A día de hoy estamos más acostumbrados a lo eléctrico y silencioso. Hoy es sencillo ver paneles fotovoltaicos, turbinas eólicas, instalaciones geotérmicas o si me apuras, silenciosos generadores eléctricos de gasoil que apenas hacen ruido.
Pues bien, ahora remontémonos a 1962 (ojo que sólo han pasado 64 años) y en vez de existir esto, tan silencioso tenemos como generador un coloso de acero de 34 toneladas que, con solo encenderse, hace vibrar la tierra a su alrededor. Es uno de los motores diésel estacionarios más imponentes jamás construidos en Europa y se llama Duvant tipo 9 V.O.S.
Esta bestia mecánica, con su corazón de nueve cilindros en línea, escribió una página única en la historia de la ingeniería francesa. Hoy, aunque retirado, sigue siendo un símbolo del poder industrial galo del siglo XX.
El nacimiento de un titán en Valenciennes
En 1962, en los talleres de la compañía Etablissements Duvant en Valenciennes, al norte de Francia, nació esta obra maestra. La firma, fundada en 1876, era por entonces una referencia mundial en la construcción de motores diésel de gran tamaño, conocidos por su fiabilidad casi legendaria.
Estos motores se fabricaban para tareas muy exigentes como la de propulsar barcos mercantes, alimentar grandes fábricas o servir como respaldo o backup energético en instalaciones críticas. El modelo de nueve cilindros representó una de las cúspides técnicas de la posguerra, uniendo potencia bruta con una fiabilidad a prueba de casi todo.
Un monstruo de proporciones épicas
Lejos de parecerse a un motor de automóvil convencional, este Duvant era una auténtica central eléctrica sobre ruedas. Con una cilindrada total de 330 litros, pesaba 34 toneladas. Para que te hagas una idea, sólo su enorme volante de inercia alcanzaba las 3,5 toneladas.
Desarrollaba 1.600 CV a un régimen muy bajo de alrededor de 375 revoluciones por minuto. Su apetito era igualmente colosal y es que consumía unos 350 litros de gasóleo por hora. Cuando funcionaba, sus bajas frecuencias generaban vibraciones que se sentían en el suelo a decenas de metros de distancia y había quienes lo catalogaban como un pulso subterráneo que anunciaba su puesta en marcha.
Tres décadas iluminando las carreras de Auteuil
Nada más salir de fábrica, el motor encontró un destino tan singular como su tamaño. Fue instalado en un búnker subterráneo bajo el Hipódromo de Auteuil, uno de los templos parisinos de las carreras de caballos y las grandes apuestas situado a 4 kilómetros de la Torre Eiffel.
Su misión era crítica y es que estaba destinado a garantizar el suministro eléctrico continuo del recinto para evitar cualquier interrupción que pudiera arruinar las millonarias jornadas hípicas. Durante casi treinta años, el gigante trabajó en silencio bajo tierra, alimentando luces, pantallas y sistemas esenciales del hipódromo.
En 1990, con la modernización de la red eléctrica francesa y los avances tecnológicos, el Duvant fue finalmente apagado. Durante más de una década permaneció olvidado en la oscuridad de su cámara bunkerizada subterránea.
Arrancar este motor no es algo sencillo. No bastaba con girar una llave. Se requería inyectar aire comprimido a alta presión directamente en los cilindros para poner en movimiento los enormes pistones y el pesado volante de inercia. Solo cuando el sistema cobraba una velocidad suficiente, el combustible comenzaba a detonar y el motor cobraba vida propia.
Quien ha estado cerca de esta bestia la describe con sonido inconfundible, como un latido metálico lento, profundo y acompasado que hacía retumbar todo. Nada que ver con el rugido agudo de los motores modernos. Al ponerse en marcha, además, expulsa una densa nube de humo por su chimenea antes de estabilizarse en un ronroneo grave y poderoso.
Tras la modernización del hipódromo, el motor fue destinado al desguace pero una asociación de protectores de motores y material industrial desmontó el motor pieza a pieza y los restauró.













