Existen nombres en el mundo del motor que no se guardan en la memoria por sus copas o sus grandes marcas. Se quedan grabados por el peso de sus errores y por la cantidad de billetes que costó su asiento. En los años noventa, un hombre se convirtió en el centro de todas las miradas por su falta de ritmo y por el rechazo de su propio grupo de trabajo. Ricardo Rosset entró en la F1 gracias a su gran fortuna. Su camino empezó con fuerza en grupos de coches menos veloces, pero al llegar arriba todo cambió de golpe.
En el año 1997 se unió al equipo Mastercard Lola. Este equipo nació de forma rápida y sin hacer pruebas previas en pista. El coche nació como un gran error desde el primer día de trabajo. En el Gran Premio de Australia, el monoplaza de Ricardo Rosset fue tan lento que no pudo entrar en la carrera.
La norma decía que los coches debían rodar cerca del tiempo del primero (la actual regla del 107%), y el Lola quedó a doce segundos del resto. Aquel pobre rendimiento hundió la imagen del proyecto en solo una carrera. El equipo se quedó sin dinero tras ese fin de semana y cerró sus puertas para siempre. Rosset se quedó sin asiento en apenas unos días de marzo.
Este hecho mostró que el dinero no basta para crear un coche que pueda rodar bien. El piloto de Brasil tuvo que buscar otro lugar para seguir su sueño, pero su fama ya estaba marcada por aquel inicio tan malo. Nadie en el paddock confiaba en que Rosset tuviera el nivel para estar entre los nombres más grandes del mundo.
El fichaje de Ricardo Rosset por Tyrrell y la guerra con los mecánicos del garaje
En el año 1998, Rosset logró un puesto en el equipo Tyrrell. Esta escudería tenía mucha historia pero pasaba por un mal momento de dinero. Ken Tyrrell, el dueño, quería a un piloto veloz como Jos Verstappen para su coche.
Sin embargo, los nuevos dueños del equipo impusieron a Ricardo Rosset porque traía millones de dólares de sus socios. Este hecho causó un choque total dentro del garaje desde el primer día. Los trabajadores de la escudería no querían al brasileño en sus filas. Sentían que su presencia era una falta de respeto al pasado de honor del equipo.
La relación se rompió por completo según pasaban los meses de competición. Rosset solía culpar al coche de sus fallos y de sus golpes contra los muros. Esto cansó a los mecánicos, que trabajaban muchas horas en reparar un coche que el piloto destrozaba en prácticamente cada salida a pista.
La tensión llegó a un punto sin retorno cuando los empleados del equipo decidieron humillar al piloto de forma pública. Cambiaron las letras de su apellido en su ropa y en su calzado para que se leyera la palabra ‘TOSSER’. En el idioma inglés, este término es un insulto que señala a alguien tonto o que no sirve para nada.
En reportajes de la revista F1 Racing (actual GP Racing), varios mecánicos de la época confesaron que la llegada de Rosset fue el fin del espíritu del equipo. Uno de ellos declaró: «Teníamos un coche difícil, pero sabíamos que con Verstappen podíamos hacer algo. Cuando nos impusieron a Rosset por el dinero de sus socios, el equipo simplemente bajó los brazos».
El caos de Ricardo Rosset en las calles de Mónaco
El punto más bajo de su vida en la pista llegó en el Gran Premio de Mónaco de ese mismo año. En un trazado tan estrecho, la falta de manos de Rosset quedó a la vista de todo el mundo. Durante los entrenamientos, el piloto perdió el control de su coche y quedó cruzado en mitad de la pista de la ciudad de Montecarlo.
En lugar de esperar ayuda de los comisarios, intentó girar el coche en un espacio donde no cabía de ninguna forma. Realizó muchas maniobras de marcha atrás que obligaron a otros pilotos a frenar en seco. Aquel trompo infinito frente a las cámaras fue la prueba definitiva de que Ricardo Rosset era un extraño en la categoría reina.
Minutos después, Ricardo Rosset volvió a salir a pista y sufrió un golpe muy fuerte que destrozó el coche. Perdió el control en la zona de la piscina y golpeó el lateral del coche contra el muro de metal. Los trozos de fibra saltaron por el aire mientras los cámaras grababan su error para todo el mundo.
En ese año 1998, Ricardo Rosset no logró entrar en la carrera del domingo en cinco fechas del calendario. Sus tiempos eran tan malos que la regla del tiempo límite lo dejaba fuera de la fila. La prensa empezó a usar su nombre como el ejemplo de lo que un piloto no debe ser nunca.
La salida de la Fórmula 1 y el legado del piloto de Brasil
Mientras su compañero Tora Takagi lograba sacar algo de brillo al coche, Rosset siempre estaba al fondo de la parrilla. Su falta de paso por curva y sus constantes trompos eran tema de conversación en muchos Grandes Premios de ese año 1998.
Al llegar el final de la temporada, el equipo Tyrrell dejó de existir para pasar a ser la base de BAR. Los nuevos jefes no dudaron ni un segundo: Rosset estaba fuera de sus planes de futuro. Ningún otro equipo quiso hablar con él ni ver el dinero de sus socios.
Rosset volvió a su país para centrarse en sus empresas. La Fórmula 1 lo recuerda como el piloto que pagó por un asiento que nunca pudo defender con resultados. Rosset se fue por la puerta de atrás, dejando tras de sí una lista de coches rotos y malas palabras en sus botas de cuero.





