Todas las etapas de la historia del automóvil han tenido algo en común: la carrera tecnológica hacia la rentabilidad y la eficiencia. En épocas pasadas, cuando el petróleo no era un problema y el consumo un simple dato, eran otros los motivos de competencia entre las marcas, tales como la potencia, el diseño, la durabilidad…
Sin embargo, en pleno 2020, con la obsesión por el consumo y la contaminación provocada por la Unión Europea y su estricta regulación en materia de emisiones que supondrá elevadas sanciones para las marcas, la búsqueda de nuevas fuentes de energía se ha convertido en el mayor desafío del transporte.
No se trata de criticar, sino de tener claro que hay unas cuantas alternativas viables, como los combustibles sintéticos o incluso vehículos de gasolina de cero emisiones parciales (PZEV) de los que probablemente nunca hayas oído hablar.
Las marcas gastan millones en I+D, realizan planes estratégicos a corto, medio y largo plazo; adquieren las patentes potencialmente más beneficiosas… y esto hace aparecer todas las alternativas a la gasolina y el diésel que conocemos hoy en día.
Actualmente,el fabricante que no cuide su huella en el planeta estará fuera del panorama automovilístico en un futuro cercano. Vehículos híbridos, eléctricos, de pila de hidrógeno o de gas son la respuesta a las necesidades de un sector que en el fondo lo que busca es reducir el euro por kilómetro de su gama y tener así la ventaja competitiva que esto supone de cara a la administración pública (con “el jaleo este” de la contaminación) y al cliente final (consumo de combustible).
Nos están vendiendo que el vehículo eléctrico es el futuro y, hoy por hoy, eso es una mentira como un templo. Por ejemplo, el GLP es el combustible ecológico más empleado en el mundo y con él se mueven 25 millones de coches en todo el planeta, prácticamente la mitad de ellos en Europa.
Fabricantes como BMW ya han anunciado que apostarán fuerte por el hidrógeno de aquí a 2025.
La moda es hablar del coche eléctrico porque, entre otras cosas, la ignorancia acerca del autogás como combustible está muy extendida incluso entre los gobernantes, pero la realidad es que hablamos de la única opción viable en la actualidad por infraestructuras, autonomía y flexibilidad.
Otra opción que se postula como una de las más interesantes y viables es el hidrógeno, un gas incoloro e inoloro que resulta tan limpio que sólo emite agua en su combustión -al añadir oxígeno al mismo, obtenemos H2O-. Es uno de los elementos más abundantes del universo y, como compuesto (ya que no existe prácticamente en su forma molecular), existe en cantidades incalculables, no como el cobalto para las baterías.
El gran inconveniente es que encontramos tres problemas en su utilización:
- Al disociar el hidrógeno del oxígeno en el agua consumimos más energía de la que produce el propio hidrógeno al quemarse.
- No se puede almacenar licuado porque requiere de unas temperaturas muy bajas o muchísima presión, ocupando un volumen excesivo en estado gaseoso.
- Es altamente inflamable, por lo que precisa de costosos sistemas de seguridad e incorporarlo en un vehículo no termina de ser del todo viable.
Sin embargo, el Consejo del Hidrógeno y la consultora McKinsey llevaron a cabo en 2017 un estudio bautizado como «Hydrogen, Scaling up» que señala que este elemento será uno de los pilares clave de la transición energética. Podéis leerlo al completo (en inglés) en el enlace.
En él se habla de que el hidrógeno podría llegar a suponer una quinta parte de toda la energía consumida para el año 2050, contando con suficiente potencial para crear más de 30 millones de puestos de trabajo y desarrollar actividades empresariales por una suma nada despreciable de 2,5 billones de dólares hasta dicha fecha.
El Consejo del Hidrógeno se creó hace relativamente poco entre trece multinacionales que invertirán 1.400 millones en el desarrollo de este combustible.
En términos de demanda, este tiene suficiente potencial como para alimentar entre 10 y 15 millones de turismos y 500.000 camiones para 2030, junto a muchos otros usos en diversos sectores. Asimismo, el estudio es toda una declaración de intenciones en la que podemos ver una hoja de ruta que analiza exhaustivamente y de forma cuantificada cómo sería el despliegue del hidrógeno en los próximos años.
Según las cifras reflejadas en el estudio y, también de cara al año 2050, se podrían llegar a reducir las emisiones anuales de CO2 en hasta seis gigatoneladas respecto a los niveles actuales, lo que supone una contribución de en torno al 20% en la limitación del aumento del calentamiento global en dos grados Celsius.
Lógicamente, para alcanzar estos objetivos es necesaria una importante coordinación e incentivación a largo plazo, así como una fuerte inversión que, en cifras, podría variar entre los 20.000 y los 25.000 millones de dólares anuales hasta 2030.
En cualquier caso, si tenemos en cuenta que actualmente las inversiones en energía ascienden a más de 1,7 billones de dólares al año entre gas y petróleo, automoción y electricidad renovable, parece ser que la propuesta del informe podría resultar viable.
Os invito a que le echéis un vistazo detenidamente al texto…




