La gestión del gasto en combustible se ha convertido en una prioridad para cualquier conductor de un coche de combustión. Aunque la tecnología ha avanzado, la forma en que manejamos los cambios de marcha y cómo interactuamos con el motor sigue siendo determinante para evitar que nuestro presupuesto se dispare. Sin embargo, para lograr esta eficiencia, es fundamental entender que un motor de gasolina exige un trato distinto al de un diésel.
El ahorro empieza antes de salir del garaje
Y es que muchos conductores pierden dinero antes incluso de recorrer los primeros metros. A diferencia de los motores diésel, que necesitan un tiempo de espera para que el aceite lubrique bien el turbo, un coche de gasolina permite iniciar la marcha casi de inmediato. No hace falta esperar al ralentí; de hecho, hacerlo solo sirve para quemar carburante de forma gratuita.
Un pequeño gesto que tu mecánica agradecerá es arrancar siempre con el pedal del embrague pisado a fondo, aunque el coche esté en punto muerto. Esto libera al motor del peso de la caja de cambios y facilita el arranque, lo que castiga menos la batería y el motor de arranque. Una vez encendido, basta con salir con suavidad para que el bloque alcance sus 90°C de temperatura ideal en pocos minutos.
El momento de subir de velocidad en los cambios de marcha
También existe la idea equivocada de que el motor necesita ir alto de vueltas para responder bien. La realidad es que los coches actuales sean diésel o gasolina, tienen fuerza de sobra en la parte baja del contador. Para gastar poco, lo mejor es actuar pronto y evitar que el motor gire más rápido de la cuenta.
Lo ideal es hacer los cambios de marcha cuando el motor está entre las 2.000 y 2.500 revoluciones. Ir en marchas largas permite que el coche ruede desahogado. Si prefieres fijarte en la velocidad, estas referencias son infalibles para tus cambios de marcha:
- Segunda: métela casi nada más arrancar, a los pocos metros.
- Tercera: a partir de los 30 km/h.
- Cuarta: al llegar a los 40 km/h.
- Quinta: en cuanto pases de 50 km/h.
Moverse rápido entre estas opciones evita que el motor desperdicie energía de forma innecesaria.
Anticipación, el truco del consumo cero
Ahorrar no es solo acelerar bien, sino saber cuándo dejar de hacerlo. Si levamos la vista y vemos un semáforo en rojo a lo lejos, no hay que esperar al último momento. Para eso, podemos levantar el pie del acelerador y dejar que el coche avance con la marcha que ya llevábamos puesta.
En ese punto, el consumo de gasolina es cero. El propio movimiento de las ruedas mantiene el motor encendido sin gastar ni una gota. Es mucho mejor dejar que el coche pierda velocidad solo que mantener el gas a fondo para acabar pegando un frenazo. Además, te ahorras reducciones bruscas que solo sirven para castigar la mecánica.
Gasolina y diésel no son iguales
No debemos cometer el error de conducir un coche de gasolina como si fuera un diésel. Los motores de gasolina se calientan mucho antes, por lo que están listos para trabajar bien casi desde que sales del garaje. Sin embargo, piden más atención con los cambios de marcha.
Porque mientras que un diésel recupera velocidad fácilmente desde muy abajo, en un gasolina las reducciones son aliadas para maniobrar con seguridad. Si vamos a adelantar, baja una marcha para que el motor suba a las 3.000 vueltas y el coche responda al instante. Forzar el motor en una marcha demasiado larga solo sirve para gastar más y castigar las piezas internas.
A menudo se piensa que el diésel es más rentable por defecto. Pero la gasolina es la opción ganadora si nuestros trayectos son cortos o si circulamos mucho por ciudad. Estos motores son mecánicamente más sencillos, lo que se traduce en un mantenimiento más barato. Al no generar tanto hollín, libramos de averías típicas de los diésel, como la obstrucción de los filtros de partículas o las válvulas EGR, que suelen costar una fortuna.
Además, el precio de compra del coche suele ser menor, igual que ocurre con los impuestos municipales o el seguro. Si sumamos estos ahorros fijos a una buena técnica al volante, la rentabilidad final es mucho mayor de lo que imagina la mayoría de conductores.
Los malos hábitos que dañan el coche
Hay gestos que parecen inofensivos pero que terminan en averías pesadas. Uno de los peores es dejar la mano apoyada en la palanca de cambios. Aunque parezca cómodo, esa pequeña presión desgasta los mecanismos internos de la caja.
Lo mismo ocurre con el embrague. Mantenerlo pisado en los semáforos es una condena para el disco de fricción. Una conducción suave, que respete los ritmos del coche y vigile la presión de las ruedas, hará que tus cambios de marcha se conviertan en dinero ahorrado al final del mes. Al final, la eficiencia es cuestión de técnica y, sobre todo, de mucha suavidad al volante.





