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El cable a tierra se come el 30% de un parque eólico marino y en Cantabria han decidido borrarlo del plano: su molino flotante fabrica hidrógeno en alta mar y lo guarda dentro de su propio hormigón, como una gasolinera esperando al barco

El cable a tierra se come el 30% de un parque eólico marino y en Cantabria han decidido borrarlo del plano: su molino flotante fabrica hidrógeno en alta mar y lo guarda dentro de su propio hormigón, como una gasolinera esperando al barco

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 12.08.2026 10:20

Imaginen por un momento nuestras costas dentro de unos años. El horizonte ya no será una línea vacía de color azul; estará salpicado de gigantescas plataformas flotantes que se mecen suavemente sobre las olas. En lo alto, sus monumentales aspas girarán con la fuerza del viento, transformando las rachas de aire en energía pura.

España posee uno de los mejores recursos eólicos marinos de toda Europa, pero la naturaleza nos ha puesto un reto mayúsculo: nuestra geografía no se parece en nada a la del Mar del Norte.

En los países nórdicos, el fondo marino es una llanura poco profunda donde es fácil clavar los molinos al suelo. En la península ibérica, en cambio, la plataforma continental cae en picado hacia el abismo a los pocos kilómetros de la costa. Clavar estructuras fijas en esas profundidades es inviable. La única opción real para aprovechar ese viento limpio es lograr que los molinos floten, un desafío de ingeniería colosal que nuestra industria naval ya ha empezado a liderar.

El peaje de la distancia: un dolor de cabeza técnico y económico

Desplegar estos gigantes flotantes en mitad del océano es solo la mitad del problema. Una vez que el molino empieza a girar, surge el verdadero dolor de cabeza logístico: ¿cómo llevamos esa energía hasta tierra firme? La respuesta tradicional son los cables submarinos de alta tensión. Pero cuando nos alejamos decenas de kilómetros mar adentro, la solución se convierte en una sangría económica.

Tirar líneas eléctricas submarinas a grandes profundidades cuesta un ojo de la cara. Requiere subestaciones flotantes, sistemas de anclaje dinámicos y materiales capaces de resistir la corrosión durante décadas. Los expertos calculan que esta infraestructura de transporte puede tragarse fácilmente el 30% de toda la inversión de un parque eólico marino.

Teniendo en cuenta que los mejores vientos de la costa española se encuentran en aguas muy profundas y alejadas, el coste de conectarlos a la red terrestre hace que muchos proyectos dejen de ser rentables antes de empezar.

Una locura genial: cambiar cables por barcos

Ante este muro financiero, surgió una idea que al principio sonaba a ciencia ficción: ¿y si en vez de traer la electricidad a tierra por cables, fabricamos el combustible del futuro allí mismo? ¿Y si convertimos las propias plataformas flotantes en pequeñas refinerías capaces de producir hidrógeno verde en mitad del océano?

La lógica detrás de esta propuesta es tan sencilla como brillante. El viento mueve el aerogenerador y produce electricidad. En lugar de enviarla a la costa, esa energía limpia se utiliza in situ para alimentar una planta desalinizadora que purifica el agua del mar. Acto seguido, esa agua pasa por un electrolizador que separa el oxígeno del hidrógeno.

El oxígeno se devuelve a la atmósfera y el hidrógeno verde se almacena directamente en las entrañas de la propia estructura flotante. El resultado es una especie de «gasolinera marina» donde el combustible limpio espera a que un barco gasero pase a recogerlo. Nos ahorraríamos, de un plumazo, los carísimos cables submarinos.

Del papel a la realidad: la carrera de los consorcios

Este planteamiento ya no es una simple utopía de laboratorio. España juega fuerte en esta carrera, con varios grandes proyectos de I+D compitiendo en primera línea. El más ambicioso es OCEANH2, un consorcio liderado por la energética Redexis, con Acciona entre sus socios, que se desarrolla a la vez en seis comunidades autónomas y estudia cómo hibridar viento y sol para producir hidrógeno en alta mar.

Y luego está HYDROSTORE, un proyecto más pequeño pero muy concreto, impulsado por un consorcio íntegramente cántabro y financiado con 2,17 millones de euros a través del PERTE ERHA, el instrumento con el que España canaliza los fondos europeos NextGenerationEU hacia el hidrógeno.

El objetivo de HYDROSTORE es revolucionario: integrar todo el sistema dentro de la propia estructura flotante de hormigón, utilizando sus celdas huecas interiores como tanques de almacenamiento. La idea es una plataforma hexagonal de hormigón que sostenga el aerogenerador y que, al mismo tiempo, aloje en su interior el hidrógeno producido. Nada de tanques externos: el propio flotador es el depósito.

El gran defecto del hidrógeno: un artista del escapismo

A pesar del optimismo, el hidrógeno verde esconde un secreto que trae de cabeza a los científicos: es un gas extremadamente difícil de domar. Al ser el primer elemento de la tabla periódica, es la molécula más pequeña y ligera que existe. Esta característica lo convierte en un auténtico artista del escapismo, capaz de colarse por rendijas microscópicas y atravesar materiales que para cualquier otro gas serían completamente impermeables.

Si intentamos almacenar hidrógeno a presión dentro de una cavidad de hormigón convencional, el gas simplemente se filtrará a través de los poros del material como si fuera un colador. Esto no es solo un problema de eficiencia económica —perder el combustible que tanto cuesta fabricar—, sino que representa un riesgo crítico de seguridad, ya que es un gas altamente inflamable.

EL PROBLEMA
30%
de la inversión de un parque eólico marino se la puede comer solo la conexión por cable a tierra
LA SOLUCIÓN
HYDROSTORE
2,17 M€
del PERTE ERHA para almacenar el hidrógeno en las celdas huecas del propio flotador de hormigón
EL RETO DEL GAS
H₂
la molécula más pequeña del universo, capaz de filtrarse por los poros del hormigón como un colador

El ingenio de Cantabria que completa el puzle

Trasladar las soluciones de aislamiento de tierra firme al entorno marino es una odisea. En alta mar, las plataformas sufren un balanceo constante por el oleaje y están expuestas a la corrosión implacable del salitre. Un recubrimiento rígido convencional se agrietaría en cuestión de semanas debido a las tensiones mecánicas.

Aquí es donde entra en juego el Centro Tecnológico CTC de Cantabria, uno de los siete socios del consorcio, que está desarrollando la pieza que faltaba: un recubrimiento ultrarresistente para el hormigón. No es un simple barniz, sino una barrera química nanotecnológica avanzada.

En realidad son dos capas trabajando juntas. Una barrera reforzada con fibra de carbono y óxidos metálicos que corta el paso al gas, y una segunda capa adsorbedora, hecha de nanomateriales de carbono, que atrapa las moléculas que intenten escaparse. A eso se suma un recubrimiento anticorrosión específico para el mar, con aditivos como el fosfato de zinc, que frena la entrada del salitre. En conjunto, el material tiene una triple misión: ser lo bastante elástico para acompañar los movimientos de la estructura, resistir el ataque del agua salada y frenar en seco las fugas del escurridizo hidrógeno.

Y el CTC no se queda solo en el material. Su equipo trabaja además en una plataforma digital que predice, cruzando datos meteorológicos con las características de cada barco, las ventanas de tiempo seguras para trasvasar el hidrógeno de la plataforma al gasero, la maniobra más delicada de toda la operación.

Una odisea que aún tiene que demostrarse

Conviene, eso sí, poner los pies en el suelo. HYDROSTORE es un proyecto de investigación de materiales, no una plataforma lista para echar al agua. Sus formulaciones ya han pasado los ensayos de laboratorio y las más prometedoras se están exponiendo a condiciones marinas reales, pero el proyecto concluye oficialmente en julio de 2026 y los resultados definitivos de esa exposición al ambiente no se conocerán hasta octubre.

Para esas pruebas, Cantabria juega con ventaja, porque cuenta con el MCTS El Bocal, un laboratorio marino en mar abierto inaugurado en 2014 en la costa de Santander, pensado precisamente para castigar materiales y recubrimientos con lo peor del Cantábrico: inmersión continua, zona de salpicadura y corrosión sin tregua.

Si estas pruebas concluyen con éxito, España no solo resolverá un problema técnico local, sino que se posicionará a la vanguardia de la transición energética global. Se abrirá la puerta a un modelo de producción totalmente descentralizado, capaz de abastecer industrias a través de barcos o incluso de crear estaciones de servicio marítimas para los buques del futuro. Pero para eso, primero, el recubrimiento tiene que aguantar el mar.

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