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Han autorizado a una empresa a desplegar una sábana de plástico de 18 metros a 625 kilómetros de altura para lanzar luz solar a la Tierra de noche, y el organismo que lo aprobó ha admitido que lo que ese espejo le haga al cielo no es asunto suyo

Han autorizado a una empresa a desplegar una sábana de plástico de 18 metros a 625 kilómetros de altura para lanzar luz solar a la Tierra de noche, y el organismo que lo aprobó ha admitido que lo que ese espejo le haga al cielo no es asunto suyo

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 15.07.2026 16:00

Si nos asomamos a la ventana a medianoche, y apagamos las luces, lo que deberíamos ver es la reconfortante oscuridad salpicada de estrellas, el lienzo natural que ha guiado a la humanidad desde el inicio de los tiempos. Ahora, borra esa imagen. Imagina, en su lugar, un foco artificial gigante que rompe la penumbra nocturna porque una empresa privada ha decidido que el sol cotiza mejor las veinticuatro horas del día. No es el argumento de una película distópica de ciencia ficción. Estados Unidos acaba de autorizar a la compañía Reflect Orbital a lanzar al espacio el Earendil-1, un satélite equipado con un espejo diseñado para reflejar los rayos del sol hacia la Tierra y vender «luz solar bajo demanda».

La idea suena tan descabellada como fascinante: una inmensa lámina reflectante orbitando a más de 600 kilómetros de altura para iluminar zonas específicas del planeta en plena noche. Sin embargo, lo verdaderamente alarmante no es la audacia tecnológica, sino la indiferencia burocrática. El propio organismo estadounidense que dio el visto bueno al proyecto, la FCC, admitió sin tapujos que los posibles daños colaterales que este espejo provoque en el cielo, la astronomía o el medio ambiente simplemente «no son asunto suyo». Su único trabajo es repartir frecuencias de radio; si el brillo resultante ciega telescopios o enloquece los ciclos biológicos de los animales, el problema es de otros.

Este polémico permiso abre de par en par las puertas a lo que los expertos ya llaman la era del Weird Space Stuff (las «cosas raras del espacio»). Bajo la bandera de una supuesta energía limpia destinada a iluminar huertos solares nocturnos, nos enfrentamos a la privatización silenciosa de nuestra última frontera natural. El cielo nocturno ya no pertenece a la humanidad; está a punto de convertirse en el nuevo escaparate publicitario y comercial de unos pocos.

Es decir, el proyecto de Reflect Orbital y su satélite Eärendil-1 han abierto una caja de Pandora regulatoria. La FCC ha aprobado el lanzamiento de un espejo espacial de 18 metros que reflejará luz solar a la Tierra de noche, pero ha dejado claro que los impactos astronómicos y ambientales «no son asunto suyo». Esta decisión ejemplifica cómo la regulación espacial no ha seguido el ritmo de la innovación comercial, creando un vacío que podría tener consecuencias globales.

Una «Sábana de Plástico» de 18 metros a 625 km

Eärendil-1 (nombre inspirado en El Señor de los Anillos) es un satélite del tamaño de un frigorífico que desplegará un reflector de película fina de 18 x 18 metros en órbita baja, a unos 625 kilómetros de altura. El objetivo es que este dispositivo reflejará luz solar sobre un área circular de 5 a 6 kilómetros de diámetro durante breves periodos, iluminando la superficie terrestre en plena noche.

La compañía californiana planea pasar de un satélite de prueba en 2026 a 50.000 satélites en 2035, con espejos de hasta 55 metros que podrían generar una luz equivalente a 100 lunas llenas.

Los riesgos que la FCC ignoró: Un «lío» de cuidado

La decisión de la FCC ha desatado una tormenta de críticas por parte de astrónomos, ecologistas y organizaciones como la American Astronomical Society y DarkSky International.

Los astrónomos consideran el proyecto una «amenaza existencial» para la astronomía óptica. Un solo satélite podría ser hasta 4 veces más brillante que la luna llena, y su luz se dispersaría en la atmósfera, haciendo el cielo hasta 10.000 veces más brillante alrededor del haz reflejado. La constelación de 50.000 satélites haría inviable la observación del cielo profundo.

Por otro lado, la luz artificial nocturna altera los ritmos circadianos de humanos y animales, afectando al sueño, el metabolismo y el comportamiento de especies como aves migratorias e insectos.

Además, los destellos durante el reajuste de los espejos podrían deslumbrar a pilotos y conductores, y el haz de luz podría sobrecargar los sensores de satélites en órbitas más bajas.

El «agujero negro» regulatorio: no es asunto de la FCC

La FCC, cuya misión es regular las comunicaciones por radiofrecuencia, admitió que los impactos ambientales y astronómicos quedan fuera de su competencia. La decisión se basó en que Eärendil-1 es un «experimento de demostración» y que no hay leyes que exijan una evaluación de impacto ambiental para actividades en el espacio exterior.

Para colmo, la propia FCC ha publicado un documento de trabajo titulado «Spectrum Abundance for Weird Space Stuff», que revela su intención de facilitar este tipo de «cosas raras» en órbita. Esto deja a la comunidad científica y a los reguladores medioambientales (como la EPA y NASA) sin herramientas para frenar un proyecto que considera peligroso.

La órbita se está llenando de «cosas raras»

El proyecto de Reflect Orbital no es un caso aislado. Es la punta del iceberg de una nueva era de «actividades espaciales emergentes».

Empresas proponen anuncios en el espacio, hoteles para multimillonarios, lluvias de meteoritos artificiales, y ahora, espejos gigantes. Sin duda el rey de esta tendencia es SpaceX. Con casi 11.000 satélites Starlink en órbita, SpaceX controla de facto el acceso al espacio, forzando la coordinación con quien quiera lanzar algo. Han solicitado permiso para un millón más de satélites para centros de datos de IA, una cifra 40 veces superior a todos los satélites lanzados en la historia.

La acumulación de objetos en órbita baja incrementa el riesgo de colisiones en cadena. Y cuando los satélites se desintegran en la atmósfera, depositan metales que alteran su química y podrían dañar la capa de ozono.

El Tratado del Espacio Exterior de 1967 habla de que el espacio es «para beneficio de toda la humanidad», pero no prevé un escenario de 50.000 espejos privados iluminando el planeta. ¿Quién debe decidir si el cielo nocturno es un bien común o un recurso explotable?

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