo es pura elegancia. El galio líquido tiene una superficie «no pegajosa» que repele de forma natural la mayoría de los materiales. Pero al exponerse a la luz en contacto con el agua, reacciona de manera controlada liberando hidrógeno y formando oxi-hidróxido de galio. Lo mejor de todo es que este compuesto puede regenerarse para volver a ser galio puro. Es un proceso circular perfecto, sin desperdicios y con un catalizador que se reutiliza una y otra vez.

Los resultados, aún en fase de pruebas, son muy prometedores, logrando una eficiencia del 12,9%. Para hacernos una idea, las primeras células solares de los años 50 apenas alcanzaban el 6% y tardaron cuarenta años en superar el 10%. Australia, con sus infinitas costas y un sol abrasador, es el escenario ideal para que esta tecnología florezca. Aun así, quedan retos por superar: el galio es un metal escaso, con una producción global de solo 500 toneladas al año concentrada principalmente en China.

La frontera del hidrógeno verde

El hidrógeno verde es clave para descarbonizar sectores difíciles de electrificar (industria pesada, transporte marítimo y aéreo, fertilizantes). El método actual requiere electricidad renovable y agua de alta pureza. Esto crea una competencia por un recurso escaso y encarece el proceso, especialmente en regiones áridas o costeras donde el agua dulce es limitada. El 97% del agua del planeta es salada, pero los electrolizadores convencionales se corroen con los iones de cloro, lo que obliga a costosos procesos de desalinización.

La revolución australiana: galio, agua de mar y luz solar

¿Te imaginas producir energía limpia con un metal que se derrite en tu mano, agua de mar y un rayo de sol? Parece ciencia ficción, pero es el asombroso avance que acaban de presentar los investigadores de la Universidad de Sydney, liderados por Luis Campos y el profesor Kourosh Kalantar-Zadeh, en la revista Nature Communications (febrero de 2026).

El gran protagonista de esta revolución es el galio, un metal fascinante que se vuelve líquido a solo 29,8 °C. El equipo descubrió que al suspender diminutas gotas de este metal plateado en agua marina y exponerlas al sol, ocurre la magia: la superficie del galio absorbe la luz solar y reacciona de forma natural con el agua, liberando hidrógeno verde listo para usar.

Hasta ahora, fabricar este combustible requería costosas plantas desalinizadoras porque la sal del mar corroe y destruye las máquinas convencionales. Aquí radica la genialidad del galio: su superficie actúa como un «escudo no pegajoso» que repele los iones de cloro del agua salada, evitando cualquier tipo de daño sin necesidad de filtrar la sal.

Además, el proceso es un ejemplo perfecto de economía circular. Al reaccionar, el galio se transforma en un compuesto llamado oxi-hidróxido de galio, pero no se desperdicia; este residuo puede regenerarse fácilmente para recuperar el metal original y volver a empezar el ciclo. Una solución ingeniosa, sumamente simple y sostenible que imita la sabiduría de la naturaleza para ofrecernos una energía verdaderamente limpia.

El sistema alcanza un 12,9% de eficiencia solar a hidrógeno. Los investigadores consideran esta cifra «altamente competitiva» para una primera prueba de concepto. En comparación, otros sistemas fotocatalíticos del estado del arte rondaban el 9,2% en 2023. El sistema elimina la necesidad de electricidad externa, desalinización y membranas costosas. Reduce la complejidad y el coste de la infraestructura.

Un futuro con desafíos

La producción global de galio es de aproximadamente 500 toneladas anuales, concentrada en China (80% del mercado). Para escalar el proceso a nivel industrial, sería necesario expandir la minería o encontrar aleaciones alternativas (como con indio). El proceso está en fase de laboratorio. El paso a un reactor de escala media y luego a producción comercial es un reto complejo. El equipo estima un reactor a escala media en 2-3 años y producción comercial hacia 2030, un plazo optimista para este tipo de tecnologías.

Países con costas soleadas pero sin acceso a agua dulce (partes de África, América Latina, Oriente Medio) podrían beneficiarse de esta tecnología. Además, la creciente demanda energética de los centros de datos de IA, que empresas como Google y Anthropic están expandiendo con inversiones millonarias, podría encontrar en el hidrógeno verde una vía de descarbonización.

El trabajo de la Universidad de Sydney es un recordatorio de que a veces las soluciones más elegantes son las más simples. No necesitan complejos electrolizadores ni costosas membranas, sino un metal olvidado, agua salada y el sol.

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