En los últimos años he pasado de ir conduciendo, tener calor y apretar un botón o girar un mando a terminar navegando por un submenú mientras el semáforo se pone en verde y el coche de atrás empieza a pitar. Si esto te suena familiar, no eres el único, le pasa a millones de conductores cada día, en cualquier ciudad, con cualquier marca que haya decidido meter media vida del salpicadero dentro de una pantalla.
Nos lo han vendido como que es algo mejor, más rápido, más tecnológico y lo que en realidad es la pantalla, es que es más barata que los botones.
No hace falta ser ingeniero para notar que algo ha cambiado. El coche, ese objeto que durante un siglo funcionó a base de botones y palancas que uno manejaba sin mirar, se ha transformado en un aparato algo lleno de distracciones que nos obligan a apartar la vista de la carretera siempre que queremos activar a desactivar algo. Ahora es, sobre todo, una pantalla. Y detrás de esa pantalla, software. Mucho software.
El problema no es la tecnología, es cómo nos la han impuesto
Nadie rechaza la tecnología por sistema. El problema no es que un coche tenga conectividad o asistentes de conducción. El problema es que casi todo se canaliza ahora a través de una pantalla táctil, con menús que cambian de sitio en cada actualización y funciones básicas escondidas dos o tres niveles por debajo de donde deberían estar. Lo que antes era un gesto automático ahora exige mirar, buscar y decidir. Y eso, dentro de un vehículo en movimiento, tiene un nombre muy peligroso: distracción.
Cuatro razones por las que el hartazgo es legítimo
Seguridad. Cada segundo con la vista fija en una pantalla es un segundo sin mirar la carretera. Varios estudios de organismos de seguridad vial europeos apuntan a que ajustar funciones básicas mediante pantallas táctiles multiplica el tiempo de distracción frente a un botón físico, que se acciona casi sin pensar.
Fiabilidad. Cuando un botón físico se estropea, el resto del coche suele seguir funcionando. Cuando falla el software o la pantalla, el vehículo entero puede quedar tocado, desde el climatizador hasta funciones de seguridad. Hemos convertido un objeto mecánico, robusto por naturaleza, en un dispositivo tan frágil como cualquier ordenador.
Experiencia de uso. Se ha perdido el tacto, esa certeza física de saber que has pulsado lo que querías sin necesidad de mirar. Esa inmediatez se ha sustituido por interfaces que exigen atención visual constante y que, encima, cambian de diseño con cada actualización. Para más complicación, han tenido que añadir superficies hápticas con vibración para emular un botón
Coste. Un salpicadero lleno de sensores y pantallas no es más caro de fabricar pero sí de reparar. Una pieza o módulo de botones que antes costaba unos euros puede convertirse hoy en una factura de varios cientos o miles, porque va integrada en un módulo electrónico que hay que cambiar entero.
El mercado ya está reaccionando
En el segmento de segunda mano empiezan a notarse precios más altos en modelos con mandos físicos frente a otros más digitalizados. Las comparativas independientes valoran cada vez más la ergonomía, no solo el tamaño de la pantalla. Incluso publicaciones especializadas en seguridad vial han comenzado a penalizar a los coches que trasladan funciones esenciales exclusivamente a interfaces táctiles. La industria, poco a poco, está empezando a escuchar y a entrar en razón.













