La televisión de casa tenía un botón rojo que había que pulsar con bastante más fuerza de la necesaria para que obedeciera. El mando desaparecía debajo de los cojines, las pilas duraban una eternidad y, cuando empezaba la carrera, nadie pensaba en tocar nada hasta que Fernando Alonso cruzaba la meta.
Aquellos domingos tenían sus propios rituales: levantarse tarde, buscar algo que comer, escuchar la sintonía de la Fórmula 1 y esperar a que apareciera el Renault azul y amarillo. A veces estaba delante y entonces todo parecía posible; otras, el coche no daba para mucho y tocaba esperar. Lo curioso es que siempre terminábamos esperando la siguiente.
Fernando Alonso, 25 años de carreras, victorias y títulos
Quizá ahí empezó todo. No en una victoria al uso ni en uno de los dos campeonatos del mundo, sino en aquella costumbre tan sencilla de mirar una carrera porque corría Alonso. Por entonces todavía resultaba extraño que un piloto español pudiera ocupar el centro de una conversación sobre F1. Antes de él estaban los nombres que llenaban los domingos: Schumacher, Hakkinen, Coulthard, Montoya, Raikkonen. Alonso entró en aquella fotografía poco a poco, primero como el chico que había hecho algo raro con un Minardi y después como el piloto que se atrevía a discutirle las carreras a Ferrari.
Cuando ganó su primer Mundial, en 2005, todavía tenía 24 años. La edad parece ridícula ahora. También lo parece pensar que Fernando Alonso lleva más tiempo en la Fórmula 1 que el que había vivido cuando conquistó aquel título. Aquel muchacho que celebraba en Brasil después de convertirse en el campeón más joven de la historia de la categoría ha terminado convirtiéndose en el más veterano de una parrilla en la que algunos pilotos ni siquiera habían nacido cuando él debutó.
En medio han cabido demasiadas cosas como para resumirlas en un palmarés. Renault, McLaren, Ferrari, otra vez McLaren, Alpine y Aston Martin. Dos títulos, victorias que llegaron cuando parecía que el coche no tenía derecho a ganarlas y carreras que se escaparon por una curva, una estrategia o una avería. Le Mans, Daytona, el Mundial de Resistencia. Indianápolis. Años enteros esperando que un coche volviera a parecerse al que él imaginaba cuando se sentaba dentro. Y también temporadas en las que aquello no ocurrió.
Quizá por eso cuesta tanto encontrar el momento justo en el que Alonso debería haber terminado.
Después de Ferrari parecía lógico. Después de McLaren, también. Cuando dejó la F1 en 2018, incluso él necesitaba descubrir qué había al otro lado. Fernando Alonso se marchó a correr a Estados Unidos, ganó Le Mans, volvió a ganar Le Mans, conquistó Daytona, probó suerte en el Dakar y regresó a la Fórmula 1 con Alpine. Luego apareció Aston Martin y durante unas semanas de 2023 volvió a ocurrir aquella cosa que parecía pertenecer a otra época: Alonso subía al podio y millones de personas volvían a levantarse temprano un domingo para verlo.
El tiempo, mientras tanto, había hecho su trabajo con todos los demás. Schumacher ya no estaba en la parrilla. Vettel se había marchado. Raikkonen también. Hamilton, que empezó su carrera cuando Alonso ya era campeón del mundo, acabó convertido en su compañero de generación y ahora corre vestido de rojo. Verstappen nació cuando Alonso todavía era un adolescente que soñaba con llegar al ‘Gran Circo’. Carlos Sainz tenía seis años cuando aquel Minardi salió de Melbourne. Y Alonso, hoy, sigue entrando en este coche de carreras.
Tiene 45 años, pero es un número que resulta más extraño cuando se escribe que cuando se le ve conducir. La edad está en las fotografías, en los nombres que han ido desapareciendo de las listas de inscritos, en los hijos de antiguos rivales que ahora corren contra él. No tanto en esa primera vuelta en la que todavía mira los retrovisores, coloca el coche donde quiere y empieza a buscar dónde está lo máximo.
Quizá por eso su carrera ya no necesita una nueva explicación. Tampoco necesita que cada temporada termine convertida en la última oportunidad para ganar una carrera. Fernando Alonso ha pasado demasiado tiempo dentro de este deporte como para que su historia dependa de una bandera a cuadros más. Lo extraordinario es precisamente que siga queriendo descubrir qué puede sacar del siguiente coche, aunque ese coche no sea el mejor, aunque el campeonato no esté a su alcance o aunque el domingo termine lejos de los primeros puestos.
A veces pensamos en la longevidad como una cuestión de resistencia, como si seguir fuese suficiente. En Alonso hay algo diferente. No se ha limitado a permanecer. Ha cambiado de categoría, de equipo, de coche y hasta de continente para volver a buscar aquello que todavía le interesaba, lo que le apasiona. Ha perdido carreras que parecía imposible perder y ha ganado otras que parecían todavía más imposibles. Se ha equivocado, ha acertado, ha vuelto a empezar y, sobre todo, ha seguido teniendo ganas de sentarse el domingo.
Por eso quizá aquel viejo ritual de la televisión sigue teniendo sentido. Ya no importa qué coche aparece en pantalla ni quién ocupa la pole. Han cambiado los circuitos, los motores, los reglamentos, los rivales y hasta la manera de ver una carrera. Ya no hace falta esperar a que termine para leer lo que ha pasado porque nuestro teléfono lo cuenta todo en tiempo real.
Pero llega el domingo y uno vuelve a mirar. Busca el Aston Martin. Busca el número 14. Y durante unas horas vuelve a ser aquel niño que solo quería saber si Alonso podía ganar.
La televisión cambió. La Fórmula 1 cambió. Nosotros también. Fernando Alonso todavía no ha terminado.









