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La farsa de los vehículos eléctricos: Contaminan prácticamente lo mismo que los convencionales

Benditos coches eléctricos, parecía que su llegada iba a ser la salvación y ahora resulta que son parte del problema. Si recientemente os he hablado de los vehículos PZEV, los ‘cero emisiones’ con motor de combustión interna de los que las marcas prefieren no hablar, ahora vuelvo al polémico tema de las emisiones, la contaminación y los vehículos eléctricos para contaros que nos engañan como a chinos.

Sí, es duro de escuchar, especialmente para aquellos que apoyamos las formas de movilidad alternativas, pero en parte tampoco termina de sorprendernos y no estaría mal ir bajando al señor Elon Musk y sus preciados Tesla del pedestal. No es ningún secreto que casi cualquier marca podría cumplir con los estándares de emisiones teniendo en su gama solo vehículos de combustión interna si se tuviera en cuenta toda la contaminación que genera la producción y el mantenimiento de un vehículo eléctrico. Quiero decir: fabricar el coche, producir electricidad, fabricar baterías de litio… El coche en sí puede ser más limpio en cuanto a emisiones, pero ojo a lo que hay detrás que parece que nadie piensa en ello y una revolución medioambiental tampoco son.

Supercargador Tesla (1)

Lamentablemente, no hablamos solo de emisiones de CO2 a la atmósfera, sino de algo más complejo, pues cuando se mueven expulsan a la atmósfera más contaminantes peligrosos que los mismísimos coches diésel. Peter Achten y Victor Timmers investigan en la Universidad de Edimburgo y, hace relativamente poco, publicaron un sorprendente estudio en la revista científica Atmospheric Environment en el que hablaban acerca de estos temas. Por una parte, defendían una cuestión que os comenté el otro día, y es que a pesar del esfuerzo de las autoridades por reducir las emisiones de los motores de combustión interna, sólo un tercio de la contaminación -medida en términos de partículas en suspensión- procede del tubo de escape de los coches.

De todas las emisiones de las partículas PM10 y PM2.5 que se generan en cualquiera de nuestras calles o autopistas, el 90% y el 80% -respectivamente- no tienen nada que ver con el motor del vehículo.

Y ahora viene la mejor parte, todo aquello que los fabricantes y las autoridades prefieren reservarse para ellos. Según los estudios, los dos tercios restantes de la contaminación proceden de aspectos que poco o nada tienen que ver con soluciones mecánicas, como son la superficie de las ruedas, los sistemas de frenado y la carretera. Los ignoramos, pero también son fuente de partículas de contaminación directamente relacionadas con dolencias como infartos o ataques. Por ejemplo, los vehículos híbridos y eléctricos enchufables pesan de media un 24% más que sus comparables de combustión interna, lo que supone un mayor desgaste de los tres componentes citados.

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Si nos ponemos a comparar las versiones convencionales de diversos modelos con sus homónimos “ecológicos” veremos que hay múltiples ejemplos: en un Volkswagen Golf la diferencia en un 16%, en un Ford Focus un 15%, en un Fiat 500 de un 24% y en un smart fortwo nos vamos incluso hasta un 29%. A mayor peso mayor intensidad de frenada (incluso teniendo en cuenta el freno regenerativo, ojo), lo que redunda en más partículas que se desprenden de frenos, goma de cubiertas y asfalto que van a la atmósfera.

En base a estos datos, quizá vaya siendo hora de establecer restricciones por algo más que el tren motriz de los vehículos. Por ahora, la única solución para limitar al mismo tiempo el cambio climático y la contaminación causante de muertes es ir ‘a pata’, en bici o usar al transporte público -y relativamente-, pero claro, no es tan glamouroso como tener un Model S en el garaje.

Lo sé, nos prometieron el oro y el moro y ahora parece que nos vamos a dar de bruces contra el suelo. Ya sabíamos lo que contamina la producción y el mantenimiento de un vehículo eléctrico y que los coches no son los principales causantes de la contaminación, pero ahora se suma a la ecuación el conjunto de emisiones que no salen del escape. Y es que tal y como concluyen Achten y Timmers, ” la creciente popularidad de los vehículos eléctricos no tendrá seguramente un gran impacto en los niveles de partículas en suspensión“. Ojo, que los vehículos eléctricos sí reducen la cantidad de gases de efecto invernadero que llegan a la atmósfera, pero son completamente inútiles a la hora de evitar la contaminación tóxica para los seres humanos.

Fuente: El Economista

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