Pocos momentos han hecho tanto daño a Red Bull como lo ocurrido en el Gran Premio de Malasia de 2013. Una situación que parecía bajo control acabó en un conflicto total entre sus pilotos, justo cuando desde el muro de boxes llegó la instrucción «Multi 21» para congelar los puestos en pista.
El código de la escudería establecía que el coche número 2 (Webber) debía terminar por delante del coche número 1 (Vettel). Pero Sebastian Vettel decidió que esa regla no iba con él.
La tensión en Sepang explotó después de la última parada. Webber hizo caso a los ingenieros y bajó las revoluciones del motor para no castigar el coche, confiando en que la carrera estaba terminada.
Pero Vettel no pensaba igual y aprovechó que su compañero iba más lento para atacarle. Los dos Red Bull estuvieron a punto de chocar a muchísima velocidad mientras Horner le pedía por radio a Vettel que parara esa locura. El alemán no hizo ni caso y completó el adelantamiento, rompiendo los planes del equipo solo para llevarse más puntos.
En el podio, las caras de odio y el silencio dejaron claro que el ambiente en el garaje se había roto por completo.
Vettel ignoró al equipo y rompió la convivencia en Red Bull
Lo que muchos vieron como un simple gesto de egoísmo de Vettel venía del Gran Premio de Brasil del año anterior. Allí, Vettel y Alonso se jugaban el Mundial. Christian Horner explicó a la web oficial de la Fórmula 1 que lo ocurrido empezó en esa carrera: «Sebastian estaba disputando el campeonato con Alonso y Mark le arrinconó contra el muro de boxes, lo que resultó en que fue adelantado por Bruno Senna. Algo que molestó mucho a Sebastian. Lo discutimos tras la carrera, pues Mark no disputaba el campeonato y debía hacer todo lo posible por apoyar a su compañero».
Aunque Vettel ganó aquel mundial, no olvidó lo que pasó y en Malasia decidió actuar por su cuenta. “Ocurrió literalmente dos carreras después, unos cuatro meses. Webber estaba delante y Vettel detrás con neumáticos nuevos. Eran muy frágiles, así que les dijimos que mantuvieran posición y Sebastian pensó: ‘Que os jodan'», comentó Horner. Al final, fue una venganza por lo ocurrido meses antes en la pista brasileña.
Además, lo ocurrido en Sepang dejó clara la postura de Vettel. El alemán sentía que su estatus en el equipo le permitía actuar por cuenta propia. Para él, ganar estaba por encima de cualquier acuerdo previo firmado en el garaje. Este incumplimiento de las órdenes dejó a los directivos de Red Bull en una posición de debilidad. En ese momento, las instrucciones del muro dejaron de tener efecto y el piloto impuso su propio criterio en la pista.
Webber nunca perdonó la jugada. El australiano creía en la palabra dada y comprendió que nunca tendría las mismas armas. «Sebastian tomó sus propias decisiones», declaró Webber en la rueda de prensa. La desconfianza afectó a cada estrategia posterior. Red Bull gestionó el resto de la temporada con un equipo dividido. El ambiente en el box se volvió tóxico.
La lealtad desapareció en favor del ego. Adrian Newey observó cómo sus pilotos ponían en riesgo un nuevo doblete en el campeonato, el que terminaría por ser el cuarto consecutivo.
Claro que por entonces Vettel ya marcaba territorio. El alemán llegó a Malasia con tres mundiales consecutivos en el bolsillo y un peso político total en Red Bull. Su ataque a Webber fue el ejercicio de un piloto que se sabía intocable.
Ignoró el pacto de equipo porque ganar los siete puntos de diferencia le importaba más que la palabra dada en el garaje. Este incumplimiento del Multi 21 dejó a Christian Horner como un espectador más; el muro de boxes perdió el control de sus propios coches.

Las consecuencias del Multi 21: el fin de la confianza en Red Bull
Aquel mensaje por radio cambió la gestión de las órdenes de equipo en la Fórmula 1. La emisión de las comunicaciones permitió que el público se enterara de lo que pasaba al momento, lo que generó muchas dudas sobre el comportamiento de los pilotos en carrera.
Vettel admitió tiempo después que actuó condicionado por incidentes previos. El alemán recordaba que Webber no le había facilitado las cosas en momentos clave de temporadas anteriores y decidió cobrarse la factura en Sepang.
Esta actitud es habitual en los pilotos que acumulan campeonatos y que no aceptan frenos cuando tienen una victoria cerca. Aunque Red Bull consiguió salvar los resultados deportivos ese año, por dentro la unidad del equipo desapareció.
La relación entre ambos lados del garaje se volvió estrictamente profesional y distante. Desde aquel domingo en Sepang, el equipo tuvo que planificar cada carrera sabiendo que los pactos verbales podían romperse en cualquier momento.
Lo ocurrido en Sepang fue el final de la paz en Red Bull. Vettel dejó claro que sus ganas de ganar estaban por encima de cualquier instrucción, y el equipo aceptó esa realidad al no castigarle. Desde ese día, la relación entre los pilotos pasó a ser un trámite necesario para cumplir el calendario, pero la confianza en el garaje nunca volvió.





