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El alumbrado público de LED ya está aquí, pero ojo, porque es más dañino de lo que parece

Muchas ciudades son tan conocidas por sus luces como por sus rascacielos. ¿Os imagináis qué sería de París, Nueva York o Sidney sin su firma lumínica tan característica? Seguramente su atractivo nocturno y su romanticismo se verían reducidos considerablemente, dejando de ser algunas de las ciudades más llamativas del mundo.

Pero la luz en la oscuridad no solo juega un papel ornamental en las grandes ciudades, sino que la tecnología avanza a pasos agigantados para ofrecernos innovaciones que revolucionan la forma en la que vemos por la noche y, con ello, aumentan nuestra seguridad y de paso reducen considerablemente los costes. Hoy hablamos de las farolas LED, una nueva forma de iluminación que viene acompañada de algunas consecuencias bastante perjudiciales que mucha gente desconoce.

Los Ángeles

A simple vista puede parecer que todo lo relacionado con los LED son ventajas, ya que son mucho más eficientes y ahorran a las ciudades grandes sumas dinerarias en mantenimiento, además de ofrecer una luz más intensa y clara que mejora nuestra visión en la oscuridad. Pero ojo, que no elegir correctamente la iluminación LED más adecuada para utilizar en el alumbrado público puede ser casi más perjudicial que dejar las actuales farolas, y si al final va a ser peor el remedio que la enfermedad, apaga y vámonos.

Poco a poco nuestras ciudades están adquiriendo ese cambio de imagen tan futurista que hace décadas se predijo. Aproximadamente el 10 por ciento de alumbrado público existente en Estados Unidos se ha convertido a la tecnología LED.

Tal y como señalan desde la Reunión Anual de la American Medical Association (AMA), los LED de alta intensidad emiten una gran cantidad de luz azul que parece de color blanco para el ojo humano. Sin embargo, ésta produce mayores reflejos que la iluminación convencional, puede disminuir la agudeza visual y comprometer con ello la seguridad, lo que supone un grave peligro en la carretera.

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Farolas LED (2)

Por otra parte, la longitud de onda de esta iluminación también afecta considerablemente durante la noche a la melatonina, reduciendo ésta y alterando con ello el reloj biológico de nuestro cuerpo. Se estima que las luces LED blancas tienen cinco veces mayor impacto en los ritmos circadianos del sueño que las farolas convencionales, e importantes encuestas recientes señalan que la iluminación residencial nocturna más brillante se asocia con la reducción de las horas de sueño, la insatisfacción con la calidad del sueño, la somnolencia excesiva, los problemas de rendimiento durante el día y la obesidad.

De hecho, la ciudad de Davis (California), la cual ha empezado a cambiar sus farolas a LED, tuvo que frenar el proyecto debido a la cantidad de quejas recibidas por parte de los vecinos a causa de los deslumbramientos y las molestias en los ojos (a cierta temperatura de color (TC), las luces pueden causar daño a los ojos). Para que os hagáis una idea, una vela emite una TC de aproximadamente 1800K, mientras que una bombilla incandescente tiene una TC de aproximadamente 2400K. Algunas de las luces LED instaladas en Estados Unidos tienen una TC por encima de 4000K, cuando la AMA recomienda un máximo de 3000K.

Luz azul

Y lógicamente, los efectos negativos de la iluminación LED de alta intensidad no se limitan a los seres humanos. Una iluminación exterior excesiva supone un riesgo para muchas especies que necesitan un ambiente oscuro. Por ejemplo, desorienta a algunas especies de aves, insectos, tortugas y peces.

Entonces, ¿la solución es no mirar al futuro y dejar de lado la iluminación LED? Tampoco seamos extremistas, basta con minimizar y controlar el uso de la iluminación LED de alta intensidad de forma que emitan la menor luz azul posible, así saldremos ganando todos.

Fuentes: AMA, diply.com

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