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Ni aire acondicionado ni ventiladores: el ladrillo poroso que roba hasta 9 grados al asfalto de una parada de autobús funciona exactamente igual que el botijo de toda la vida… y se imprime en 3D

Ni aire acondicionado ni ventiladores: el ladrillo poroso que roba hasta 9 grados al asfalto de una parada de autobús funciona exactamente igual que el botijo de toda la vida… y se imprime en 3D

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 14.06.2026 11:00

Cada vez las estaciones son más difusas y el calor llega antes. En España hemos vivido un abril y un mayo de lo más sofocante. Sin ir más lejos, durante la última semana de mayo, en Europa se alcanzaron temperaturas extremadamente altas llegando a alcanzar nuevos récords en Portugal, España, Francia, Países Bajos, Bélgica, Alemania y el Reino Unido.

El verano ya no es lo que era. Las olas de calor ya no duran tres días; ahora se estiran semanas enteras con termómetros bailando alrededor de los 40 grados. Y el problema no es solo la temperatura que marca el termómetro a la sombra. El verdadero infierno está en la calle. Los privilegiados que pueden pasar buena parte del verano en la piscina o bajo la sombrilla son los menos y los que siguen en el asfalto de la ciudad yendo a trabajar y esperando el autobús en la marquesina sufren en primera persona un calor infernal del que no hay escapatoria.

El asfalto está tan caliente que casi ves ondear el aire y el único banco disponible es una placa de hormigón que parece una plancha. No hay árboles. No hay sombra. El refugio de la parada, si es que hay, es una estructura metálica que multiplica el calor. Los ingenieros llaman a esto isla de calor urbana. Los ciudadanos lo llaman «no puedo ni respirar».

Mientras en Europa, sobre todo los países del sur del continente, buscan soluciones caras y complejas (aire acondicionado en paradas, nebulizadores que consumen agua potable, pérgolas gigantes con paneles solares), una pareja de jóvenes diseñadores suecos ha tirado de la opción más humilde y brillante a la vez: un ladrillo de barro cocido, impreso en 3D, que enfría sin enchufes, sin ventiladores excesivos y sin ruido. La misma tecnología que usaba tu abuela con el botijo para tener agua fresca en la cocina, pero aplicada a la calle. Y funciona. Hasta nueve grados menos.

Una idea y dos dos diseñadores suecos en Zúrich

Los responsables de esta idea tan sencilla y brillante se llaman Luc Schweizer y Andrin Stocker. Son miembros de la Escuela Superior de las Artes de Zúrich (la ZHdK, por sus siglas en alemán) y un día se preguntaron cómo demonios se podían enfriar los espacios públicos sin tener que enchufar aparatos a la red eléctrica.

Su razonamiento fue este: plantar árboles está muy bien, pero no hay espacio en todas las aceras. Instalar aire acondicionado al aire libre es una locura porque consume mucha energía y expulsa aire aún más caliente a la calle. ¿Y si en lugar de luchar contra el calor con máquinas, dejamos que la física trabaje sola? Así nació bloc°.

¿Por qué una parada de autobús puede ser más calurosa que un descampado?

Antes de hablar del ladrillo, hablemos del problema. Las ciudades están llenas de materiales que odian el calor de la misma manera que nosotros: el asfalto, el hormigón, los adoquines oscuros, el acero… todos ellos absorben la radiación solar durante horas y la devuelven lentamente mientras oscurece. A eso súmale los motores, el aire acondicionado expulsando calor, la falta de vegetación… y tienes la receta perfecta para un horno urbano.

Una parada de autobús típica es el mejor ejemplo. Tiene techo metálico (que irradia calor), suelo de asfalto (que acumula calor) y ningún flujo de aire. El resultado puede ser fácilmente 5, 6 o 7 grados más caliente que el campo abierto. Y en ese microclima es donde esperan personas mayores, niños, gente con problemas respiratorios… justo los que peor soportan el calor.

La solución habitual ha sido inventar artefactos eléctricos: ventiladores de alta presión, sistemas de nebulización, climatizadores evaporativos… que consumen electricidad, hacen ruido, se estropean y necesitan mantenimiento constante. No está mal, pero no escala. No puedes poner un aparato eléctrico en cada parada de autobús de cada ciudad mediana del mundo. Aquí entra la idea de Schweizer y Stocker. Su filosofía es sencilla: la física ya trabaja para nosotros, solo hay que dejar que lo haga.

El botijo milenario se reencuentra con la impresión 3D

¿Te acuerdas de los botijos de toda la vida? Esa vasija de barro poroso que se mojaba por fuera y mantenía el agua fresca aunque hiciera 40 grados. El principio es el mismo que usaban nuestros abuelos en el campo y que llevan usando civilizaciones enteras desde hace miles de años.

El barro cocido (la terracota) es poroso. Si empapas sus paredes con agua, esa agua se filtra hacia la superficie exterior. Cuando el sol o el viento caliente hacen que esa agua se evapore, el fenómeno físico que ocurre se llama evaporación. Y cuando un líquido se evapora, roba calor de todo lo que tiene alrededor. Así funciona el sudor en nuestra piel. Así funcionaba el botijo. Y así funcionan estos ladrillos.

Pero hay una diferencia crucial: los diseñadores suizos no se han limitado a fabricar un ladrillo poroso. Han usado impresión 3D para crear piezas de terracota con una geometría imposible de lograr con moldes tradicionales. Por dentro, el ladrillo no es un bloque macizo: tiene microcanales, curvas y una superficie interior enorme para que el agua se almacene y se evapore de forma lenta y controlada.

El sistema es sencillísimo de explicar y complejo de ejecutar:

  1. El ladrillo se coloca en un muro, un banco o una estructura en la calle
  2. Dentro de cada ladrillo hay un pequeño depósito de agua. En total, en un día caluroso, una instalación mediana puede necesitar unos 50 litros de agua. Pero ojo: puede ser agua de lluvia recogida por el propio diseño.
  3. Un pequeño ventilador impulsa el aire a través del túnel que forman los ladrillos. Ese ventilador se alimenta de un minúsculo panel solar, como los de una calculadora.
  4. El agua se evapora en las paredes porosas del ladrillo y, al hacerlo, enfría el aire que circula por el interior.
  5. Ese aire fresco sale al exterior y refresca el entorno inmediato.

El resultado: una reducción de hasta 9 grados centígrados en el entorno inmediato del ladrillo.

Un ladrillo que respira y no necesita obras faraónicas

Los ladrillos bloc° son modulares y apilables. Puedes poner dos en un banco existente, cuatro en un muro medianero, construir una pequeña columna en una plaza sin sombra… Se adaptan a cualquier espacio porque están diseñados para encajar como piezas de Lego, pero con una estética que recuerda a la cerámica artesanal.

Además, son autónomos. El panel solar es pequeño, apenas visible, y el ventilador consume tan poca electricidad que funciona incluso en días nublados. No hay ruido molesto (es un ventilador pequeño, no un compresor). No hay humos. El mantenimiento se limita a rellenar el depósito de agua de vez en cuando.

Y lo mejor de todo: cuando termina su vida útil (que será larga, porque la terracota no se degrada con el sol ni con la lluvia), el ladrillo se tritura y vuelve a ser arcilla. Cero residuos tóxicos.

Schweizer y Stocker ya están creando un prototipo a escala 1:1 para probarlo en un entorno urbano real. No son los únicos, por cierto. En India ya están probando algo muy parecido: unas flautas de arcilla con el mismo principio de evaporación, capaces de bajar la temperatura entre 6 y 15 grados.

El punto débil de este sistema es evidente: necesita agua. Los diseñadores estiman que una instalación de tamaño medio puede consumir unos 50 litros en un día caluroso. No es una barbaridad (una ducha larga gasta el doble), pero en ciudades con restricciones de agua por sequía podría ser un problema. La solución: recoger agua de lluvia.

EL GARAJEvia El Garaje

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