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17 años, 14 certificaciones y un proyecto que evitaría 2.952 toneladas de CO₂ al año en la Antártida: la estudiante chilena que diseñó una microrred con reactores nucleares de cuarta generación para acabar con el diésel en el continente blanco

17 años, 14 certificaciones y un proyecto que evitaría 2.952 toneladas de CO₂ al año en la Antártida: la estudiante chilena que diseñó una microrred con reactores nucleares de cuarta generación para acabar con el diésel en el continente blanco

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Por: Autonoción Redacción

Publicado: 09.08.2026 13:00

Imagina por un momento qué estabas haciendo tú a los diecisiete años. Lo más probable es que tu mente estuviera ocupada intentando descifrar el examen de matemáticas del día siguiente, decidiendo qué ropa ponerte para el fin de semana o, simplemente, lidiando con las lógicas inseguridades de la adolescencia. Es la edad en la que apenas estamos descubriendo quiénes somos y qué lugar queremos ocupar en el mundo. Raras veces nos paramos a pensar en cómo solucionar crisis energéticas globales o en cómo salvar los ecosistemas más frágiles del planeta. Sin embargo, las reglas de lo común no parecen aplicar para María Javiera Valenzuela, una estudiante chilena del Liceo Experimental Manuel de Salas que ha decidido saltarse los tiempos de espera tradicionales para empezar a cambiar el futuro hoy mismo.

Mientras el mundo discute en grandes cumbres internacionales sobre cómo descarbonizar el planeta, esta joven investigadora ya se ha metido de lleno en el laboratorio para diseñar una solución real, matemática y brillante para el rincón más helado de la Tierra: la Antártida. Con catorce certificaciones académicas bajo el brazo que respaldan su insaciable curiosidad, un primer puesto en una competencia de la mismísima NASA y un desparpajo admirable para la divulgación científica, Javiera es el vivo ejemplo de lo que ocurre cuando a una mente brillante se le da la oportunidad de atreverse.

Su historia es un viaje dinámico que comenzó casi por casualidad, con un correo electrónico electrónico que llegó a la bandeja de entrada de su madre invitándola a participar en un taller tecnológico de la organización Niñas Pro. En ese momento, Javiera confiesa que se sentía insegura y pensaba que el mundo de la tecnología y las ingenierías no era para ella. Pero la ciencia tiene esa magia: una vez que enciendes la mecha de la curiosidad, ya no hay marcha atrás. Dejó atrás los miedos, abrazó los algoritmos y los conceptos de la física molecular, y se convirtió en la única alumna de su comunidad escolar en volcarse por completo en las disciplinas STEM. Hoy, su mirada está fija en un desafío gigante: apagar los ruidosos y contaminantes motores de diésel que ensucian el Continent Blanco y sustituirlos por la energía del futuro.

La paradoja sucia del continente blanco

Para entender la genialidad de la propuesta de Javiera, primero hay que mirar hacia la Antártida con otros ojos. Solemos idealizarla como un desierto prístino de hielo interminable, un santuario de paz alejado de la contaminación industrial. Pero la realidad de las bases científicas instaladas allí tiene una cara bastante más oscura y ruidosa. Para poder sobrevivir en condiciones extremas, mantener la calefacción encendida y los laboratorios funcionando, estas bases dependen de forma casi exclusiva del diésel.

Quemar este combustible fósil en mitad de la nada polar genera un doble castigo ecológico. Por un lado, están las consabidas emisiones de gases de efecto invernadero. Por el otro, hay un enemigo silencioso llamado «carbono negro»: un hollín finísimo que flota en el aire y termina depositándose sobre el manto de nieve pura. Al volverse oscura, la nieve pierde su capacidad de reflejar la luz solar (el efecto albedo) y absorbe calor, lo que acelera de forma dramática el derretimiento de los glaciares. Es una paradoja trágica: la misma ciencia que viaja al fin del mundo para estudiar el cambio climático se ve obligada a contaminar para subsistir.

Hackeando el clima polar con microrredes híbridas

¿Por qué no usamos paneles solares o molinos de viento en la Antártida? Cualquier mente inquieta se haría esa pregunta. Javiera también se la hizo, pero vio el problema técnico inmediato: el clima polar es sumamente caprichoso e intermitente. Hay meses de oscuridad total y temporales de viento que destrozarían las instalaciones convencionales. La energía limpia tradicional no puede asegurar un flujo constante para que los científicos no se congelen.

Aquí es donde entra la propuesta que Javiera presentó con éxito en la Feria Antártica Escolar: una microrred híbrida inteligente. Su diseño combina el aprovechamiento de las energías renovables cuando el clima lo permite con una joya de la ingeniería moderna como base ininterrumpida: los microrreactores nucleares de cuarta generación. Estos pequeños dispositivos actúan como una «batería térmica» limpia, asegurando que la base tenga electricidad las 24 horas del día, independientemente de si hay tormenta o de si es de noche.

Combustible TRISO: seguridad a prueba de catástrofes

Hablar de energía nuclear suele despertar viejos fantasmas y miedos en la opinión pública. Sin embargo, el proyecto de Javiera no plantea grandes y complejas centrales como las del siglo pasado, sino tecnología de vanguardia ultra segura. El núcleo de su propuesta utiliza combustible tipo TRISO (Tri-structural Isotropic).

Para entenderlo de forma sencilla, las partículas de combustible TRISO son diminutas esferas del tamaño de un grano de pimienta. Cada grano de uranio está recubierto por tres capas de materiales cerámicos y de carbono altamente resistentes que actúan como un búnker minúsculo. Estas capas soportan temperaturas extremas y presiones descomunales sin sufrir daños ni liberar ningún tipo de radiación al exterior. Es un sistema «intrínsecamente seguro»: aunque el microrreactor perdiera por completo el refrigerante debido a un accidente o a un terremoto polar, el combustible no se derretiría. Está pensado específicamente para operar de manera autónoma en los entornos más aislados e inhóspitos del planeta.

Las matemáticas de un respiro planetario

La propuesta de esta estudiante de diecesiete años no se queda en una bonita teoría de ciencia ficción; cuenta con un respaldo matemático y económico riguroso. Tomando como referencia los consumos de una base antártica de gran tamaño, Javiera calculó que la implementación de esta microrred híbrida evitaría la emisión de aproximadamente 2.952 toneladas de dióxido de carbono (CO₂) cada año.

Además, al analizar la proyección financiera en un horizonte de 20 a 30 años, el coste de instalar y mantener estos microrreactores nucleares de cuarta generación resulta totalmente competitivo y equiparable al gasto astronómico que supone transportar, almacenar y quemar miles de barriles de diésel en mitad de la nada polar. Sostenibilidad ecológica y viabilidad económica unidas de la mano por una mente adolescente.

Rompiendo los moldes y los estereotipos impuestos

El éxito de Javiera no ha pasado desapercibido. A su corta edad ya ha sido seleccionada como uno de los talentos del programa Atom ZOOM de la Comisión Chilena de Energía Nuclear (CCHEN), ha participado en el Bootcamp Internacional de Ingeniería Nuclear 2026 y se alzó con el primer lugar en la categoría de principiantes del prestigioso NASA Space Apps Challenge 2025 junto a su equipo, Stellar Minds.

Sin embargo, el verdadero superpoder de Javiera no está solo en las ecuaciones, sino en su voz. Al ser la única chica de su entorno escolar interesada en estos campos, ha decidido utilizar sus redes sociales como un altavoz digital. Su sueño es seguir los pasos de grandes divulgadoras científicas y demostrarle a otras niñas que los laboratorios, la física nuclear y la tecnología también les pertenecen. «La clave es atreverse y romper los estereotipos que se nos tienen impuestos», afirma con una madurez que asusta. Javiera nos demuestra que el futuro del planeta no puede esperar a que las nuevas generaciones tengan un título universitario; la revolución científica ya está ocurriendo en la palma de las manos de quienes se atreven a mirar el mundo y decidir que pueden arreglarlo.

EL GARAJEvia El Garaje

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