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Mientras Europa prohíbe los plásticos de un solo uso, una estudiante del MIT convierte las escamas de pescado que tiraba la industria pesquera en bolsas y cubiertos que se compostan en casa

Mientras Europa prohíbe los plásticos de un solo uso, una estudiante del MIT convierte las escamas de pescado que tiraba la industria pesquera en bolsas y cubiertos que se compostan en casa

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 28.05.2026 18:00

El avance hacia un mundo más sostenible no siempre es un camino fácil. En muchos casos ese avance se ve frenado por los propios gobiernos y el camino que deciden tomar. Hay muchos científicos preparados y con ideas para investigar pero, en lugar de invertir en ellos, se piensa en políticas restrictivas, multas y más coste para el usuario final. No se buscan las alternativas que acabarían con el problema. Pagamos las bolsas en el súper o usamos reutilizables, compramos recargas para el champú o el detergente para no usar tantas botellas, llevamos el agua en termos para no usar las de plástico… pero seguimos generando una cantidad ingente de residuos contaminantes.

Así, mientras Europa endurece sus leyes para prohibir los plásticos de un solo uso —como pajitas, platos o bastoncillos—, el problema de fondo sigue sin resolverse. Las alternativas que usamos hoy, como los bioplásticos de maíz o caña de azúcar, no siempre son tan ecológicas como parecen: muchas requieren plantas industriales especiales para degradarse y no lo hacen en un compostero casero. El resultado es que seguimos generando toneladas de residuos que tardan siglos en desaparecer.

Lo que vamos a plantear ahora igual suena loco, pero es una opción muy real. ¿Y si la solución para sustituir las bolsas de plástico no estuviera en un laboratorio de alta tecnología, sino en el cubo de la basura de una pescadería? Esa es la pregunta que se hizo Jacqueline Prawira, estudiante de último curso de Ingeniería de Materiales en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

La respuesta sorprende tanto por su sencillez como por su efectividad: convertir las escamas de pescado que la industria pesquera tira a la basura en un material tan resistente como el plástico, pero que se descompone en casa como si fuera una cáscara de plátano. Una solución que combina la tradición (los mercados de pescado asiáticos que visita con su familia) con la más avanzada ciencia de los materiales, ofreciendo un camino real para dejar de ahogarnos en plástico. Y no es una forma de hablar: como la propia Prawira advierte, «para 2050 se espera que los plásticos pesen más que los peces en el océano».

Una inspiración de lo más cotidiano

Un gesto tan cotidiano como ir al mercado o al súper a comprar pescado y ver cómo lo limpia la pescadera puede acabar en un invento revolucionario si se mira con los ojos de una mente ingeniosa. Y es que la idea nació viendo cómo se tiraban las escamas.

La inspiración le llegó a Prawira en un lugar muy cotidiano: el mercado de pescado asiático al que acude con su familia. Allí observó un gesto que se repite millones de veces al día en todo el mundo: después de limpiar el pescado, las escamas acaban directamente en la basura. Nadie les presta atención.

Al menos así era hasta que ella sí prestó atención y notó algo fascinante. A simple vista, una escama es un residuo frágil e insignificante. Sin embargo, al fijarse, Prawira descubrió que es resistente, flexible, sorprendentemente ligera y muy delgada. Justo las mismas propiedades que definen a un buen plástico de un solo uso. «Empecé a darme cuenta de que son bastante fuertes; son finas, algo flexibles y ligeras para lo que aguantan», explica. «Y eso me hizo pensar: ¿qué otro material tiene estas propiedades? El plástico».

A partir de esa observación, empezó a trabajar en su laboratorio del MIT para sacar el máximo partido a esas escamas. No se trata de magia, sino de biomimetismo: copiar a la naturaleza. Las escamas de pescado son una estructura casi perfecta compuesta principalmente por colágeno (la misma proteína que da elasticidad a nuestra piel) y sales de calcio (como las que dan dureza a nuestros huesos). Prawira ha logrado aislar y recombinar esos componentes para crear materiales con una textura y una resistencia muy parecidas a las del plástico convencional, en forma de películas finas y transparentes aptas para bolsas, envoltorios y cubiertos desechables.

Un plástico que desaparece en casa (y no en siglos)

La clave de esta innovación no está tanto en el material en sí, sino en lo que pasa cuando dejamos de usarlo. Aunque tiremos los plásticos al contenedor de reciclaje —algo que no está tan extendido como podríamos pensar—, siguen siendo un material que tarda muchísimo en degradarse. El gran problema del plástico tradicional no es solo que se fabrica con petróleo, sino que la naturaleza no sabe cómo destruirlo. Como resume la propia investigadora, «hicimos los plásticos demasiado buenos en su trabajo, y por eso el medio ambiente no sabe qué hacer con ellos».

La genialidad de los materiales de Prawira es que resuelven el problema desde la raíz. Junto al film de escamas, ha desarrollado además un material compuesto al que ha llamado Cyclo.Plas 2 (CP2), que aplica esa misma biomímesis de la escama —colágeno, sales de calcio e hidroxiapatita, el mineral que da dureza a huesos y dientes— para reforzar y, a la vez, hacer degradable un material complicado de tratar como el PLA de las impresoras 3D. Sus pruebas demuestran que, si introduces uno de estos materiales en un compostero doméstico, se descompone de forma natural en cuestión de semanas (alrededor de ocho, según los datos del proyecto), sin necesidad de plantas industriales ni altas temperaturas. La misma humedad y los microorganismos del compost casero bastan para deshacerlo por completo.

De residuo pesquero a recurso de alto valor

Además de atacar el plástico, esta innovación ataca otro problema: el de los residuos de la industria pesquera. Cada año, la industria alimentaria genera toneladas de escamas, pieles y espinas que no tienen una aplicación valiosa. En lugar de enterrar esas escamas o quemarlas, Prawira propone convertir ese «problema» en la materia prima de una nueva economía circular.

Su invento tiene otra ventaja económica clave. Los bioplásticos actuales (como el PLA, derivado del maíz) compiten con la agricultura alimentaria, ocupan tierras de cultivo y requieren procesos industriales costosos. En cambio, las escamas de pescado son un subproducto sin dueño, abundante y barato.

PLÁSTICO CONVENCIONAL
El problema
OrigenPetróleo
DegradaciónSiglos
DóndeNo se degrada
BIOPLÁSTICO PLA (MAÍZ)
La alternativa a medias
OrigenCultivos
DegradaciónSolo industrial
PegaCompite con comida
EL INVENTO
MATERIAL DE ESCAMAS
La propuesta de Prawira
OrigenResiduo pesquero
DegradaciónSemanas
DóndeCompost casero

No es su primer invento (ni será el último)

Conviene detenerse un momento en la figura de Prawira, porque lo del plástico de escamas no es un golpe de suerte aislado. Esta joven lleva resolviendo problemas medioambientales desde que era una adolescente: ya en 2022, siendo estudiante de instituto, la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA) destacó su trabajo contra la contaminación por plásticos. De aquella época es también Cyclo.Cloud, otra solución basada en residuos de pescado capaz de adsorber hasta el 82 % de los metales pesados presentes en aguas residuales contaminadas.

Ya en el MIT, y trabajando en el laboratorio del profesor Yet-Ming Chiang, ha participado además en el desarrollo de un proceso para fabricar cemento bajo en carbono —uno de los grandes emisores de CO₂ del planeta— a temperaturas más bajas, una tecnología ya patentada y en proceso de comercialización a través de la startup Rock Zero. Por todo este historial, Prawira recibió recientemente la prestigiosa beca Barry Goldwater, una de las más reconocidas en Estados Unidos para jóvenes científicos. No está nada mal para alguien que todavía no se ha graduado.

Un futuro con menos plástico

Aunque el invento de Prawira no va a sustituir las tuberías de PVC de tu casa ni las carcasas de los móviles, sí puede acabar con esa «montaña» de basura que generamos cada fin de semana: las bolsas del supermercado, los cubiertos de las fiestas, los envoltorios de la fruta o los vasos de las máquinas de café. Todos esos productos que usamos cinco minutos y contaminan durante siglos.

Eso sí, conviene mantener los pies en el suelo: hablamos de una tecnología que, por muy prometedora que sea, todavía está en fase de laboratorio y de validación, no en los lineales del supermercado. Queda por demostrar que se puede fabricar a gran escala, a un coste competitivo y con un suministro de escamas estable y seguro a nivel sanitario. El camino de un material brillante en el laboratorio a un producto que sustituya de verdad a las bolsas de plástico suele ser largo, y muchos inventos prometedores se quedan en el camino. Pero la dirección es la correcta.

La normativa europea está, en cierto modo, poniendo puertas al campo, porque la solución definitiva no es solo prohibir, sino ofrecer alternativas que sean igual de baratas, cómodas y limpias. Este material a base de escamas de pescado representa exactamente esa filosofía: en lugar de penalizar el residuo, convertirlo en la solución. Y si una estudiante que aún no ha terminado la carrera es capaz de plantearlo mirando el cubo de una pescadería, quizá el problema nunca fue la falta de ideas.

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