El mundo del automóvil se encuentra ante un importante dilema del que poco se habla. La llegada de la electrificación al mundo del automóvil tiene un único objetivo, reducir las emisiones de CO2, reducir la contaminación. Sin embargo, se está sustituyendo el combustible de combustión, el tradicional, por una propulsión eléctricas que funciona por medio de unas baterías que, tanto en la producción como a la hora de reciclarlas, supone un verdadero problema en este sentido, un reto que hay que abordar y que muchos pasan por alto.
En China, donde la electrización va un paso por delante de todo el mundo, la gestión de dichas baterías ha derivado en un negocio millonario, que, por desgracias, es dominado por talleres clandestinos y redes ilegales que ponen el peligro la seguridad ambiental y la propia credibilidad de los coches eléctricos.
El negocio de las baterías
Reciclar las baterías de los vehículos eléctricos que llegan a su fin, se ha convertido en una actividad estratégica. Para poder medir la magnitud del problema, solo en el año 2025, China recicló más de 800 mil toneladas de baterías, y el mercado sigue creciendo, así que las cifras de baterías muertas crecerán de la mano a medida que pasen los años. Lo que preocupa es que el 75% fue gestionado por empresa que carecen de licencia.
Estas empresas clandestinas pagan más por hacerse con estas baterías muertas. ¿El motivo? A la hora de reciclarlas, no siguen los protocolos legares, que son mucho más caros, y tampoco necesitan personal cualificado, por lo que las cifras en el reciclaje se reducen enormemente. Para el reciclaje, se comprueba cada una de las celdas, y todas aquellas que tengan más de un 50% de su capacidad, se separan para luego reutilizarlas.
Estas suponen un ahorro significativo para crear nuevas baterías, que suelen ir destinadas al mercado de segunda mano, a patinetes eléctricos, sistema de almacenamiento doméstico, o para la instalación de placas solares. Por mucho que se paguen a un precio inferior a baterías nuevas u originales, el margen de beneficio sigue siendo super amplio, y más teniendo en cuenta la cantidad de baterías con las que pueden llegar a operar.
En el caso particular de China, a falta de una regulación clara al respecto, no hay garantías para los usuarios finales, por lo que el riesgo de fallos en el funcionamiento, o incluso de accidentes como incendios es real. Sumando todo ello, lo que queda demostrado en que supone un problema de contaminación para el medio ambiente.
El problema de China
Es cierto que, sobre el papel, China cuenta con un marco regulatorio desde hace varios años, pero en la práctica, es imposible poder controlar tantas baterías y a tanta población, por lo que frenar el mercado negro de las baterías resulta una tarea muy complicada.
El caso chino debe poner en alerta a todo el mundo. Las opciones eléctricas ya están a la orden del día, y cada vez son más comunes, una tendencia que, obviamente, va a más en Europa y en todo el mundo. Si no se pone coto y se regula estrictamente qué hacer con estos residuos, todo el trabajo realizado para evitar la contaminación puede quedar en vano.
La industria sigue creciendo, los coches eléctricos, y también los híbridos, cuentan con este tipo de motores cuyo reciclaje correcto es clave para evitar la contaminación. Un nuevo problema con las nuevas tecnologías, y desde Europa, se debe poner fin a estas prácticas antes de que crezca lo suficiente para que acabe siendo imparable.





