Sería un sueño tener un teléfono móvil que nunca necesitase una recarga. Que pudiésemos usarlo durante tres décadas sin preocuparnos por el enchufe. Suena a locura de película, pero es el plan maestro que tiene entre manos la agencia de defensa estadounidense, DARPA, con su programa Rads to Watts.
¿La idea? Crear una batería superligera que se alimente de residuos nucleares y que pueda dar energía sin parar durante 30 años a drones, satélites y equipos militares. La gran noticia es que este plan acaba de recibir un empujón clave: un contrato de 3,37 millones de dólares para fabricar un prototipo real que podría estar listo a principios de 2027.
Y hay un detalle que lo hace todavía más singular: al frente del proyecto no está un gigante de la industria, sino la Universidad Estatal de Morgan, en Baltimore, que con este contrato se convierte en la primera universidad históricamente negra de Estados Unidos, una HBCU, en liderar un programa de defensa de DARPA.
Un problema energético con un residuo como solución
Para ver el verdadero alcance de este proyecto, primero hay que entender el dolor de cabeza que intenta solucionar. El ejército de Estados Unidos, como cualquier fuerza moderna, vive pegado a la tecnología. Hablamos de drones que vigilan zonas de conflicto, satélites que mantienen al equipo comunicado y sensores ocultos que analizan el terreno. Todo esto suena muy avanzado, pero tiene un gran talón de Aquiles: si te quedas sin batería, todo ese despliegue no sirve para nada.
El Pentágono busca una solución radical. En lugar de mejorar las baterías convencionales, quiere un cambio de paradigma. Quiere una fuente de energía que dure décadas. Y para ello ha puesto sus ojos en un residuo que es a la vez un quebradero de cabeza y una oportunidad: los residuos nucleares.
En Estados Unidos hay más de 100.000 toneladas métricas de residuos nucleares acumulados en 52 emplazamientos de reactores en todo el país. Es un problema ambiental y político de primer orden, que le cuesta al gobierno federal miles de millones de dólares anuales en demandas por no haber encontrado una solución definitiva para su almacenamiento seguro.
Ahora, ese residuo, que es un pasivo ambiental, podría convertirse en un recurso energético de valor incalculable. Es como si, de repente, el carbón que ensucia el sótano pudiera usarse para calentar la casa durante un siglo.
De residuo a recurso: el proceso de transformación
¿Cómo se convierte un residuo nuclear en una batería de larga duración? La respuesta está en la radiactividad. Algunos isótopos presentes en los residuos nucleares emiten radiación durante décadas o siglos. Esa radiación es energía en estado puro, una energía que no se detiene ni de noche, ni con nubes, ni en el vacío del espacio.
El proyecto de DARPA, en el que participan varias organizaciones, busca capturar esa energía y convertirla directamente en electricidad, sin turbinas ni generadores de vapor de por medio. Esa disciplina tiene nombre, tecnología radiovoltaica, y el proyecto concreto se llama SYMPHONEE, un acrónimo que hace referencia al sistema de estroncio e itrio que emplea.
La empresa Project Omega, liderada por su CEO y fundador Stafford Sheehan, es la encargada de desarrollar el generador de energía nuclear. Su enfoque es brillante en su simplicidad conceptual: «Las células solares convierten directamente la luz solar en electricidad. Nosotros convertimos directamente la radiación en electricidad». La diferencia es que, mientras el sol se pone, la radiación de un isótopo radiactivo no se detiene. Es una energía constante, predecible y extraordinariamente densa.
El proceso es el siguiente. Se toma el residuo nuclear y se recicla para obtener dos tipos de productos. Por un lado, combustible que puede reutilizarse en reactores nucleares. Por otro lado están los «isótopos de potencia», que no son más que materiales radiactivos capaces de dar vida a un aparato.
Para este proyecto han elegido el Estroncio-90 y su producto de desintegración, el itrio-90, dos emisores de partículas beta. Es una opción mucho más segura que el Plutonio-238 (el que se manda al espacio), pero con una fuerza tremenda y duradera. La idea es meter este isótopo en una celda compacta de estado sólido y recubrirlo con un semiconductor superespecializado, diseñado por la empresa Widetronix a partir de una estructura de carburo de silicio, que transforma la radiación en corriente limpia. Imagina una pila de toda la vida, pero que en vez de usar químicos, funciona devorando su propia desintegración atómica.
Aplicaciones militares: drones y satélites que nunca se apagan
Las aplicaciones militares son tan fascinantes como inquietantes. Imaginen un dron de vigilancia que pueda permanecer en el aire durante semanas o meses sin tener que aterrizar para recargar sus baterías. O un satélite espía con una vida operativa de décadas, sin el riesgo de quedarse inoperativo por un fallo energético.
De hecho, el propio Sheehan pone el ejemplo de los satélites: si uno se queda sin energía y no tiene ningún tipo de respaldo, se pierde por completo, «se acabó». La propia DARPA menciona «cualquier aplicación en la que el agotamiento de la batería sea un punto problemático». Esto incluye desde sensores remotos en zonas hostiles hasta sistemas de comunicaciones tácticos que deben funcionar sin interrupción. Project Omega, además, ya ha enseñado un vídeo promocional con drones marinos de diez años de autonomía.
Estas baterías no solo duran mucho, sino que son ligeras (una de las claves del programa es lograr una alta densidad energética, es decir, mucha potencia en poco peso, más de diez vatios por kilogramo) y funcionan en condiciones extremas de temperatura, algo fundamental para operaciones militares en desiertos, polos o en el espacio.
La promesa es tener sistemas autónomos que no dependan de una logística de suministro eléctrico, un punto débil en cualquier conflicto. Es como pasar de tener un coche que necesita repostar cada 500 kilómetros a uno que no necesita repostar en toda su vida útil. Para el Pentágono, esto significa una ventaja estratégica inmensa: operaciones más largas, mayor alcance y menor vulnerabilidad logística.
El camino hacia el prototipo: un calendario ambicioso
El calendario del programa «Rads to Watts» es ambicioso. La meta es tener un modelo básico pero funcional para principios de 2027. Para lograrlo en solo año y medio, se ha formado un equipo de primera: el Laboratorio Nacional del Noroeste del Pacífico (PNNL) se encarga de los materiales nucleares y de las pruebas, mientras gigantes como Northrop Grumman y la firma ARA aportan la potencia de cálculo, con modelado por inteligencia artificial, para afinar cada detalle del rendimiento antes de fabricar nada físico.
El verdadero reto no es solo exprimir la energía del átomo, sino domar la radiación, garantizar que sea seguro de manipular y asegurar que la batería aguante tres décadas sin perder fuelle. Como resumió un responsable del PNNL, los próximos dieciocho meses se centrarán en reducir el riesgo técnico y validar el rendimiento en condiciones realistas.
Un futuro con más preguntas que respuestas
Aunque el proyecto es prometedor, plantea preguntas fundamentales. La primera es la seguridad. Si estos dispositivos se utilizan en drones o sistemas portátiles, ¿qué ocurre en caso de accidente o de que el dispositivo caiga en manos equivocadas? La radiación del Estroncio-90, aunque menos peligrosa que la del plutonio, sigue siendo radiactiva y requiere un blindaje y un manejo muy estrictos.
La segunda es la escalabilidad. ¿Es viable producir estos generadores en masa para equipar a miles de drones? La tercera es el coste. ¿Compensará la longevidad de la batería el coste de su fabricación y, sobre todo, de su gestión al final de su vida útil? Y la cuarta, quizás la más importante para el público, es la percepción social. ¿Aceptará la ciudadanía que se usen baterías nucleares, aunque sea en el campo de batalla, cuando la misma palabra «nuclear» genera tanto temor?
El programa de DARPA es un primer paso, pero no una solución definitiva. Es un banco de pruebas para una tecnología que podría transformar no solo la defensa, sino también la exploración espacial y, quizás, algunos sectores civiles.
Pero, como toda tecnología nuclear, requiere un manejo extremadamente cuidadoso. La promesa de un dron que nunca se apaga es tentadora, pero también nos recuerda que estamos jugando con las fuerzas que alimentan las estrellas, y que debemos hacerlo con la máxima responsabilidad. Por ahora, el reloj corre. El prototipo de 2027 será la primera piedra de un futuro que, literalmente, nunca se apaga.













