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Una nueva membrana española acelera la purificación del hidrógeno con una síntesis que pasa de tres días a tres horas: el CSIC crea un material poroso estable y fácil de producir usando mecanoquímica, un método que reduce el consumo de energía y los residuos tóxicos

Una nueva membrana española acelera la purificación del hidrógeno con una síntesis que pasa de tres días a tres horas: el CSIC crea un material poroso estable y fácil de producir usando mecanoquímica, un método que reduce el consumo de energía y los residuos tóxicos

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 30.08.2026 13:00

El hidrógeno tiene un problema de identidad. Todo el mundo habla de él como el combustible del futuro, la pieza que falta para descarbonizar la industria pesada, la aviación o el transporte marítimo. Pero hay un secreto que pocos cuentan: el hidrógeno es un gas tímido, escurridizo. Rara vez se encuentra solo. Aparece mezclado con dióxido de carbono, metano o vapor de agua, como un niño perdido en medio de una multitud. Y para que pueda ser útil—para alimentar una pila de combustible o para procesarlo en una refinería—hay que separarlo de sus compañeros de viaje. Ese proceso, la purificación, es costoso, lento y consume mucha energía.

Durante décadas, la industria ha usado las membranas como si fueran coladores de moléculas. El problema es que con los gases siempre había un dilema: o usabas un colador muy rápido que lo dejaba pasar todo, o uno muy selectivo que separaba bien pero iba a paso de tortuga. Conseguir las dos cosas a la vez parecía un sueño imposible.

Hasta ahora. Un equipo del Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid (ICMM-CSIC), liderado por la investigadora Eva Maya y formado casi en su totalidad por científicas, ha dado un golpe sobre la mesa. Han diseñado una membrana que es casi diez veces más rápida que las actuales y, además, mucho más selectiva. Imagina que el portero de la discoteca de moda lograra que la fila avanzara a toda velocidad mientras detecta perfectamente quién no tiene entrada. Así de eficiente es.

El hallazgo, que ya ha llamado la atención de la revista Journal of Membrane Science, no es solo un éxito de laboratorio. Lo verdaderamente revolucionario es cómo la fabrican. En lugar de «cocinar» los compuestos químicos durante días en tanques llenos de disolventes tóxicos, usan la mecanoquímica: aprovechan la fuerza de un molino de bolas para que los materiales reaccionen al chocarse. Es como cambiar un guiso de tres días a fuego lento por un robot de cocina que lo mezcla todo al instante. ¿El resultado? Un proceso que antes tardaba 72 horas ahora se resuelve en solo tres. Menos tiempo, menos energía y cero residuos peligrosos. Una tecnología más rápida, barata y limpia para el planeta.

El dilema del colador molecular: velocidad o precisión

Para entender la magnitud del avance, hay que entender el desafío. Las membranas de polisulfona son el estándar en la industria de separación de gases. Son como un tamiz: dejan pasar las moléculas pequeñas (como el hidrógeno) y retienen las grandes (como el metano o el CO₂). El problema es que son un tamiz «perezoso». Su estructura es densa y las moléculas tienen que abrirse paso lentamente entre sus cadenas de polímero. Mejorar su permeabilidad—la velocidad a la que el gas las atraviesa—solía implicar sacrificar su selectividad—su capacidad para discriminar entre gases. Eran dos variables antagónicas.

¿Cómo lo han conseguido? El equipo del CSIC ha roto las reglas del juego con una receta maestra: cogieron el material clásico (la polisulfona) y le añadieron un compuesto poroso llamado hexametiltruxeno. Imagina este componente como una esponja molecular superresistente que crea una red de túneles microscópicos dentro del filtro.

Esos túneles funcionan como auténticas autopistas para el hidrógeno. Al ser la molécula más pequeña que existe, el hidrógeno viaja por ellos a toda velocidad. Mientras tanto, esa misma estructura les cierra el paso a las moléculas más grandes, que se quedan fuera. El resultado es una pasada: han logrado que el hidrógeno pase un 800% más rápido y, a la vez, han mejorado la precisión del filtrado en un 30%. Un doble éxito que los propios científicos ya califican de excepcional.

La revolución silenciosa de la mecanoquímica: de tres días a tres horas

Pero si la membrana es el producto, el verdadero cambio de paradigma está en cómo se fabrica. La mecanoquímica no es una técnica nueva, pero aplicarla a la creación de estos polímeros porosos es una genialidad. En lugar de utilizar grandes volúmenes de disolventes orgánicos tóxicos y aplicar calor durante días, el proceso consiste en introducir los precursores químicos en un molino de bolas. La energía del impacto mecánico—el «machacado» de las bolas—es suficiente para que las moléculas reaccionen y formen la estructura porosa deseada .

Las ventajas son inmensas. «Hacemos en tres horas una síntesis que tradicionalmente dura tres días», celebra Eva Maya, la investigadora principal. Eso no es un pequeño detalle. En el mundo industrial, el tiempo es dinero, y pasar de días a horas puede significar la diferencia entre que una tecnología sea viable o no. Además, al evitar los disolventes tóxicos, el proceso genera muchos menos residuos peligrosos, alineándose con los principios de la química verde y la sostenibilidad. Es una apuesta por una ciencia más humana, que no solo busca la eficiencia técnica, sino que también se preocupa por su impacto en el planeta y en las personas que trabajan en las fábricas.

Un futuro que ya está en marcha

El camino hacia la implementación industrial aún tiene pasos por delante. El propio equipo del CSIC reconoce que la escalabilidad del material es el siguiente gran reto . Habrá que producir membranas más grandes, probarlas en condiciones reales de operación y demostrar que mantienen su rendimiento a largo plazo. Pero el potencial es tan grande que la industria petroquímica ya ha mostrado su interés. En un mundo que busca desesperadamente alternativas al uso de combustibles fósiles, el hidrógeno verde es una de las grandes esperanzas, y esta membrana es una pieza clave para que esa esperanza se convierta en realidad. El CSIC, con su ciencia aplicada y su mirada puesta en las necesidades de la sociedad, nos recuerda que el futuro se construye paso a paso, y a veces, con un simple «truco» de química mecánica, se puede acelerar todo el proceso.

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