Si pasaste la última semana de mayo en España, no necesito enseñarte ningún gráfico: nos achicharramos. Y no fue una sensación tuya. Aquella cúpula de calor dejó récords de mayo por toda Europa occidental: el Reino Unido firmó su día de mayo más caluroso de la historia con 35 ºC en Londres, en el aeropuerto de Santander se midieron 37,1 ºC (la cifra más alta para mayo desde 1964) y hasta el aeropuerto de Huesca tocó los 35,7 ºC, récord absoluto del mes. En primavera. Lo que antes era una anomalía de agosto ahora nos cae en mayo, y ya os aviso de algo que llevo tiempo viendo venir: esto va a más, no a menos.
Pero el problema de verdad no es el número que marca el termómetro a la sombra. El infierno está en la calle. Los que pueden tirarse el verano en la piscina o bajo la sombrilla son los menos; la mayoría seguimos pisando asfalto para ir a currar y esperando el bus en una marquesina que parece un horno. El suelo quema, el único banco es una plancha de hormigón, no hay un árbol en cien metros y el «refugio» de la parada es una chapa metálica que multiplica el calor en lugar de quitarlo. Los ingenieros lo llaman isla de calor urbana. Tú y yo lo llamamos «aquí no se puede ni respirar».
Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Mientras media Europa busca soluciones caras y aparatosas —aire acondicionado al aire libre, nebulizadores que se beben el agua potable, pérgolas gigantes con paneles—, dos diseñadores suizos han tirado por el camino más humilde y, para mí, más listo: un ladrillo de barro cocido impreso en 3D que enfría sin enchufes, sin ruido y sin gastar apenas nada. El mismo truco con el que tu abuela mantenía el agua fresca en el botijo, pero llevado a la acera. Y baja la temperatura hasta 9 grados.
De Zúrich, dos estudiantes y una pregunta de sentido común
Los responsables se llaman Andrin Stocker y Luc Schweizer, estudian Diseño Industrial en la Escuela Superior de las Artes de Zúrich (la ZHdK) y un día se hicieron la pregunta que deberíamos hacernos todos: ¿cómo se enfría un espacio público sin enchufar un solo aparato a la red?
Su razonamiento me parece impecable. Plantar árboles está muy bien, pero no caben en todas las aceras y tardan años. Meter aire acondicionado en plena calle es una de esas ideas que solo tienen sentido sobre el papel, y es que un climatizador no elimina el calor: lo saca de un sitio y lo escupe en otro, así que enfrías la parada calentando aún más la calle. Su filosofía fue justo la contraria: en vez de pelear contra la física con una máquina, dejar que la física trabaje gratis. Así nació bloc°, un proyecto que no se quedó en el cajón porque fue finalista nacional del prestigioso James Dyson Award 2025.
Por qué una parada de bus quema más que un descampado
Antes del ladrillo, el problema. La ciudad está construida con materiales que adoran tragar calor: asfalto, hormigón, adoquín oscuro, acero. Todos absorben la radiación del sol durante horas y la van soltando despacio cuando cae la tarde, justo cuando esperas que refresque. Súmale los motores, los aparatos de aire echando calor a la calle y la falta de vegetación, y tienes el horno montado.
No me lo invento yo. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea ha medido que las superficies urbanas pueden estar entre 10 y 15 grados más calientes que el campo de alrededor en verano. En la propia Zúrich, las zonas peatonales superan en más de 8 grados la temperatura del entorno. Y en ese microclima de plancha es donde esperan los mayores, los niños y la gente con problemas respiratorios, que son precisamente los que peor lo llevan.
¿La respuesta habitual? Inventar cacharros eléctricos: ventiladores de alta presión, nebulizadores, climatizadores evaporativos. No están mal, pero gastan luz, hacen ruido, se estropean y piden mantenimiento constante. El problema de fondo es que no escalan. No puedes plantar un aparato enchufado en cada marquesina de cada pueblo de España. Y ahí es donde el barro le gana la partida a la electrónica.
El botijo de toda la vida se reencuentra con la impresión 3D
Te acordarás del botijo: esa vasija de barro que sudaba por fuera y te daba agua fresca aunque cayeran 40 grados. El principio que usaban nuestros abuelos —y media humanidad antes que ellos— es el mismo de bloc°. El barro cocido es poroso, así que si empapas sus paredes el agua se filtra hacia la superficie. Cuando esa agua se evapora, roba calor de todo lo que tiene alrededor, incluido el aire que pasa rozándola. Es exactamente lo que hace el sudor en tu piel cuando corres. Nada de magia: termodinámica de la de toda la vida.
La diferencia es lo que Stocker y Schweizer han hecho con ella. No se han limitado a cocer un ladrillo poroso y ya. Han usado impresión 3D para darle una geometría imposible de sacar con un molde tradicional: por dentro cada pieza esconde dos cámaras, una que almacena hasta 0,8 litros de agua y otra por la que circula el aire, con curvas y canales que multiplican la superficie de contacto para que la evaporación sea lenta y constante. Para inspirarse no miraron un catálogo de aire acondicionado, sino los botijos, los badgir persas (esas torres del viento de Oriente Medio) y hasta los termiteros, que se autoventilan sin gastar un vatio.
El funcionamiento es sencillísimo de contar y endiablado de ejecutar:
- El ladrillo se coloca en un muro, un banco o una pequeña estructura en la calle.
- Cada pieza guarda su propia agua. Una instalación mediana puede pedir unos 56 litros en un día por encima de 30 ºC, que pueden salir de la red o recogerse de la lluvia con una cubierta en forma de embudo.
- Un ventilador minúsculo, alimentado por un panel solar del tamaño del de una calculadora, empuja el aire por los túneles internos.
- El agua se evapora en las paredes porosas y, al hacerlo, enfría el aire que circula por dentro.
- Ese aire ya fresco sale al exterior y refresca el rincón inmediato.
Un ladrillo que respira y no necesita obras faraónicas
Lo que más me gusta del invento es que no te obliga a levantar la plaza entera. Los bloques son modulares y apilables, encajan como piezas de Lego: pones dos en un banco que ya existe, cuatro en un muro, o montas una columnita en una plaza sin sombra. Y son autónomos: el panel es casi invisible, el ventilador gasta tan poco que tira hasta en días nublados, no mete ruido (es un ventiladorcito, no un compresor) y el mantenimiento se reduce a rellenar el agua de vez en cuando.
Y hay un detalle que en pleno debate de la sostenibilidad no es menor: cuando el ladrillo termine su vida útil —que será larga, porque la terracota ni se degrada con el sol ni con la lluvia—, se tritura y vuelve a ser arcilla. Cero residuo tóxico. Stocker y Schweizer ya están montando un prototipo a escala real para probarlo en una calle de verdad, que es donde se demuestran estas cosas.
No son los únicos por ahí tirando de barro, ojo. En la India, el estudio Ant Studio lleva años con su Beehive, una «colmena» de conos de terracota que enfría con el mismo principio de evaporación y que la propia ONU ha reconocido; en una de sus instalaciones midieron una bajada de unos 6 grados, pasando de 42 a 36 ºC. Misma física milenaria, distinto envoltorio.
El pero, porque siempre lo hay
No todo es perfecto, y sería de tontos venderlo como la panacea. El punto débil de bloc° es evidente: necesita agua. Esos 56 litros en un día de bochorno no son una barbaridad —una ducha larga gasta la mitad—, pero en una España que arrastra sequías recurrentes, regar ladrillos cuando hay pueblos con restricciones puede chirriar. La salida que proponen es la lógica, recoger agua de lluvia, aunque ya sabemos que en los meses que más aprieta el calor es justo cuando menos llueve.
Aun con esa pega, a mí me parece de las ideas más sensatas que he visto en mucho tiempo para un problema que vamos a sufrir todos los veranos. No va a sustituir al aire acondicionado de tu casa ni pretende hacerlo. Pero entre fundir megavatios para refrigerar la calle o dejar que un poco de barro mojado haga el trabajo que lleva haciendo desde hace siglos, tengo clarísimo por dónde tiraría. A veces la solución más avanzada no es la que lleva más cables, sino la que mejor entiende la física que ya teníamos delante.













