En la carrera por la descarbonización industrial, el almacenamiento de energía es clave ya que permite mitigar la intermitencia de las renovables y electrificar procesos térmicos intensivos. Las renovables, como hemos dicho en muchas ocasiones, tienen ese problema. La energía solar y la eólica tienen puntos de mucha producción en la que hay excedente, pero también días en los que está nublado o no hay viento y no producen. Por lo tanto, es clave encontrar la mejor forma de almacenar cuando hay excedente y poder usarlo cuando se necesita. Almacenar electricidad y calor reduce las puntas de demanda, recorta el consumo de combustibles fósiles (como el gas natural) y aprovecha al máximo el autoconsumo.
En este camino hay distintas vías abiertas, desde la ya clásica batería de litio, a múltiples proyectos que están en distintas fases de prueba o puesta en marcha como hemos ido viendo en distintos artículos. Hoy nos ocupa un sistema que busca guardar ese excedente de renovables en forma de calor. Hablamos de la batería térmica de carbono de Antora Energy.
Es un sistema innovador pensado precisamente para descarbonizar la industria mediante el almacenamiento de energía en forma de calor extremo. Es un proyecto respaldado, ni más ni menos, que por Bill Gates y que utiliza bloques de carbono sólidos calentados a temperaturas extremas, de hasta 2.000º, utilizando electricidad procedente de paneles solares o aerogeneradores.
La revolución está en la temperatura extrema
Imagina una batería que no utiliza metales raros ni componentes químicos complejos, sino algo tan simple y abundante como el carbono. Detrás de este gran cambio está Antora Energy, una joven empresa que ya ha logrado que el mismísimo Bill Gates apueste fuerte por ella. Su idea es de esas que te dejan pensando: quieren cambiar por completo la forma en que las grandes fábricas consiguen calor y electricidad utilizando algo parecido a piezas de Lego gigantes. ¿Cuál es el truco? Usan bloques de carbono macizo y los calientan con electricidad hasta superar los 2.000 °C. Para que te hagas una idea de la burrada de calor de la que hablamos, eso es casi el doble de lo que se necesita para derretir el acero.
A estos niveles de calor extremo, las reglas del juego cambian y la física nos regala un fenómeno asombroso. Al superar los 1.500 °C, el calor deja de transmitirse de la forma tradicional. La radiación térmica (es decir, la luz) se vuelve 16 veces más eficiente que el simple contacto o las corrientes de aire. De hecho, al llegar a los 2.000 °C, más del 99% de la energía se mueve en forma de luz. El sistema ya no funciona como la estufa de casa que calienta el aire al tocarlo; se comporta como una bombilla gigante y ultrapotente. Lo brillante de esta idea es que esa intensa luz cegadora se puede capturar directamente con paneles especiales, logrando una eficiencia energética increíble.
La elección del carbono no es casualidad, sino una genialidad logística y económica. Es uno de los materiales más baratos, comunes y estables de nuestro planeta. Mientras que las baterías de litio son costosas y complejas de reciclar, el carbono apenas cuesta 1 dólar por kilovatio-hora, lo que lo hace 50 veces más económico. Además, no se degrada con estas temperaturas infernales y tiene una densidad energética brutal: almacena cuatro veces más energía que el litio en el mismo espacio.
Almacenar calor, devolver luz y electricidad
La innovación no es solo cómo se almacena, sino cómo se extrae la energía. Si un cliente industrial necesita calor para su proceso (por ejemplo, para fabricar cemento, acero o vidrio), el sistema irradia ese calor para calentar tubos con fluidos.
¿Y si lo que se necesita es electricidad? Aquí viene la magia. En lugar de usar las ruidosas y complejas turbinas de vapor de toda la vida, Antora ha diseñado un dispositivo de estado sólido, sin una sola pieza móvil, llamado célula termofotovoltaica (TPV). Imagina un panel solar, pero entrenado para «alimentarse» de la intensa luz infrarroja que emiten los bloques de carbono cuando están al rojo vivo. El resultado es espectacular: han roto los límites tradicionales alcanzando una eficiencia de conversión superior al 40%, dejando atrás al 35% de los sistemas convencionales.
Proyectos en marcha y un gran respaldo económico
Esta tecnología ya ha salido del laboratorio para demostrar su valía en el mundo real. Antora ya diseña proyectos a gran escala (de entre 30 y 60 MW) en Estados Unidos, colaborando codo con codo con industrias de la alimentación, la química, la minería y el petróleo. De hecho, ya han inaugurado en San José, California, la mayor fábrica del mundo de células TPV, capaz de producir 2 MW al año.
En cuanto a apoyo y respaldo económico, además de contar con el respaldo de Breakthrough Energy Ventures (el fondo de Bill Gates), han recaudado una ronda Serie B de 150 millones de dólares en 2024 y han recibido subvenciones del Departamento de Energía de EE. UU., incluyendo una de 14,5 millones del programa ARPA-E.
El contexto: por qué es una tecnología clave
Para entender la magnitud de este avance, hay que mirar las cifras: la industria pesada es el «monstruo oculto» del cambio climático, provocando el 30% de las emisiones globales. Hasta ahora, conseguir el calor extremo que necesita una acería sin quemar carbón o gas parecía una utopía. Hoy, estas baterías demuestran que es posible.
Además, resuelven el gran rompecabezas de las renovables. El litio es fantástico para aguantar unas horas, pero el carbono puede retener la energía durante días enteros, actuando como un gigantesco colchón de seguridad para la red eléctrica cuando no hay sol ni viento. Es la pieza que faltaba para acelerar una transición energética real, atacando el calor, que es, al fin y al cabo, la mayor forma de consumo energético de nuestro planeta.
Un cambio de paradigma para las comunidades y el empleo
El impacto de las baterías de carbono va mucho más allá de las frías métricas de descarbonización; dibuja un nuevo mapa de oportunidades para las personas. Históricamente, las industrias pesadas han sido el motor económico de cientos de regiones, pero también una fuente constante de preocupación por la contaminación local y sus efectos en la salud de los vecinos. Al sustituir la quema de combustibles fósiles por calor limpio irradiado desde bloques de carbono, estas plantas pueden seguir operando en el corazón de las comunidades sin envenenar el aire que respiran.
Por otro lado, esta transición abre una era dorada para el empleo técnico y operativo. El mantenimiento de sistemas termofotovoltaicos y la gestión de redes térmicas inteligentes requerirán una nueva generación de profesionales cualificados. Lejos de destruir empleos, la reconversión de las viejas infraestructuras industriales en plantas híbridas de energía limpia asegura la supervivencia de sectores económicos vitales. En definitiva, la propuesta de Antora Energy demuestra que cuidar el planeta no está reñido con proteger el bienestar humano y el desarrollo económico local; al contrario, es el único camino viable hacia el futuro.













