Tras la cosecha de la uva, cuando el otoño se instala en Borgoña, llega el momento de preparar los viñedos centenarios para el invierno. Durante décadas, las ramas que quedaban tras la poda se amontonaban y terminaban en una hoguera junto a otros restos y rastrojos, llenando el aire de humo. Hoy, una parte de esas mismas ramas está tomando un camino completamente distinto y es que acaban formando parte del salpicadero, las puertas o los paneles interiores de algunos modelos de Stellantis. Suena casi poético, ¿verdad? Pues es real, y está pasando ahora.
Cuando el residuo se convierte en protagonista
Hace no tanto tiempo, esas ramas eran vistas simplemente como un problema logístico. Se quemaban o se descartaban. Ahora, gracias a un proyecto impulsado por Stellantis y Citroën, una parte de ellas viaja convertida en fibras naturales dentro del C5 Aircross. Los ocupantes pueden verlas, tocarlas y notar su textura orgánica cada día.
Este esfuerzo se enmarca en el compromiso de Stellantis de alcanzar el 35 % de materiales verdes en sus vehículos nuevos para 2030.
Lo que más impresiona es la complejidad técnica que esconde todo esto. Un viñedo no funciona como una cadena de montaje industrial. Cada rama es única: varía en grosor, en humedad, en densidad e incluso en composición según el clima y la humedad. La naturaleza es caprichosa e irregular. En cambio, el interior de un automóvil exige precisión milimétrica, durabilidad extrema, resistencia al desgaste diario y el cumplimiento de certificaciones de seguridad y calidad cada vez más estrictas.

El proyecto comenzó en 2017 como una idea audaz del equipo de diseño. ¿Podía un material natural integrarse en un coche sin comprometer nada? Para convertir esa pregunta en realidad, se formó un equipo multidisciplinar: diseñadores, ingenieros de I+D, investigadores, especialistas en compras y socios externos. Junto a una startup especializada en el aprovechamiento de fibras de vid, empezaron a experimentar.
El proceso clave es fascinante. Primero, se recogen las ramas de poda. Luego viene la transformación, se trituran mecánicamente hasta obtener fibras muy finas, conocidas como micronizadas. Estas fibras se integran en un composite bio que combina lo natural con los requisitos técnicos del automóvil. No es un proceso simple. Hubo que resolver problemas de consistencia, adherencia, resistencia a la luz, al calor y al uso constante.
Las pequeñas irregularidades que quedan no se disimulan; se integran con intención. Cada panel o componente tiene su propia “personalidad” sutil: variaciones casi imperceptibles en textura y aspecto que hacen que ninguna pieza sea exactamente igual a otra. Esa imperfección controlada se convirtió en el sello distintivo del material.
Diseñar con alma y autenticidad
Los responsables de colores y materiales de Citroën tenían claro que no querían un “material ecológico” que pasara desapercibido entre plásticos convencionales. Querían que se viera, que se sintiera y que contara su historia. Por eso trabajaron la apariencia, el color y el tacto para que el origen natural siga siendo perceptible. El resultado es una superficie que parece viva, con una textura orgánica que aporta calidez y carácter al habitáculo.
Tejiendo una cadena de suministro nueva
Detrás de lo visible hay un trabajo invisible enorme. El equipo tuvo que construir, casi desde cero, una cadena de valor completamente nueva: desde los viticultores de Borgoña hasta la startup que procesa las fibras, los proveedores que fabrican los componentes y, finalmente, la línea de producción del coche.
No bastaba con comprar un material. Había que generar confianza en algo nunca probado a esta escala: definir nuevos estándares de calidad, protocolos logísticos locales para reducir transporte, sistemas de control de consistencia y acuerdos a largo plazo.
Al final, lo que empezó como ramas destinadas al fuego se ha transformado en un elemento que enriquece la experiencia en el interior de los modelo de la marca.













